En los valles del centro y el noroeste riojano, más precisamente entre los cordones del Famatina y
el Velasco, una sucesión de pequeños pueblos presentan al viajero sus producciones de grapa, vino
patero, aceite de oliva y, en otra escala, vinos entre los que está el famoso torrontés, cuyo
origen reclaman. En esa parte de La Rioja, de clima árido, con veranos calientes e inviernos
rigurosos, el cordón del Famatina se impone por su presencia, dueño del pico Blanco, Alto o General
Belgrano, de 6.280 metros sobre el nivel del mar (msnm), con hielos eternos que dominan el paisaje
a cientos de kilómetros.
El monte sobresale también por su importancia histórica: los fundadores
de La Rioja buscaban el oro del Famatina y las primeras monedas acuñadas en el país se hicieron con
metal que salió de sus entrañas, por lo que está en la bandera provincial. Venerado por los
antiguos pobladores, la fama del imponente nevado arrastró la fiebre del oro de comienzos del siglo
pasado con minas como La Mejicana, hoy convertida en testimonio de una época y singular atractivo
turístico. Pituil, Chañarmuyo, Campanas (cuyo nombre diaguita es Acnin) o Famatina son poblados con
economía de subsistencia que conviven con un lento camino al turismo, donde el viajero encuentra
verde y silencio opuestos a la velocidad de las ciudades, perfectos para el descanso. Muchos de
estos pueblos, todos antiguos y asentados -según los historiadores- en el antiguo Camino del Inca,
no superan el millar de habitantes, a excepción de Famatina, que pasa de los seis mil vecinos.
En Pituil, viven viejos hacedores de grapa, que sin problemas explican
el método usado desde antaño en sus casas, mayormente de adobe y rodeadas por frutales, vides e
higueras. Como don Vicente Gallardo, de 86 años, quien confiesa: “No pruebo una gota”.
Juan Herrera vende vino patero, mistela, dulce de membrillo en pan y ofrece unos exquisitos
duraznos en almíbar, que se deshacen de tiernos en la boca y que no empalagan. La frustración
ocurre cuando aclara que son para consumo familiar y que no tiene para vender. Chañarmuyo, a 1.720
msnm con un dique y un yacimiento arqueológico, también es sede de un modernísimo emprendimiento
viñatero, una bodega con tecnología de avanzada y un alojamiento exclusivo que incluye la
degustación de uvas tintas y blancas.
Pero el atractivo principal es el ascenso al Famatina con guías del
pueblo, como Omar Gonzáles, que presenta al viajero espectaculares escenarios como El Pesebre, a
2.560 msnm, o el Cañón de Ocre, a 2.745, en un camino de cornisa que se acerca y se aleja del río
que, por tramos, se vuelve de un color amarillo intenso teñido por los metales que la montaña
ofrece. Algo diferente es el lugar llamado Los Berros, a 2.690 msnm. En una vuelta del áspero
camino vive Don Ruarte, que cría vacas, caballos, mulas y una simpática guanaca,
“Rosita”, en un vergel creado por la caída de agua de deshielo. El camino sigue y lleva
a los viajeros a La Mejicana, a 4.603 msnm, un complejo minero inaugurado en 1904 con nueve
estaciones que recorría un cablecarril hasta Chilecito, Miles de toneladas de oro, plata, hierro,
cobre y plomo salieron entre 1904 y 1914, cuando la primera guerra mundial clausuró la obra que se
mantuvo hasta 1926 en que fue cerrada definitivamente y ahora es un atractivo único en todo el
país.
































