A mis 17 años escucho a diario cómo la gente opina sobre la estabilidad del país. Esté donde esté esta polémica persigue mis oídos. En medio de tanto caos social y mucha bronca propia, surgió en mí el empeño por querer cambiar las cosas. Lo hice comenzando a ayudar a un comedor para gente carenciada, que aunque siempre estuvo ahí no la veía, o peor, no la quería ver. Pero más bronca me da ver esa gente que prefiere bajar los brazos, resignarse y seguir discutiendo en un callejón sin salida. Mucho ruido y pocas nueces. No quiero el ruido de las cacerolas individualistas, ni de los tractores atascados o discursos prometedores, sino el ruido que alienta a gente a seguir adelante en contra de la corriente como el salmón. Para concluir, quiero agradecer a mis compañeros de la escuela Superior de Comercio y a las personas que ayudan con nuestro proyecto de lucha contra la pobreza, uno de los tantos inconvenientes que atraviesa esta ciudad. Hagan la diferencia ustedes mismos, que la ayuda nunca está de más.

































