Hasta hace un par de años no había leído ninguna novela de Abel Posse. Pensaba que sólo era un columnista bastante reaccionario del diario La Nación. Todo esto hasta que una tarde en los altos de la librería Ross Pedro Aznar me contó que había leído fascinado "El largo atardecer del caminante". La novela recrea los naufragios y la descomunal caminata a pie de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en tierras americanas. Ocho mil kilómetros, desde la península de La Florida hasta México. Cuando terminé de leer el libro me lancé sobre el resto de las novelas de Posse tal cual nos lanzamos los periodistas sobre las mesas tapizadas de canapés en ese tipo de reuniones organizadas, precisamente, para que los hombres de la prensa tengan la boca ocupada en masticar canapés. Así, devoré cada novela que supe encontrar en las librerías de la ciudad. Tarea bastante complicada, porque los libros de Posse no son fáciles de hallar. Como los discos de los Stone Roses o de los Residents. "Los demonios ocultos" y "El viajero de Agartha" que tratan el esoterismo nazi a través de la búsqueda paterna obsesiva de un hombre que vive en una isla del delta; "Los perros del paraíso", que es, si se quiere, un relato bastante psicodélico sobre Cristóbal Colón. Todos libros que tienen como móvil la búsqueda de una América en el mundo a través de una voz narrativa propia y, sobre todo, de un proceso libre de invención que tiene que ver con la búsqueda de identidad, las utopías de los "paraísos terrenales" y la reinvención de un continente ligado, en parte, al Viejo Mundo. No es casual la fascinación de Pedro Aznar; su música trasluce búsquedas similares. Puede analizar como pocos la armonía de un tema de los Beatles y luego inventar una canción enraizada en nuestro folclore. Su música es meticulosamente apasionada como cada renglón de Posse. Es la misma relación que podemos encontrar en un libro de Faulkner con la música de Howlin’ Wolf o entre el "Adán Buenos Aires" de Marechal y la voz de Edmundo Rivero.
































