Turismo

Nueve razones para enamorarse de Santa Marta

Los increíbles recorridos para quienes veneran la naturaleza del Caribe y desean conocer un destino colonial.

Domingo 20 de Mayo de 2018

Conocida como la "Bahía más linda de América", se levanta en pleno Caribe colombiano Santa Marta, ciudad turística por excelencia. Aunque tal vez no cuente con la promoción en el exterior como otros destinos colombianos, tiene el privilegio de tener las mejores playas del país y un clima donde la temperatura nunca desciende de los 28 grados, lo cual permite vacacionar en cualquier momento del año.
   Los Wawancó la inmortalizaron en los sesenta con su "Santa Marta tiene tren pero no tiene tranvía" y Carlos Vives, el ícono cultural más importante de la ciudad, le cantó en "La tierra del Olvido".
   A poco de cumplir 500 años de vida, fue fundada en 1525, luce el título de ser la primera ciudad nacida en el actual territorio de Colombia y una de las primeras de Sudamérica. Conjuga por igual patrimonio arquitectónico, bellezas naturales, cultura indígena y un perfil comercial ganado en los últimos años. Tiene, además, la particularidad de poder encontrar en un mismo lugar un mar tibio y calmo junto a los picos congelados de la Sierra Nevada que se erige con su más de 5200 metros como la montaña costera más alta del mundo.
   Allí, entre la sierra y el mar se levanta Santa Marta y sus nueve razones, que bien podrían ser más, por las que uno se terminará enamorando. Aquí las nueve:
1. Parque Tayrona
Si el paraíso existe, Dios seguramente estuvo en esta reserva natural de 12.000 hectáreas para inspirarse. Ubicado a 34 kilómetros de Santa Marta, se llega por una ruta asfaltada a este verdadero santuario de la naturaleza que tiene, sin dudas, las mejores playas de Colombia.
   Arenas blancas y un mar intensamente azul en medio de un entorno natural conforman un sitio ideal para relajarse y dejar que los cinco sentidos hagan lo suyo con la exuberante vegetación, el ruido de las olas, el canto de los pájaros o el olor salado del agua del Mar Caribe. El lugar es ideal para el ecoturismo con la posibilidad de realizar cabalgatas o avistamientos de aves aunque también hay alternativas de mayor adrenalina como sumergirse en el mar para hacer buceo o careteo y contemplar la fauna marina entre los colares multicolores.
   También está la oportunidad de extensas caminatas internándose en la selva a través de senderos de piedra que llevan desde las diferentes playas hasta el Chairama, hoy conocido como Pueblito, un santuario arqueológico de la antigua cultura Tayrona donde se creen vivieron cerca de 3.000 personas.
   En el caso de que uno quiera





