Reina recorre la ciudad con una mochila, siempre de noche, golpea las puertas y entrega un pedido. Es una repartidora que se gana la vida en Córdoba entregando paquetes sellados. ¿Pero qué vende esa chica? ¿Qué es eso que todos quieren y que pelean por el precio para pagar lo menos posible? ¿Es droga? No, es carne vacuna. Planteada como una película distópica, Moroco Colman hace foco en un relato que apunta a denunciar el especismo, que es la discriminación consistente en considerar otras especies como inferiores. Desde ese punto de vista, el film muestra hasta qué punto los humanos ponen el cuerpo para consumir carne de animales, que pueden ser vacas, o incluso perros. El director cordobés utiliza su ciudad como una forma de pintar su aldea a futuro, en un registro visual que por momentos se asemeja a un comic o a una escena de “The Walking Dead”. La violencia es una constante. Es una Argentina apocalíptica que respira la realidad actual todo el tiempo. Los perros están enjaulados, pero los humanos también se entretienen peleándose dentro de una jaula. Es una suerte de box callejero, que todos quieren ver. Parece que la sangre los seduce. En ese contexto, “Reina animal” apela a concientizar de a poco, te mete en un clima asfixiante hasta que pone la cámara dentro de un frigorífico, con imágenes donde la sangre chorreando de las vacas tiene toda la intención de generar asco. Y lo logra, porque es lo que se vive a diario en cualquier frigorífico argentino. Es en ese devenir donde se destaca el protagónico de Sofía Gala Castiglione, con una actuación que da el tono ideal que exigía Reina, una persona que puede ser empática con el vecino asiático que atiende un supermercado, pero con el temple necesario para hacer justicia cuando las papas queman. En el primer film argentino con producción sustentable, bien vale la apuesta por una militancia ambientalista que denuncia el destrato animal, desde una mirada lúcida y creativa.




























