Cultura y Libros
Domingo 18 de Junio de 2017

Una ciudad al oído

Adolfo Corts es una oreja con forma humana. Incansable, desde hace tiempo registra los sonidos de Rosario y de esa manera preserva, de un modo muy especial, el latido de la vida cotidiana

Gloria Lenardón

Una fotografía encierra sonidos, siempre y cuando no se la acepte muda: forman parte de ella, se adivinan al mirarla. Fotografiando una ciudad también se persiguen sus sonidos, se los sorprende vivos, ellos condensan el temperamento, los rasgos de la urbe.

Adolfo Corts aísla sonidos, graba a Rosario hace años, mete su cabeza en ellos dejando de lado la imagen que los acompaña, aunque desoriente y haga sentir una especie de desamparo. Nadie acostumbra cerrar los ojos y escuchar solamente los sonidos de una ciudad. Un estruendo, ruidos, murmullos, un discurso, una conversación, apenas se oyen demandan una entidad, pertenecer a alguien o a algo. Para Corts, simplemente deben ser escuchados. Están por alguna razón. "Hay cosas que no se quieren escuchar", dice.

"No vivimos el presente, éste casi no existe, siempre estamos en el pasado o en el futuro, los dos pegados al presente se lo disputan". Los sonidos son volátiles, se esfuman inmediatamente como el tiempo, retenerlos y fijarlos obsesiona a Corts, tanto como capturar sus segundos de duración: el deseo de perseguirlos agudiza su percepción. Corts habla, dice una palabra que se pierde, hay que ir tras ella y tras otras, las palabras vibran en el aire y se disuelven instantáneamente. Corts las graba, las paraliza, como si así lograra hacer lo mismo con el presente. Vivian Maier sacó fotos a las calles de Nueva York durante muchos años, trabajando de niñera, acumuló más de cien mil negativos sin revelar. Con más suerte porque pudo mostrar sus fotos en vida (apenas una parte), Garry Winogrand demostró el mismo frenesí por retener lo instantáneo en las calles. Quedó un inmenso material de ambos por revelar sorbido en la negrura de los negativos.

"Hace años yo vivía por acá", dice Corts y se calla, escucha en la ventana los bocinazos de la esquina del bar, atento a lo que le despierta esa esquina frecuentada años atrás, se abandona a la información que le aporta su memoria. Los datos del mundo real que se resisten a la mirada pueden ser revelados por vía del sonido, o por su recuerdo. Lejos de un audiovisual y su supertecnología, de la imagen y el sonido ultrapotenciados, que suelen distraer, devorar detalles, Corts se centra en los sonidos naturales. Como si habilitaran un sexto sentido que lograse aclarar las tinieblas y producir otros frutos; como si una ciudad sumergida en sus sonidos los estimulara particularmente permitiendo profundizar las emociones y los pensamientos que ella desata.

Como el joyceano Leopold Bloom, o como los más cercanos personajes de Jorge Riestra y el Negro Fontanarrosa, o aquel de Alberto Lagunas que recorría Rosario atormentado por el maullido de los gatos, Corts se empecina con Rosario, sus grabaciones reunieron un material fantástico.

"Los sonidos de Rosario cambian en períodos muy cortos. Los años 2004, 2005, atravesaron ruidos de demoliciones y construcciones todo el tiempo, al de las excavadoras se mezcló el ruido de las hormigoneras; ahora ganan los autos, una ola de autos suena continuamente en cada calle".

(Moreno al 1900, año 1930, Ana Arcal esperaba el sonido del cencerro de la vaca y el grito del lechero que le vendía la leche que ordeñaba frente a su puerta).

Cuando se aburrió de escuchar música Corts grabó sonidos, registró lo que lo rodeaba. Todo surgió en Santa Isabel, con su familia al frente de un bar con espacio para armar bailes; las bandejas a mano para cambiar ritmos hicieron que empezara muy temprano. A los ocho años grababa goles de la radio, después a Dolina para volver a escucharlo con sus amigos. Una vez en Rosario logró embarcarse en viajes por clubes de provincia, grababa a periodistas deportivos, aprovechando su trabajo registró las provincias, su vida corriente. "Grabar, grabar Rosario sobre todo", al principio a diario, no más de cinco minutos. "Saltaba de un lugar a otro, de lugares públicos a privados, lugares institucionales, abiertos, cerrados, lugares pobres, lugares ricos. Todo el tiempo la ciudad está sonando".

Bares, escuelas, marchas, canchas de fútbol, crónicas policiales contadas por periodistas, iglesias, el Gauchito Gil en su santuario, personas comunes: "Grabo donde me lleva la corriente, grabo los sonidos a los que no se les da importancia, no hay que agregarles nada, tienen que oírse sin peroratas, sin palabras. Me gusta el sonoperiodismo", dice. Hoy en la web Sonidos de Rosario se condimenta con "Guiso de sonidos" de combinaciones aleatorias, un amplio espectro sonando, midiendo la ciudad; pero se inició en el 2006, Diego Colomba aportó textos; ahora el "paisaje sonoro" se extendió al resto del mundo mediante sus colaboradores. Y otra vez su atención está en Rosario. Grabó y graba canciones de cuna, "madres inmigrantes que cantan en su idioma de origen, madres chinas, rusas, japonesas, retomo lo que empecé en el 2008 y dejé por años, ahora grabo a las madres qom".

Elige radios comunitarias para compartir sonidos "sin opiniones, en silencio". Como guarda lugares perdidos, muchos bares, "aunque el viejo Cairo no tiene registro", tiene acceso franco, se entromete en la intimidad y graba hasta media hora. Si la música lo apabulla porque saturó su cabeza, graba. "Cantate un gol ", le pide a cualquiera que no sea un periodista deportivo. Corts sonríe seriamente. "Grabé esta entrevista, el trayecto que hice viniendo para acá, también el paréntesis en un minimarket", después silencio, se borra, mutis.

Cassettes

Corts tiene un alud de cassettes para desgrabar, los colecciona, no se cansa de buscarlos dentro de la ciudad. Sus cassettes del 76 en adelante guardan los sonidos de la ciudad cuando vivía su historia más pavorosa y oculta: un auténtico archivo sonoro, un banco de datos para escuchar y esclarecer.

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