Sombra terrible de la democracia argentina, Carlos Menem encontró con Javier Milei su reivindicación póstuma. Un desbloqueo en tiempos de cancelación.

El libertario construye un retrato del riojano funcional a su narrativa. El descalabro económico reciente alimenta la nostalgia de los años 90.
Por Mariano D'Arrigo
Sombra terrible de la democracia argentina, Carlos Menem encontró con Javier Milei su reivindicación póstuma. Un desbloqueo en tiempos de cancelación.
Si gobernar es también narrar, Milei busca construir un Menem a su imagen y semejanza. Un Menem outsider, que salta del sector privado a la Gobernación de La Rioja. Y de ahí a la Casa Rosada. Sin escalas. Y sin contaminarse en el cursus honorum de la casta. Un retrato demasiado unidimensional para un personaje con tantos pliegues y una larga década repleta de claroscuros.
Si Milei creció meteóricamente en las encuestas y llegó a la presidencia es porque no sólo logró canalizar y encarnar la bronca extendida contra un modelo económico agotado y una dirigencia política fracasada. También encarnó una demanda de orden. Y encontró en la costosa estabilidad de precios de los 90 y el 1 a 1 tallado en piedra ingredientes del pasado —ya no tan reciente— para cocinar su relato.
La incertidumbre y la desesperación que alimentan la inflación, el paso del tiempo y el recambio generacional parecen haber diluído en la memoria colectiva los aspectos más cáusticos del menemato sobre el tejido social: el remate del patrimonio público, la disparada de la desocupación y la multiplicación de bolsones crónicos de pobreza.
Ahora, el descalabro económico de los gobiernos de Cambiemos y el peronismo revalorizaron las figuras de Menem y Domingo Cavallo, los padres del último programa de estabilización exitoso: la convertibilidad.
La pregunta es si después de más de una década en la que el empleo se precarizó pero el desempleo llegó a pisos históricos la sociedad está dispuesta a intercambiar puntos de desocupación por la pax en las góndolas.
Un cuarto de siglo después del fin del ciclo del riojano, y pese a haberse comido buena parte del electorado de Juntos Milei, intenta reeditar la coalición social menemista. Sus principales puntos de apoyo están en los peldaños inferiores de la pirámide social, donde avanza el desprestigio del kirchnerismo, y en el vértice, donde un sector del empresariado se ilusiona con que esta vez sí avancen la flexibilización laboral, las privatizaciones y otras reformas largamente esperadas por los hombres de negocios.
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Si Menem logró cambiar a la Argentina de raíz es porque tras la caída del Muro de Berlín soplaban vientos favorables para las reformas promercado, contaba con un PJ disciplinado y con mayorías parlamentarias, tenía un entorno de profesionales de la política dispuestos a hacer el trabajo sucio y el propio riojano desplegaba un liderazgo carismático donde eran habituales los baños de masas.
Por el contrario, Milei debe ejercer el poder en un mundo atravesado por la disputa entre Estados Unidos y China y el revival del proteccionismo, tiene un contingente legislativo raquítico y su personalidad, inexperiencia, y narrativa anti casta le dificultan construir mayorías políticas. A eso se suma que el presidente prefiere reemplazar las multitudes tangibles por el ágora virtual de las redes sociales.
En contraste con el Menem pacificador que pintó Milei en su discurso, el presidente apela a la pulseada permanente con todo lo que huela al antiguo régimen.
El problema es que la política además de pelear y representar es también construir. Las dos caras de la moneda: la faz agonal y la faz arquitectónica.
Tras su reconversión al progresismo después de la implosión de la Alianza y el movimiento del péndulo hacia la izquierda, Néstor y Cristina Kirchner pueden haber barrido la figura de Menem debajo de la alfombra pero el menemismo es una capa geológica de la sociedad argentina.
Es en ese subsuelo profundo donde Milei busca parte de la energía para mantener en marcha un plan de reorganización del país. Tal como lo hizo 35 años atrás un dirigente que, igual que él, vino de la periferia, al nadie vio venir y que desde ayer tiene su busto en Casa Rosada.
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Por Mariano D'Arrigo
