El “giro a la izquierda” de la política latinoamericana en la frontera de los años 2000 era una marea rosa variopinta que, como describió cínicamente el escritor Mario Vargas Llosa, conjugaba la izquierda carnívora del “Socialismo del siglo XXI” de Venezuela, Ecuador y Bolivia. El progresismo vegetariano de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) brasileño, el Frente Amplio en Uruguay, el Partido Socialista en Chile o la Alianza Popular Revolucionaria (APRA) en Perú; o las versiones omnívoras del kirchnerismo, del tándem Guasú-Liberal en Paraguay, entre otros casos. El fin del boom de las commodities hacia el año 2012 impuso a la izquierda el desafío irresoluble de combatir la desigualdad y administrar la escasez, motivo por el cual perdió terreno frente a las fuerzas políticas de derecha —a través de elecciones, juicios políticos, golpes y asonadas parlamentarias— que están más acostumbradas al ajuste fiscal, modernizar el Estado y dejar a la igualdad como una variable de ajuste de la lógica del Mercado.
Sin embargo, en el año 2018 Andrés Manuel López Obrador (AMLO) obtuvo de forma arrasadora la presidencia de México frente a los partidos tradicionales (PRI y PAN) y su antiguos socios (PRD), con una fuerza de reciente formación denominada MORENA, de corte progresista, nacionalista y popular. Este giro a la izquierda tardío de México —respecto de los casos sudamericanos de inicios del siglo XXI— fue pensado como el puntapié de un nuevo ciclo de la izquierda en América Latina, con la llegada al gobierno de Alberto Fernández en Argentina en el 2019, de Luis Arce Catacora en Bolivia en el 2020, de Gabriel Boric a inicios del 2022 en Chile y recientemente de Gustavo Petro en Colombia, sumado a la continuidad de Nicolás Maduro en Venezuela y la sempiterna revolución en Cuba.
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Ahora bien, la idea de un nuevo ciclo o giro a la izquierda latinoamericana encubre tres problemas: primero, que la alternancia política en la región es producto tanto de la madurez democrática como de la insatisfacción ciudadana con los resultados de la política, con lo cual el pasaje de un gobierno de izquierda a derecha (o viceversa) obedece más al volátil zapping electoral en busca de respuestas, que al de un golpe de timón anclado en una consistencia ideológica. En segundo lugar, que el centro relativo de la disputa izquierda versus derecha cambia sustantivamente en cada uno de los países; entonces, por ejemplo, Petro sería en Argentina un socialdemócrata afín al radicalismo, pero un reformista en Bolivia, un comunista en Chile, un liberal en Venezuela y un timorato nacionalista en México. Por último, que las simplificaciones de pintar los países de izquierda y derecha en rojo o azul en un mapa político de América Latina es propio de una cultura longitudinal anglosajona que del realismo mágico latinoamericano en el cual las izquierdas están atravesadas por tradiciones históricas diversas e innumerables contradicciones, antinomias y contrasentidos programáticos.
Si observamos estos problemas a la luz del caso mexicano, la propuesta de MORENA adolece de aquello mismo que padecía Octavio Paz al escribir ¿Águila o Sol?: la fortuna incierta de una moneda que pasa ininterrumpidamente de cara a cruz. La Cuarta Transformación de AMLO es una revolución a las expectativas de participación de la ciudadanía, pero también un gobierno donde los movimientos sociales que gestaron MORENA se ven desdibujados o inclusive obturados (como es el caso de las mujeres). Asimismo, es una administración autonomista y latinoamericanista frente al imperio prusiano de los Estados Unidos en la región, pero afincado en las fuerzas de seguridad nacional como laderos principales —al punto de crear la Guardia Nacional— para combatir el narcotráfico en su territorio. Asimismo, AMLO y MORENA son la expresión de un populismo de izquierda que buscó romper con todo lo precedente y propugnar “que se vayan todos”, pero mantiene prácticas tradicionales e incorpora —tanto como se pueda— a las élites políticas que se fugan del PRI, PAN y PRD.
En el caso argentino, aunque el gobierno de Alberto Fernández ideológicamente está a la izquierda del gobierno precedente y ha tenido iniciativas de políticas públicas de corte progresista para la ampliación y protección de derechos — como la derogación del aborto o la expansión del sistema de salud durante la pandemia— es al decir de Roberto Arlt una Aguafuerte Porteña del peronismo, porque conjuga la heterogeneidad del cariz tradicional y conservador de las provincias del norte que encarna Juan Luis Manzur, pasando por el díscolo populismo inclusivo de los vientos del sur kirchnerista, aunado al férreo centralismo porteño de un gobierno nacido y criado en Corrientes y Esmeralda, con un liderazgo al que le cuesta descifrar cuál es El idioma de los argentinos más allá de la urgencia de la gestión de la pandemia.
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En Bolivia, la situación de Arce se asemeja a la novela Los deshabitados del escritor Marcelo Quiroga Santa Cruz, donde se mezclan la melancolía por el pasado masista, la complejidad de una administración deshabitada del liderazgo guía de Evo Morales y la monotonía de mantener una orientación de política pública de izquierda sin grandes cambios para sostener la estabilidad macroeconómica, la inclusión social y la expansión de los derechos. Sin embargo, aún pende como la espada de Damocles la tensión territorial con las élites santacruceñas que —entre otras cosas— se levantaron al grito de secesión en el 2008 o acompañaron la asonada que emplazó a Jeanine Áñez en la presidencia en el 2019.
