Turismo

El lugar que nadie quiso, un desierto en el medio oeste de Estados Unidos

Está en el corazón de Utah, hay montañas rocosas y un largo río sinuoso. Paisaje familiar aunque nunca se hayan recorrido sus caminos polvorientos. Un viaje en van por las tierras que alguna vez se disputaron vaqueros e indios revela un secreto inesperado.

Domingo 28 de Octubre de 2012

Desde la ventanilla de la van, el oeste, el lejano oeste, salvaje, polvoriento, inasible, como en las películas de John Wayne, las de los sábados a la tarde, las de “Cine de súper acción” que el viejo veía con una sonrisa boba en los labios, pasara lo que pasara, lloviera o el sol rajara la tierra, imposible saberlo, porque las persianas estaban bajas y más allá, a sus espaldas, el fin de semana languidecía, a pesar de los ruegos de la vieja que quería ir a tomar mates al parque, al laguito, que le hacía acordar al dique San Roque.

Un desierto, ancho y ajeno, como la Pampa de Mendieta, el perro del Negro, tan triste, tan solo, desde que se fue su dueño, el legítimo, no ese gaucho matrero que se pasa el día sin hacer nada, con la vista perdida en el horizonte, que no es más que una línea de tinta china negra, larga y derecha, como las que el profe de dibujo técnico quería que a mano alzada fueran tan rectas como con regla T y que sobre la inmensidad blanca, inmaculada, de la hoja de papel Romaní lucían torcidas como los pensamientos de un jefe de policía.

Un desierto que no se parece en nada al Sahara, no hay camellos, ni beduinos, ni mucho menos la esperanza de un oasis con palmeras, agua fresca y odaliscas, un desierto sin arena, sin mercados persas, sin turcos de bigotes delgados, miradas aviesas y turbantes que acechan en las sombras, quietos, amenazantes, silenciosos, como solo saben hacerlo los espías, los villanos, los traidores,  hombres sin patria ni bandera, sin un atisbo de humanidad en el rostro, una máscara inerme, peor que una pesadilla de Halloween.

La van se detiene, es hora de bajarse. Hace un par de horas que sigue un camino que atraviesa un campo yermo, donde aquí y allá hay montículos de piedras y arbustos bajos. Adelante una formación rocosa que resulta vagamente familiar, vaya uno a saber si de una vieja película de ciencia ficción o de una propaganda de Marlboro, marca el rumbo. La parada fue solo para estirar las piernas y tomar fotos, aunque el chofer la aprovecha para revisar el mapa. Mira a un lado y al otro y frunce el ceño. Otra vez en la ruta, las montañas están más cerca, tanto que se pueden distinguir las extrañas figuras que el viento, las lluvias, el tiempo han tallado con la destreza y la paciencia de un escultor. De lejos se alcanzan a ver formas, siluetas, rostros añosos, arrugados, curtidos por el sol, cabezas de indios, de animales  salvajes, hay un puma que muestra los dientes, un cacique de nariz afilada, una mano que se aprieta en un puño, un pájaro que abre las alas como si estuviera a punto de emprender vuelo.

De cerca, la ilusión desaparece, de cerca, las paredes de piedra se ven tal y como son, altas, escarpadas, desoladas, lo que se había intuido como la espalda de un gigante no era más que el contorno de la ladera de un sierra que, por los caprichosos juegos de luces y sombras del atardecer, a veces es marrón, otras roja o amarilla o negra. Ahí están los arcos que hicieron famoso al lugar y le dieron el nombre, ahí están desde siempre, desde que se derritieron los glaciares diez mil años atrás y desnudaron la piedra. Hay que subir a pie por un sendero empinado, con pequeñas rocas con forma de huevos que parecen firmes pero que cuando se las pisa caen rodando cuesta abajo. La cumbre no es de las más altas y ni por asomo se le acerca a la del monte Elephant, el más alto del Parque Nacional Los Arcos, la joya más apreciada del desierto de Moab, pero, después de varias horas en el camino, a los saltos, ovillado en la butaca de la van, alcanzarla es una alegría grande, una victoria.

Desde lo alto, y hay que asomar peligrosamente la cabeza al vacío para verlas, se aprecian vistas del valle del río Colorado que, de este lado de la montaña, son inimaginables. Las aguas, marrones como las del Paraná, tan mansas como las de cualquier río de planicie, dibujan curvas hacia un lado y el otro y los pajonales que crecen en las orillas del río hacen que parezca una serpiente que avanza sigilosa entre las piedras, una de las tantas que hay en el lugar y sobre las que advierten a los turistas incansablemente. Es que en el desierto, aunque no lo parezca, hay alimañas de todo tipo, alacranes, arañas, víboras de cascabel que se esconden en lugares oscuros, frescos, impensados.

Levantar una piedra para intentar el clásico “sapito” sobre las aguas calmas del río puede terminar mal. Por eso recomiendan andar con cuidado, como los vaqueros del viejo Hollywood que, sin quitar la mirada de su enemigo, se cuidaban bien de no encontrarse con una sorpresa desagradable justo donde tenían pensado poner el pie. El chofer, que hubiera sido un excelente guía pero no habla una palabra de castellano y tiene las orejas solo para escuchar una y otra vez los temas de Sonic Youth que almacena en su iPod de última generación, abre las puertas de la van y sonríe, una señal inequívoca de que hay que volver a la ruta. Las mujeres primero, por cortesía y también porque cualquier excusa es buena para demorar tanto como sea posible el suplicio con ruedas que, desde la partida en Salt Lake City, recorre las áridas tierras de Moab. Y lo hace durante una, dos, tres horas, va en una dirección, en otra, vuelve sobre sus pasos, se encamina hacia el atardecer que se desangra sobre las montañas lejanas.

Nadie habla, nadie ríe. Hay en el aire una cierta inquietud: ¿sabrá este pibe el camino de regreso? Parece que no, durante un largo rato, nada hace pensar que el viaje tenga un destino. La van se sale del camino, se detiene, el chofer se baja y señala sonriente un cartel, que parece un atril. “A place nobody wanted”, la escueta leyenda que reza la placa, letras blancas sobre fondo negro. Nadie entiende nada. El chofer, que sigue atado a los auriculares blancos, su cable a tierra, sonríe con la misma sonrisa de antes, solo que ahora que reveló a dónde iba, qué era lo que quería mostrar, se entiende todo. Ahora se  entiende la sonrisa, el brillo en los ojos, las vueltas y vueltas que dio hasta llegar al “lugar que nadie quiso”. Un chiste del destino, como ser rosarino.

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