Todos los miércoles a las tres de la tarde la Escuela Intercultural Bilingüe San Juan Diego se llena de música. Es el momento del ensayo de la Escuela Orquesta y suena Todos juntos, del grupo chileno Los Jaivas, un clásico de la música popular latinoamericana. La melodía le da clima a lo que sucede en el aula de enfrente, donde un grupo de adolescentes trabaja en equipo en la reparación de una guitarra. Se trata del nuevo taller de lutería que forma parte de la orquesta que hace pie en la zona oeste, la primera en toda la provincia que logró la incorporación de un lutier propio a su formación.
La San Juan Diego es una de las tantas escuelas orquestas que integran la red provincial. Situada en el barrio Empalme Graneros —hoy territorio en jaque por la violencia social— sus miembros reciben a La Capital con el entusiasmo de tener mejores cosas para contar. La orquesta está integrada por 55 chicos desde los 8 años, a los que se suman adolescentes y jóvenes que asisten a la misma escuela San Juan Diego o a instituciones cercanas. Se trata de una orquesta grande, en la que la mayoría de los instrumentos son adquiridos a través de donaciones privadas, pero que desde el mes de junio tienen una a favor: si se rompe alguno, cuentan con un taller de lutería propio para repararlo.
“Queremos contagiar para que el resto de las orquestas de la provincia también pueda tener su propio lutier, un artesano dentro del equipo docente”, dice Emilio Fernández, director de la Escuela Orquesta y profesor de cuerdas latinoamericanas y aerófonos andinos. En diálogo con La Capital, el director cuenta que fue él mismo quien inició las gestiones para la incorporación del lutier Matías Díaz a la orquesta. A las que se sumaron las buenas voluntades y la ejecución de varios trámites administrativos por parte de los directivos de las escuelas San Juan Diego y Pestalozzi, donde Díaz dictaba un taller de oficios.
Desde hace unos meses Díaz, que tiene experiencia en enseñar el oficio en barrios populares, logró su incorporación plena al equipo de la Escuela Orquesta San Juan Diego. Desde su llegada, no solo la orquesta cuenta con su propio lutier sino que los chicos y chicas del barrio ganaron un nuevo espacio de aprendizaje. “El taller no solo se encarga de reparar los instrumentos de la orquesta, también brinda un servicio a los vecinos que se acercan a traer sus instrumentos averiados, y además invita a los chicos a aprender un oficio”, destaca Fernández.
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La orquesta funciona en la Escuela San Juan Diego, una institución bilingüe anclada en el barrio Empalme Graneros.
Silvina Salinas
Un aprendizaje integral
Una guitarra yace sobre varias mesas ensambladas, alrededor de ella se disponen los aprendices como si asistieran a un convaleciente. Hay serruchos y lijas entre varias herramientas, y los chicos que escuchan atentos las indicaciones del profesor. Algunos de ellos forman parte de la orquesta, otros de la escuela secundaria, y otros son vecinos del barrio. En estos primeros meses de cursado están aprendiendo a reparar instrumentos de cuerdas.
Entre ellos se encuentra Juan Ignacio, tiene 15 y cursa la secundaria en la Técnica N° 10. Es parte de la escuela orquesta donde toca el violín y cuenta que quiere aprender el oficio para poder armar su propio instrumento. Las mismas intenciones tiene Malena, de 24, quien desde hace cinco años es chelista en la orquesta.
Franco tiene 23 y desde hace ocho años toca el violín. Se incorporó a la San Juan Diego a los 15 mientras cursaba en la secundaria: “Me encontré con el violín por pura casualidad, por un profesor de música que me mandó a hacer una tarea y me dijo ‘acercate a la orquesta’. Cuando fui me encontré con muy buenos compañeros y profesores. Agarré un violín y di una nota larga al aire, eso me animó a seguir. Ese violín todavía lo tengo, me sentí feliz cuando lo escuché, dije ‘¡guau, el sonido que le saco a este instrumento!’”. Franco recuerda con una sonrisa su historia con la música y cuenta que se incorporó al taller de lutería porque también toca la guitarra y quiere aprender reparar sus propios instrumentos, “como cambiar un clavijero, que es fácil pero siempre le tengo que pedir ayuda a algún profesor”, dice el chico, que trabaja durante la semana dando clases particulares de guitarra y violín, y los fines de semana en un boliche.
Mikeas también es parte del taller de lutería. “Acá aprendí a colaborar con otros compañeros”, dice el adolescente que cursa el 2º año en la secundaria San Juan Diego y hace dos integra la orquesta. Ahora hecha mano al xilofón, pero dice que su idea es dedicarse a la batería y que se sumó a la orquesta con la idea de socializar y divertirse. “No todos tienen el privilegio de aprender a arreglar un instrumento”, agrega Brandon de 16, otro de los integrantes, estudiante de la secundaria y violinista de la Orquesta Escuela de Juan José Paso al 2000. Espacios donde asegura pasarla bien y a los que nunca falta.
En la charla, Fernández destaca el impulso que representa para los chicos más grandes de la orquesta la incorporación del taller de lutería: “Con el nuevo espacio logran un aprendizaje más integral, porque al mismo tiempo que aprenden a tocar un instrumento, también se forman en repararlo, el propio y el de los demás. Por ejemplo, hay chicos que estudian percusión y ahora están aprendiendo a arreglar las guitarras de sus compañeros”.