quedarse a dormir hay 14 eco hábitat construidos con un diseño inspirado en las tribus nativas. Como la propuesta es bastante prohibitiva para bolsillos modestos, también está la opción más económica del camping.
   Si se va en temporada alta (el verano argentino, Semana Santa o nuestras vacaciones de invierno) hay que tener en cuenta que el Parque tiene limitada la cantidad de ingreso de turistas diarios y debido a la alta demanda, es mejor contratar una excursión que garantice la entrada. Si se llega de manera particular, conviene comprar las tickets por anticipado en www.parquetayrona.com.co.
2- Minca
El destino de moda, algo así como la "niña bonita" del presente turístico de Santa Marta. Hace 15 años atrás el lugar apenas si era una pequeña villa de 500 habitantes que los locales utilizaban para escapar del calor de la ciudad. Sin embargo, la llegada de muchos extranjeros que invirtieron en la zona comprando terrenos para cultivar café y cacao, principalmente, le cambió la cara. Si bien sigue siendo el mismo tranquilo pueblito cafetero de una sola cuadra pavimentada, enclavado y perdido entre la frondosa vegetación de las estribaciones de la Sierra Nevada, Minca se internacionalizó. Así, a los pequeños restaurantes que sirven comida tradicional costeña como el caldo de costilla o gallina se le agregaron comidas fusión y platos más cosmopolitas. Entonces, recorriendo sus senderos de piedra y mezclados entre las humildes viviendas se puede encontrar a una pareja de españoles que venden su propio café y chocolate orgánico mientras muestran el proceso de elaboración en el Museo del Cacao, un alemán que produce cerveza artesanal o a una panadera francesa que trasladó los aromas y las recetas de su Toulouse natal al medio de la selva colombiana.
   A Minca se llega por una flamante carretera pavimentada y serpenteante que en poco más de 15 minutos permite llegar a los 1.600 metros de altitud con paisajes impresionantes a un costado de la ruta que quitan el aliento. Hay que tener en cuenta que desde Santa Marta no hay transporte directo, por lo que hay que llegar en taxis o en las precarias camionetas que salen todas las mañanas desde el sector del Mercado y que se anuncian a viva voz.
   El mayor atractivo sigue siendo, sin dudas, el río con el que comparte el nombre, de aguas cristalinas y heladas que baja de la montaña, muy parecido a los que vemos en cualquier pueblito de nuestra provincia de Córdoba. La Cascada de Pozo Azul, a poco más de media hora de caminata, permite un baño helado entre la exuberante vegetación que acompaña el destino.
   Para los amantes del eco senderismo el lugar es ideal por la posibilidad que ofrece de contemplar la enorme flora y fauna de la zona mixturada por los bellísimos paisajes naturales de la Sierra Nevada. Además, porque Minca es el punto de partida ideal para llegar a los pueblos indígenas que todavía conviven con sus costumbres ancestrales montaña arriba.
   Para quienes quieran quedarse a dormir hay una decena de hostels y posadas que invitan a dejarse llevar por el ruido del río mientras se degusta una cerveza en media de las frescas noches de estrellas y bohemia.
3- Taganga
Pequeño pueblo de pescadores ideal para mochileros y el buceo. Así podría sintetizarse este lugar que queda apenas a 15 minutos del centro de Santa Marta, rodeado de pequeñas montañas que regalan unas vistas espectaculares.
   El pueblo es mas bien pobre y sin muchos encantos fuera de la playa y los restaurantes y bares que están sobre la calle principal, una de las pocas asfaltadas y que corre paralela al mar. Recomendadísimo comer en cualquiera de estos lugares pescado fresco acompañado de arroz con coco.
   Como la playa es más bien sucia por la presencia de los botes de los pescadores, la mejor opción es llegar a algunos sitios de aguas cristalinas y arenas casi al natural como Playa Grande que se encuentran a pocos minutos. Para ello es necesario tomarse un botecito previo regateo del precio, como todo en Colombia.
   Aunque sin duda el mayor encanto del lugar es la posibilidad de hacer buceo. Desde aquí salen las travesías para varios puntos mar adentro que incluyen inmersiones nocturnas y hasta de barcos hundidos.
   Si uno quiere alojarse, hay un par de lugares sin muchas pretensiones y algunos establecimientos nuevos tipo boutiques con una buena relación precio-calidad. La noche tiene un aire cosmopolita, relajado y tranquilo, dada la gran cantidad de extranjeros que prefieren Taganga para quedarse.
4- Parque de los novios
Este es el lugar donde se concentra la movida nocturna de Santa Marta. Ubicado en pleno Centro Histórico, a pocas cuadras del mar, la acción se mueve alrededor de una de las plazas más antiguas de la ciudad, adonde están dispuestos bares, restaurantes y discotecas. Se destaca la variedad gastronómica a lo largo de varias callejuelas peatonales que se llenan apenas cae el sol para degustar platos marinos, cocina europea o comidas rápidas acompañados de cocteles, jugos o la adictiva cerveza colombiana.
   Pese a lo que indica su nombre, no es necesario ir en pareja, porque el lugar también es una alternativa excelente para ir en familia o con amigos, ideal para recorrerlo ya que es un ambiente tranquilo y seguro, solo alterado por la música que brota de los boliches y que invita a mover el cuerpo al son de ritmos tropicales, del tradicional vallenato o del reggaetón.
5- Rdadero

