“Si no sabés un tango estás perdido, no te podés comunicar con la gente”, dice Adrián Abonizio, quien este viernes, a las 21, presenta el disco “Ciudad Malandrina” junto a La Máquina Invisible, en Sala Lavardén (Sarmiento y Mendoza).

Por Pedro Squillaci
Los pibes y Abonizio. La orquesta de tango La Máquina Invisible grabó con uno de los referentes de la Trova Rosarina.
“Si no sabés un tango estás perdido, no te podés comunicar con la gente”, dice Adrián Abonizio, quien este viernes, a las 21, presenta el disco “Ciudad Malandrina” junto a La Máquina Invisible, en Sala Lavardén (Sarmiento y Mendoza).
No habrá un corte y una quebrada, ni un varón engominado y de sombrero bailando con una dama de rojo luciendo medias red. Nada de eso, pero Abonizio, el mismo de la Trova Rosarina, de “El témpano” y “De regreso, Mirta” cantará tangos originales e inéditos, ningún clásico de los conocidos, no, esos ya se hicieron, se tocaron una y mil veces, es tango nuevo. Y es de acá. Y aunque se siente lejos de las glorias del dos por cuatro, y de los grandes letristas de la música ciudadana, sostiene que “hay que animarse porque no está dicha la última palabra”. En un tuteo generacional, el cantautor estará acompañado por La Máquina Invisible, compuesta por Guido Gavazza (bandoneón), Pablo Galimberti (violín), Manuel Martínez Serra (piano), Mauro Rodríguez (contrabajo) y, como si fuera poco, Facundo Jaimes, como artista invitado en guitarra eléctrica.
“El tango es emotivo y a su vez es emocionante. Uno está cantando desde el centro del cosmos por primera vez, les estoy cantando a mi tierra, a mi lugar desde mi lugar y eso es impresionante. Cuando uno se encuentra con uno mismo, y que no habla de la famosa viejita en el piletón o de fajarla a la mina en el duelo criollo, sino que habla de lo transversal en la política, de la lucha de género, el no reconocimiento de las minorías, la violación de los derechos humanos, la instalación de otros derechos nuevos que antes no habíamos advertido, todo eso está metido en la narrativa actual del tango que junto con otros y con otras, estamos tratando de discernir. Siempre nos quedamos cortos, pero vamos por buen camino”, sostiene Adrián Abonizio, y ya da ganas de escucharlo cantar.
—El tango apareció en varias oportunidades a lo largo de tu carrera, pero el paso fundacional fue con “Tangolpeando” y ahora se ratifica con “Ciudad Malandrina”, una obra con canciones inéditas y junto a La Máquina Invisible. ¿Por qué el tango en este momento de tu carrera y de tu vida?
—En realidad el tango, como decía Borges del peronismo, es incorregible. Aparte es imperdonable, es fatal, es tragicómico, es irónico y a veces es cómico. Resume lo que uno piensa de la vida, como la va llevando. Si me agarró en este momento es porque pude conocer a La Máquina Invisible y eso me potenció los temas que tenía y me hizo pensar en la posibilidad de grabar un disco con estas características. No obstante, estoy grabando dos discos más con otras características un poco más burlonas, un tango canchengue (risas). Pero esto me interesa mucho porque por primera vez siento que estoy dentro de una orquesta de tango y soy cantor de tango. Siempre lo fui, no en el modo estricto de parecerme a un cantante de “Grandes valores del tango”, que son buenos y los hay y los hubo y los habrá, pero como yo vengo de otro lado, canto el tango como se me plazca, como hacía Tita Merello, que cantaba de una manera muy particular. Espero estar a la altura de eso.
—“Ciudad sin cuna, canción fisura, sin acta de fundación”, cantás en “Ciudad Malandrina”; “Ciudad de yeso” decís en “Alba de garúa”. ¿Hay una relación amor-odio con Rosario?
—Al que se enoja con la vida le quedan dos cosas: matarse, que está muy mal, porque yo no admito el suicidio. Me parece que como la vida es tan absurda, más absurda sería la muerte por mano propia. Y la otra, es querer lo que te tocó, y a mí me tocó esta ciudad y entonces la veo como la puedo ver a mi casa, a mi barrio, a mis afluentes poéticos. Hay días que pienso que no tiene solución y hay días que me parece maravilloso. Por eso no es odio ni amor excesivo, es simplemente una contemplación de las dos puntas de un mismo lazo. No siento odio, siento que estoy en el lugar donde más me gusta vivir, que es Rosario.
