La nostalgia es mala consejera. Hay que salir de la melancolía, como aconsejaba en los viejos buenos tiempos el gran Charly García, y mirar al pasado con buenos ojos. Viajar ligero de equipaje, con lo justo, aunque se vaya lejos, acaso sin saber cuándo se volverá, al primer amor, a la escena del crimen, a la casita de los viejos, como cantaba incansablemente el “Varón del Tango” Julio Sosa, mientras el disco daba vueltas y vueltas en el Wincofón, como si no tuviera nada más que hacer.
Acaso hayan sido aquellas mañanas de los sábados, cuando el viejo se quedaba en casa, disfrutando de la familia en compañía de ese otro amor suyo, el tango, que no sólo canturreaba imitando las inflexiones de voz de sus ídolos sino también bailaba, sacándole viruta al piso de mosaicos verdes de la cocina, acaso hayan sido los versos tristes del Zorzal, la frente marchita, las nieves del tiempo, el dulce recuerdo, los que hayan despertado esa pasión inquebrantable por la música.
Así fue como en cada ciudad, aún en aquellas de las que no se espera más que lo que se ha ido a buscar, los paseos siempre terminan, tarde o temprano, frente a las bateas de una disquería. La visita nunca está en el plan de viaje, el local no aparece señalado en el mapa, pero el destino es inevitable. No está escrito, pero, como la línea de la vida que el Corto Maltés se dibujó en la palma de la mano con una cuchilla, es el futuro que se desea, el camino que se hace al andar.
En la Río de Janeiro de las melodías tristes de Vinicius de Moraes, después de una tarde en el mar, después de apurar un chopinho en Garota de Ipanema, mirando las chicas, tan llenas de gracia, que vuelven alegres de la playa y se pierden en la ciudad profunda, la que sube a los morros más allá de la plaza Nossa Senhora da Paz, no queda más que desandar la Rúa Visconde de Pirajá para probar suerte en alguno de esos negocios diminutos que venden los discos de moda.
Acaso les quede, en ese revoltijo de CDs con las cajas de plástico rayadas y ediciones de origen dudoso, alguno de los clásicos de Cazuza o Varao Bermello que son tan difíciles de conseguir aquí, allá y en todas partes. Son como las tiendas de calle San Luis que, con el tema del verano a máximo volumen sonando en los bafles en la vereda, ofrecen los grandes títulos de la Música Popular Brasileña a precios de ocasión, como si fueran baratijas que no valen nada.
Lo mismo pasa en el legendariobarrio hippie de San Francisco, donde se llega empujado por las historias del Verano del Amor, con las canciones de los Grateful Dead dando vuelta en la cabeza y, después de recorrer cada rincón de la Haight Street, de entrar en todas y cada uno de los negocios que venden remeras de batik con el símbolo de la paz en el pecho y husmear en los “somoke shops” como si fuera un pueblerino recién llegado a la ciudad, hay que ir por la música.
La pregunta es dónde, porque en la calle, donde en los dorados 60 había una cada, dos casas, ya no quedan disquerías. No al menos como en aquellos tiempos. La revolución de internet, la burbuja de Napster, hundió a la industria de la música, pero lo que es peor, mucho peor, tiró por la borda los sueños de los melómanos que, como el bueno de Rob Gordon y sus amigos en la película “Alta fidelidad”, querían ganarse la vida vendiendo los discos que a ellos les gustaban escuchar.
Cuando ya se está a punto de tirar la toalla, cuando el desánimo hace que ya no se camine sino que se arrastren los pies, cuando el único objetivo es llegar hasta el McDonalds de techos rojos que está justo enfrente de la entrada del Golden Park y tomar un tentempié para juntar fuerzas para cruzar el parque, el paraíso. La tienda se llama Amoeba Music, y está ahí, en el 1855 de Haight Street, desde que los empleados de la vieja Rasputín Records decidieron independizarse a fines de los 90 y abrieron la disquería independiente más grande y mejor provista de la ciudad.