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Por su parte, en Chile, la llegada al gobierno de Boric como opción de izquierda sigue la secuencia de la maravillosa obra Desolación, Ternura, Tala y Lagar de Gabriela Mistral, porque es el emergente de un escenario desolado por la desafección ciudadana y la ruptura de la representación partidaria tradicional que eclosionó en las calles de Santiago de Chile a finales del 2019; pero logró mostrar una faceta tierna de su otrora posición de izquierda radical y comunista al formar primero el Frente Amplio, luego la Convergencia Social y finalmente la alianza Apruebo Dignidad para convocar a las mayorías en las urnas y plantear —una vez más— que para “Chile, la alegría ya viene”. Sin embargo, desde su asunción como presidente, cualquier intento por talar los enclaves del pinochetismo y la Concertación o imponer nuevas orientaciones propias de la izquierda ha chocado con los poderes de veto de los actores tradicionales, los límites de las estructuras económicas heredadas o incluso el malestar de la izquierda radical por la fisonomía del cambio; sin embargo, a esta izquierda generacionalmente nueva en Chile le queda mucha uva por pisar en el lagar de la política, especialmente para llenar las odres de una nueva constitución en ciernes.
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En Colombia, la reciente victoria de Petro es un punto de inflexión en la primacía de la derecha uribista, ya fuere en las versiones militarista y para-política del propio Álvaro Uribe (2002-2010), del social-conservador Juan Manuel Santos (2010-2018) o del sincretismo que propone Iván Duque (2018-2022). Esta nueva izquierda colombiana es la mixtura, por un lado, del liberalismo radical, el neo-desarrollismo y el progresismo ambientalista que encarna Petro; y, por el otro, las consignas del “vivir sabroso” y el antidesarrollismo del progresismo ecológico que representa Francia Márquez, motivo por el cual es —en perspectiva histórica comparada— la entronización de una opción de izquierda con sensibilidad social sin precedentes desde el gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938), capaz de generar fuertes expectativas populares como no se vivía desde Jorge Elicer Gaitán o la coyuntura constitucional de 1991. Su llegada es una señal esperanzadora para evitar que el posconflicto y los acuerdos de paz, como escribía Héctor Abad Faciolince, sean “El olvido que seremos” —o al apostaron las derechas colombianas en el plano institucional y para político. Sin embargo, el tándem Petro-Francia, además de tornarse una izquierda que gobierna más allá de sus propias contradicciones, debe lidiar con la sobredosis de expectativa de una sociedad cada vez más acostumbrada a protestar en las calles, especialmente desde su despertar en el año 2019.
En Brasil, la alternativa de la izquierda al actual presidente populista de derecha radical Jair Bolsonaro proviene del otrora sindicalista Lula da Silva que, fiel a su tradición componedora, se asemeja a la novela de Jorge Amado Doña Flor y sus dos maridos. Bajo el pretexto de impedir la continuidad del paracaidista Bolsonaro en el Palacio del Planalto, de cara a las elecciones de octubre del 2022, el líder del PT seduce a la izquierda moderada (el PCdoB, el PSOL y el Partido Verde) pero también ha flirteado con su principal adversario partidario desde 1992 a 2018, la socialdemocracia neoliberal del PSDB, para que Gerardo Alckmin sea parte de la candidatura como vicepresidente. Parafraseando a Borges, a todos ellos no los une el amor ni la coherencia ideológica, sino el espanto y el pragmatismo, aunque resta saber si se quieren tanto como para que el presidencialismo de coalición y/o el “lulismo” sea reeditado una vez más o este esperpento político fortalece la reelección de Bolsonaro.
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En Venezuela, la izquierda que representa Maduro —reelecto en el 2018 en unas elecciones de dudosa legitimidad— se asemeja al sueño de grandeza en el Otoño del patriarca de Gabriel García Márquez. Es decir, es una muestra de la soledad del poder afincado en un andamiaje vetusto y maniqueo que anhela de forma fantasmagórica las bondades inclusivas y las maldades autocráticas del chavismo. Sin embargo, al tratar de repetir la historia del chavismo, Maduro se reedita sembrando vientos de tragedia que eclosionan con las tempestades opositoras, convirtiendo al país en tierra arrasada o un páramo por la sangría migratoria de casi seis millones de venezolanos que abandonaron su país ante la desazón económica, la desafección política y el temor subjetivo a un futuro sin esperanza.
Por último, tal y como señalaba Eduardo Galeano en el libro El fútbol a sol y a sombra, siempre que es un año de mundial no hay que engolosinarse con los partidos, porque al final el marcador es el mismo desde 1960: Estados Unidos sigue bloqueando Cuba y en cualquier momento atentarían contra Fidel o la Revolución. Un ejemplo póstumo para el escritor uruguayo bien podría ser la Cumbre de las Américas realizada recientemente en California, en la cual el presidente norteamericano Joe Biden —haciendo flamear una vez más el espantapájaros del comunismo— no invitó a Cuba, Venezuela y Nicaragua, por lo que Honduras, México y Bolivia se negaron a ir.
En síntesis, para saber si estamos frente a un nuevo ciclo de la izquierda en América Latina es necesario incorporar al análisis cierta profundidad topográfica para evitar la ceguera de radiografiar la izquierda latinoamericana como una pampa unívoca hermanada por el éxito electoral. Por ello, resulta necesario recordar las palabras de Johann Wolfgang von Goethe en su poema Pandora, cuando escribía: “ver lo preciso, ver lo iluminado; no la luz”, para no creer que una golondrina hace a la primavera, o que el acceso electoral al gobierno sea el ejercicio efectivo de opciones ideológicamente izquierda.
(*) Juan Bautista Lucca es cientista político, profesor de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR, investigador del CONICET e integra el Centro de Estudios Comparados de la FCPolit.