—Hay un tono nostálgico en gran parte del disco, son canciones generalmente intimistas y muy paisajistas. ¿Qué te motivó a buscar ese registro por momentos melancólico para expresarte?
—En realidad, hay tangos que se hacen para mover las patas, para bailar con cortes, para entregarse al mundo de la pista y hay temas que se hicieron para novelar, en una narrativa cortita para contar secuencias. Y como a mí no me gusta contar sobre la felicidad, porque la felicidad no se cuenta, ni se escribe, la felicidad se vive, la parte nostálgica es pensar en el paraíso perdido que uno tuvo en algún lugar que no existe ni existió, pero añora. Entonces, para pensar hay que estar en un estado reflexivo, que a veces lleva a un estado no de euforia, nadie eufórico puede componer, creo yo, un buen tango. El mejor estado para componerlo es reflexivo, crítico y razonablemente melancólico.
—En “Taxi” hay otra pintura de la ciudad, más distendida, poética y metafórica: “El Monumento en el asiento se me quedó dormido”. ¿Por qué se te ocurrió elegir el oficio del tachero para describir la Rosario que querías contar?
—Es un tema que compuse a los 18 o 19 años y paradójicamente para el sonidista que grabó este disco en el Complejo Atlas, Jorge Ojeda, fue el primer tema que tuvo que mezclar en vivo cuando toqué con Fito (Páez) en un pabellón de chicos de la calle, en calle Arijón y Bermúdez, donde lo toqué por primera vez. Quizá me inspiré en mi viejo, que era tachero y maneja ba un Dodge Polara. Desde la vista de un taxista, para salir del lugar común que dice que los taxistas son fachos, pienso que los taxistas son reflexivos y como ven tanta cosa fea, a lo mejor se vuelven un poco fachos, pero no es que lo sean naturalmente. El mundo es muy difícil y si sos taxista no lográs comprender todas las irregularidades que escuchás detrás tuyo. Como es una selva, como parte de la fauna es bueno contarla como un animal de ciudad más.
—El único momento que hay algo de tu humor es en “Un guasap de Perón”. ¿Por qué imaginaste esa situación y por qué no sumaste más temas en este tono descontracturado?
—Soy naturalmente irónico, fundamentalmente conmigo, pero no me burlo de nadie. Soy un irónico convaleciente de la ternura. La ironía también esconde mucha ternura, y esconde la idea, justamente, de no tomarse nada en serio. Y como esto es una orquesta, que suena como tal, yo no podría cantar temas muy irónicos, arrabaleros con modismos un poco incómodos. Eso lo dejo para cuando grabe un disco solo, con guitarras. Me convierto en el cantor de la orquesta y para que suene, la poética o la narrativa tiene que ser seria, profunda, y tiene que mover algunos hilos que poco tienen que ver con la ironía. Tienen que ver con la naturalidad o la naturaleza de quienes somos, que extrañamos, historias de amor o las inventamos, despedidas, encuentros, revoluciones que no se concretan, misterios? Yo trato de ponerlo en la narrativa, y la orquesta me ayuda.
—La Máquina Invisible te invitó a un cruce generacional. ¿Qué te aportaron los músicos del grupo y que surgió de ese intercambio de aprendizaje para ellos y para vos?
—Descubrir La Máquina Invisible fue alucinante. Lo que fue más alucinante fue que ellos me dejaran participar en su mundo, que es un mundo más joven, que es un mundo de lo que vendrá, de lo que está viniendo. Lo mío es de un mundo que fue, que está siendo ahora. Tocar con ellos me hizo creer como persona y como tipo de generación que tiene que dar el ejemplo de comportarse bien. Ser democrático, compartir la actividad, ensayar, verse, distribuir los ingresos democráticamente y con justicia. Y fundamentalmente me permite escuchar buena música, pero desde adentro.
—En la Trova Rosarina confluyen el tango, el rock, algo de pop y folclore, y en ese contexto aparece la canción de autor como nave insignia. ¿Sentís que sos el más tanguero de la Trova?
—Dentro de la Trova creo que soy a quien mas le gusta el tango. En las guitarreadas, se acude a temas del folclore y siempre aparece el tango. Cuando uno no se sabe un tango completo, me parece que está perdido. Si te vas afuera te dicen: “Maradona, Messi, Tango”. Creo que si no sabés un tango, estás perdido, no te podés comunicar con la gente. El tango siempre aparece, siempre está. De ahí a escribirlo y tratar de animarte a luchar cordialmente contra esas bestias que generaron la parte narrativa más importante de las letras argentinas que son las letras del tango, te hace sentir un poco achicado. Pero hay que animarse porque no está dicha la última palabra.


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