Para tocar el cielo con las manos, hay que bajar unos pocos escalones, dejar en un casillero bolsos, carpetas, mochilas, todo lo que pueda servir para llevarse un CD, un DVD, un videogame sin pagar y hundirse en el mar de discos que albergan las bateas ordenadas en hileras interminables a lo largo y a lo ancho del galpón que, por obra y gracias de un puñado de locos con ganas de hacer lo que mejor hacen y que más les gusta, se erigió en un templo de los amantes de la música.
Las grandes tiendas de discos están en vías de extinción. Basta darse una vuelta por Times Square, en Nueva York, donde hubo un tiempo en que era inevitable perderse una tarde o varias entre los anaqueles atiborrados de discos del gigantesco local de Virgin Megastore del 1540 de Broadway Street. Hoy en su lugar brilla una tienda de Forever 21, ropa para adolescentes a precios bajos, moda instantánea, descartable, lo que se usa hoy, el fin de semana, y nunca más.
Se lo llevó puesto la crisis de la industria discográfica, las descargas gratuitas por internet, igual que acá, a la vuelta de la esquina, cerraron Bigote’s, la legendaria disquería de barrio Belgrano, Tal Cual, que le ponía ritmo de cumbia a la agitación natural de calle San Luis, y tantas otras de las que hoy no queda ni el nombre. Lo que sí queda es el recuerdo, las marcas de los que llegaron hasta sus mostradores en busca de ese disco que querían escuchar, pero aún más tener.
En Europa las grandes casas de venta de discos todavía resisten, como el Fnac de Madrid, que está ahí, cerquita de la Gran Vía, a un paso de la estación Callao, pero no vende sólo discos, es más bien un polirrubro que ofrece los productos que la industria cultural manufactura con la mira puesta en los jóvenes: videojegos, historietas, camisetas y muñecos coleccionables de los personajes famosos del cine y la televisión, esos que los nerds no sacan de sus cajas ni a punta de pistola.
Las que sobreviven son las pequeñas, las que son atendidas por sus dueños y sólo venden rarezas. Son difíciles de hallar, pero si se cuenta con el consejo adecuado se da con ellas con facilidad. En Barcelona, con la guía de Carlitos Scolari, rosarino, experto en narrativas transmedia, amigo, se puede llegar hasta el Carrer dels Tallers, el primer callejón a mano derecha yendo de la Plaza Catalunya rumbo al mar por las Ramblas y encontrar las mejores disquerías de Barna.
Tienen nombres de ocasión, Revólver, Rockzone, Castelló, y se mezclan entre los comercios viejos del Raval, peluquerías, mercerías y panaderías, como el Forn de Pa que está ahí desde 1847, y que desafían la crisis, cuando las grandes cadenas como Zara cierran sus sucursales en el barrio y dejan a sus empleados en la calle. Es la Bond Street catalana, con música indie, tatuadores y tiendas de ropa para teenagers que soportan como pueden los embates de la sociedad de consumo.
Y bien que hacen, porque sus ganas, su pasión, sus energías, a contramano de los grandes poderes, hacen que esos pequeños refugios, las disquerías, las comiquerías, las librerías de viejo, que están condenadas a desaparecer, sigan abiertas y sus estanterías, sus bateas, polvorientas, sean una tentación, una parada inevitable en el camino del viajero que huye, ése que, como cantaba el Zorzal en el Wincofón del viejo, tarde o temprano detendrá su andar.
Datos útiles
• Qué visitar: Amoeba Music, 1855 Haight Street, San Francisco, EEUU, la tienda independiente de venta de discos nuevos y usados más grande del mundo.
• Imperdible: Museu de la Música, L’Auditori, C/Lepant, 150, Barcelona, España, reúne una colección de más de 500 instrumentos musicales de distintas épocas y culturas.
• Qué escuchar: “Volver”, tango con música de Carlos Gardel y letra de Aldredo Le Pera, un emblema de la música ciudadana que rinde culto a la nostalgia del regreso al primer amor.