Ubicado a 10 minutos del centro de Santa Marta luego de subir y bajar el cerro Ziruma, el Rodadero es el lugar que aglutina el movimiento turístico por excelencia. Una especie de mini ciudad con gran cantidad de hoteles, hostales, posadas, departamentos para alquilar, bares, restaurantes, comercios varios, discotecas y hasta un shopping. Y claro está, la playa más grande de Santa Marta con sus aguas mansas y sus finas arenas.
   El lugar tiene vida las 24 horas donde se entrecruzan los cuerpos bronceados que abandonan la ciudad con los recién llegados o los que estiraron la diversión hasta la primera luz del día con los madrugadores que quieren aprovechar el primer rayo de sol en la playa.
   Mientras se disfruta en la arena de los más de 30 grados que permanentemente tiene la ciudad, sin moverte de la carpa podrás saborear un coctel, las riquísimas frutas o todo tipo de delicias de la gastronomía local que ofrecen la gran cantidad de vendedores ambulantes que recorren la playa. Hay que recordar que siempre se puede regatear ante el primer precio ofrecido.
   Desde el Rodadero se puede llegar en un viaje de no más de10 minutos en lancha al Acuario y Museo de Mar, donde se puede observar una importante colección de especies marinas y disfrutar del show de delfines y focas. Desde allí se puede continuar también en lancha hasta Playa Blanca, una invitación para iniciarse en el snorkel.
6- Centro Histórico
Distribuido en la tradicional cuadrícula con la que los españoles ordenaban las ciudades que fundaban, el Centro Histórico de Santa Marta es también todo un símbolo de la resistencia ante los continuos ataques piratas de todas las nacionalidades que obligaron a reconstruir la ciudad más de una treintena de veces hasta el 1750.
   Como si la historia se repitiera infinitamente, hace un par de años atrás el lugar fue una vez más restaurado, aunque en este caso por decisión gubernamental para poner en valor un sector que el paso del tiempo había abandonado. Así, el centro recuperó el brillo que seguramente supo tener siglos atrás, para transformarse en el motor administrativo y comercial de la ciudad.
   Por ello, es imperdonable llegar a Santa Marta y no recorrer las angostas callejuelas de veredas inexistentes para admirar los balcones coloniales que coquetean unos con otros, imaginando cómo habrá sido la vida en esas casas con rejas de hierro labrado de aquellos hombres y mujeres que soportaron el asedio de los indios, epidemias de cólera o hasta un terremoto que dejó a la ciudad en estado "miserable" según cuentan las crónicas de la época.
   El punto neurálgico es el parque Simón Bolívar, la principal plaza de la ciudad que no solo concentra a su alrededor los edificios públicos, sino que ofrece una maravillosa vista de la bahía y del mar.
   A un costado de la plaza se encuentra la Casa de la Aduana, cuya edificación supera los 300 años y que está rodeada de mitos y leyendas, algunas comprobadas como que fue el lugar donde Simón Bolívar pasó sus últimos días antes de morir a pocos kilómetros de allí y donde posteriormente se instaló la capilla ardiente para su velación. La Casa es hoy un sitio que recoge la historia de Santa Marta y que alberga el Museo del Oro Tairona, uno de los atractivos más importantes de la ciudad con vestigios de las pueblos originarios a través de sus objetos en cerámica, piedra y por supuesto oro.
   A pocas cuadras se encuentra el edificio de la Catedral. Con su blanco inmaculado, luce orgullosa el privilegio de ser la iglesia más antigua construida en la América continental en 1765.También es famosa por otra razón: albergar en su interior una urna con el corazón y las entrañas del Libertador Simón Bolívar.
   Finalmente, no muy lejos se encuentra otra de las construcciones más antiguas de la ciudad, el Claustro San Juan Nepomuceno, hoy transformado en museo de arte gracias a la Universidad del Magdalena.
   La recorrida debe terminar, inexorablemente con una caminata por el Camellón de la Bahía con sus románticos atardeceres y la tradicional estampa del morro, una enorme roca mar adentro que hace las veces de guardián de la ciudad. Al final se llega a la Marina, un sitio que no solo cobija yates y barcos sino que posee varios bares ideales para comer con el sonido del viento y el olor salado del mar como compañía.