El director celebra la nueva incorporación y describe el escenario con sensibilidad de músico: “En una sala suena un ensayo, mientras que en la otra están encolando y alisando. Se mezcla el sonido de los instrumentos con el olorcito a madera”. Dice que hoy la escuela cuenta con una orquesta enriquecida y que los lutieres deberían integrarse a todas ellas para hacerlas mejores. “A veces es inimaginable, porque la orquesta del Colón tienen su propio lutier, ahora nosotros también tenemos el nuestro”, remata.
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La línea de violines, en pleno ensayo de la orquesta infantil.
Silvina Salinas
El impacto social del oficio
La ciudad de Rosario cuenta con un grupo de lutieres que trabajan comprometidamente enseñando el oficio en barrios populares. Matías Díaz es uno de ellos, tuvo su paso por el barrio La Lagunita y también por Ludueña. En la charla, el artesano cuenta sobre la importancia del reconocimiento ministerial a la enseñanza y el impacto social que este oficio genera. “La lutería tiene que ser un derecho ganado en los sectores populares. Es fundamental, que así como hay un dispensario médico en cada barrio, del mismo modo haya un espacio de lutería en cada proyecto popular que se desarrolle”, dice el flamante integrante de la Escuela Orquesta San Juan Diego.
¿Por qué identificar el desarrollo de este oficio con un derecho? “Porque la música es fundamental en lugares donde muchas veces la palabra no puede expresarse, o no existen relatos para un montón de vivencias, tanto hermosas como crueles, sobre todo en barrios como Empalme Graneros o Ludueña”, explica.
Para Díaz, la multiplicación de proyectos culturales en los barrios populares no solo ayudan subjetivamente a las poblaciones, sino que también produce una transformación objetiva en la vida de chicos y chicas, “como vemos que sucede con los integrantes de la San Juan Diego”. Y destaca que los talleres de lutería tienen importancia en estos espacios, en tanto aportan de base para sostener materialmente esos proyectos, mas allá de los edificios de las escuelas. “La orquesta gana independencia con su lutier porque cuando se rompe un instrumento, dependemos de buscar presupuestos y lugares, todo un trámite administrativo que incluso muchas veces queda en la nada. Por eso el conocimiento de reparar un instrumento es un derecho que tiene que quedar para los pibes y las pibas”, sostiene.
En artesano dice que, ante todo, el nuevo taller le aportó a la escuela orquesta la novedad, porque al momento la San Juan Diego es la única de la provincia que tiene su propio lutier con horas incorporadas con reconocimiento ministerial. En este aspecto institucional novedoso, Díaz ve una puerta abierta que puede dar lugar a replicar la experiencia en otros espacios educativos. Además, explica que el taller aporta a la orquesta desde lo pedagógico, en la medida que la transforma en un espacio donde chicos y chicas no solo aprenden a ejecutar un instrumento, sino que también adquieren conocimientos sobre el componente físico del mismo, cómo suena y cómo se arregla.
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“La música es fundamental en aquellos lugares donde muchas veces la palabra no puede expresarse”, dice Díaz.
Silvina Salinas
Aún sobrevuela un preconcepto de la lutería asociada a los sectores mas pudientes, donde solo unos pocos pueden acceder a los servicios de un lutier. Sin embargo, el compromiso de muchos expertos en la materia no solo está haciendo accesible este servicio sino también el conocimiento del oficio. “Desarrollar el ejercicio musical implica, desde el aprendizaje con el maestro hasta llegar al escenario y el saber de los aspectos técnicos. Es transversal y completo. Creo que hay dos tipos de conocimientos que fueron bastante cerrados: las cuestiones técnicas de escenario y lo que tiene que ver con la construcción o el cuidado del instrumento o su reparación. Ese conocimiento estuvo casi oculto durante muchísimo tiempo. Se iba transmitiendo por conocidos, o lo adquirían quienes podían pagar un curso. Hoy en día hay una democratización sobre el acceso a este conocimiento. Y creo que también cambió la cabeza de muchos lutieres, por eso de a poquito se va a abriendo el oficio”, explica Díaz, y menciona el caso de Emanuel Milanesi, un maestro con quien tomó clases y admira, y que con muchos años de trayectoria hoy enseña a jóvenes y adolescentes en barrio Ludueña.
En la enseñanza de la lutería, al principio se trabaja mucho en la reparación del instrumento, que es lo mas sencillo y lo que más incentiva a los estudiantes. Pero no solo los que se dedican a la música se interesan por este aprendizaje. Para muchos jóvenes y adolescentes, estos talleres ofrecen una alternativa en el aprendizaje de un nuevo oficio. “He visto pibes que trabajan de albañil y después van al taller de lutería, adquieren un cuidado extremo y trabajan con una calidad y una pasión admirables”, cuenta Díaz, que en su paso por distintos barrios de la ciudad colecciona anécdotas de chicos y chicas que se asoman al conocimiento del oficio.
A la hora de definir el aporte de la lutería en los barrios populares, el artesano hace referencia no sólo a la incorporación de un nuevo conocimiento sino también al impacto social que genera. La explicación del docente es sencilla: dice que un sólo instrumento que se arregla y vuelve al barrio se multiplica por tres o cuatro chicos o por una familia: “Esa guitarra que hace años que nadie toca de repente vuelve a la casa o vuelve al grupo de amigos con un efecto maravilloso. Así funciona, ese es el gran aporte y es inmediato, porque ese instrumento no vuelve al ropero”.