7- El fútbol
En Santa Marta nació el fútbol de Colombia, que como en muchos otros lugares de Sudamérica bajó de los barcos con los ingleses. Con el paso del tiempo, el más puro estilo colombiano, de pelota al pie y toque sutil se fundó en esta ciudad.
   En este rincón de la costa Caribe nació y pintó sus primeras pinceladas con la pelota el máximo ídolo futbolístico del país, Carlos "El Pibe" Valderrama. Más acá en el tiempo, Radamel Falcao también tiene a Santa Marta escrita en su partida de nacimiento. Por ellos y por otros tantos que hicieron del fútbol local un sello propio se entiende la gran cantidad de jóvenes que a toda hora, en canchas de césped ausente, sueñan con un futuro de selección detrás de una pelota.
   La excursión deportiva puede iniciarse con la clásica foto en el monumento que honra la figura de Valderrama, ubicado en la puerta del viejo estadio Eduardo Santos. De allí se puede seguir a Pescaito, el barrio natal del "Pibe", con sus casas bajas, descoloridas, sus calles ardientes hasta llegar a la remozada cancha de la Castellana, donde el hombre de los rulos rubios dio sus primeros toques de balón.
   Y por supuesto, entre tanta playa, vale la pena ir a ver un partido del equipo local, el Unión Magdalena, en el moderno y coqueto estadio Sierra Nevada, que está llamado a ser de los mas lindos de Colombia cuando se complete su construcción. Para el futbolero, es todo un espectáculo compartir una tarde con la alegría de esa hinchada vestida de azul y rojo hasta los huesos mientras el "sopla ciclón" suena desde las gradas, en honor al Ciclón Bananero, tal cual se le conoce al Unión.
8- Ciudad Perdida
Probablemente nunca mejor puesto el nombre de "Ciudad Perdida" para definir el santuario arqueológico de la cultura Tayrona en Colombia. El lugar, también conocido como Parque Arqueológico Teyuna, se encuentra literalmente extraviado entre la espesura de la selva en plena Sierra Nevada a unos 40 kilómetros de la costa Caribe de Santa Marta, y no fue sino hasta 1975 que se conoció de su existencia cuando un explorador dio con los primeros vestigios.
   Cuarenta años después el lugar empieza a poblarse de a poco de turistas aventureros que ya lo definen como el "Nuevo Macchu Pichu" por la similitud en riqueza arqueológica entre un sitio y otro. Claro está que a diferencia del ultra promocionado templo inca peruano en el que todo está preparado para llegar fácilmente, Ciudad Perdida no es para corazones débiles. Al sitio solo se arriba después de tres días de caminata atravesando la selva tropical entre árboles de más de 50 metros de altura y después de pasar por un par de puentes colgantes, cascadas y varios pueblos indígenas. Es decir, el camino es ya todo un atractivo y si bien es cierto que no hace falta ser un atleta olímpico para llegar, vale la advertencia para todos aquellos que quieran animarse.
   Hay que tener en cuenta que como se entra a un terreno protegido, la única manera de hacerlo es con guía y un permiso especial por lo que es necesario hacerlo contratando una excursión que dura entre 4 y 6 días, incluye comidas y alojamiento y cuesta cerca de 400 dólares.
9- Espíritu costeño
Bebedores empedernidos, piropeadores seriales, mujeriegos, de hablar fuerte, apasionados en sus discusiones siempre acompañadas con un movimiento ampuloso de manos. Las mujeres tienen esa belleza natural de las que es imposible no enamorarse. Llevan el vallenato, su música nativa, en la sangre y cualquier ocasión es buena para una parranda donde nunca escasea la bebida. Desordenados en el tránsito, donde abunda la ley del bocinazo. Pero sobretodo buena gente y siempre dispuestos a ayudar. Con ese sabor que le ponen tanto a la vida como a su gastronomía, influenciada por tradiciones indígenas, europeas y afroamericanas, donde abunda la frescura y la diversidad de ingredientes que invita a la tentación. Así son los costeños. Alegres por sobre todas las cosas, porque pareciera que la vida no es para tomársela demasiado en serio por estos lados.


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