A casi 20 años del Diciembre Negro, en el que el colapso económico pulverizó el sistema de partidos, la Argentina parece revivir nuevamente una crisis de representación que arrastra a la sociedad hacia los extremos. Carlos March, en en su libro “Democracia Bipolar”, compiló una serie texto que indaga en la debilidad sistémica de nuestra democracia y los desafíos para innovar en este terreno a fin de tratar de superarla. Políticas de cortísimo plazo, liderazgos débiles, internismos pueriles y una sociedad con ausencia de cultura cívica conforman un combo que, lejos de atenuarla, va acrecentando la crisis. “El problema de la Argentina es que tenemos un Estado sin estadistas”, dijo en una entrevista con La Capital el ex director de Poder Ciudadano y actual miembro de la Fundación Avina Latinoamérica.
—¿Cómo nace la idea del libro?
—El libro reúne reflexiones en torno al sistema democrático, partiendo de la hipótesis de que la democracia es un sistema binario que remite dos cosas: mucha gente que no se conoce entre sí colabora masivamente (un partido político es básicamente eso) y lo otro es que se diriman las diferencias de manera pacífica. Eso es básicamente el Estado de Derecho en occidente. Pero cuando ese sistema binario se empieza a romper, convertimos a esos dos polos en un sistema bipolar que se disrumpe y se anula. Sobre eso gira el libro. Después se analizan una serie de distorsiones del sistema democrático y, por último, qué condiciones tenemos que crear para discutir las innovaciones que requiere la democracia del Siglo XXI.
—¿Por qué es un sistema bipolar?
—Porque el sistema empieza a anularse entre sí en vez de potenciarse. El sistema de partidos cae, por ejemplo, y en Argentina tenés alianzas electorales que después les cuesta muchísimo gobernar. Porque los sistemas de partidos políticos en Argentina no existen más. En Chile acabamos de ver en estas elecciones que los dos dirigentes políticos que pasaron al ballottage no vienen del sistema partidario tradicional, cosa que ya había sucedido en la constituyente.
—Pero las coaliciones de gobiernos, en sí, no tienen por qué tener un signo negativo...
—Sí, pero la diferencia está entre una coalición electoral y coalición de gobierno. Daría la sensación que una alianza electoral no es suficiente después para convertirse en una alianza de gobierno. Acá tenemos el ejemplo de Macri y el de Fernández, donde ponen un ministro de un signo político y un viceministro de otro, y en vez confiar y potenciarse comienzan a competir entre sí. Ahí tenés un buen dilema: cómo los sistemas partidarios tradicionales están en crisis y hay que reemplazarlos, pero ¿con qué lo reemplazás? Daría la sensación que las coaliciones armadas para sentar a un presidente después no funcionan para gobernar. Esto tiene un correlato también sobre cómo vota la gente. Con el voto bronca no necesariamente después se construye un gobierno fuerte.
—¿Cree que en las elecciones pasadas lo que primó fue el voto bronca?
—Salvo el porcentaje que se identifica con determinadas alianzas, después el resto voto contra o al menos malo. (Javier) Milei es una expresión de voto antisistema. La cultura cívica también va degradando el sistema electoral. Tenés una mala estructura que organiza a la dirigencia y por otro lado tenés una cultura cívica que se va distorsionando, que ya no está votando programas de gobierno sino que vota para manifestarse en contra del que está gobernando.
—¿Al peronismo le está tocando ahora su 2001, cuando implosionaron los partidos políticos?
—En gran medida sí. Pero el peronismo, como no se concibió como un partido sino como un movimiento, fue mucho más elástico y abarcó una oferta electoral mucho más amplia. Pero el problema ahora es sistémico, más que de oferta electoral. La estructura que contiene la oferta ya no se está estructurando para poder gobernar.
—¿Y qué espacio dentro de ese movimiento puede reemplazar a su modelo clásico?
—Bueno, eso plantea el libro: se ven los escombros pero todavía no se ve lo que emerge.
—Se da una paradoja en que los movimientos disruptivos aparecen en el escenario político tratando de cancelar derechos democráticos en vez de ampliarlos. ¿Qué es entonces lo novedoso de estos espacios?
—Si tenemos dirigentes fuertes, pero con decisiones pobres, aparecen los Milei y nadie les pone freno, porque no hay institucionalidad. En la medida de que no hay contrapesos, son más fuertes las personas que el sistema.
—En ese estado de exaltación política, llamada grieta, ¿hasta qué punto es la propia sociedad la que empuja a los políticos a la antinomia?
—Hay una gran responsabilidad de la sociedad civil organizada. Hay parte de la sociedad que no tiene ninguna capacidad de injerencia porque no tiene ni siquiera para darle de comer a su hijo. Pero hay una masa crítica de sociedad que sí tiene solucionada sus necesidades básicas satisfecha y puede activar el civismo. Creo que esa porción de la sociedad tiene una gran responsabilidad en el hecho de generar espacios para discutir la superación de la grieta. Hay tres factores que provocan esto. Uno es la naturalización del daño: es muy común escuchar “son todos corruptos y yo prefiere que me robe este y no este otro”. Segundo, nos cuesta muchísimo definir el problema y por ende encontrar la solución. El tercer factor, frente a un riesgo, encaramos el problema queriendo volver al estado anterior y no asumimos la crisis como una oportunidad de innovación.
—Cuando sobrevienen crisis profunda, la sociedad en general tiende a buscar un atajo y no a resolverla con inteligencia racional, sino con pronunciamientos extremos.
—La sociedad civil puede impulsar agendas, pero los que toman decisiones son los dirigentes políticos. Pero el problema que tenés es cuál es el horizonte del dirigente político. Si ese horizonte es la próxima elección, es imposible construir políticas de largo plazo. Y otro problema es que tenés Estado sin estadistas. La ley 1420, de la educación pública y gratuita y universal que pensó la generación del 80 y que construyó clase media, no solucionó la coyuntura de la época de Sarmiento, pero construyó la Argentina y una clase media a partir de incorporar a la sociedad al sistema público educativo. Ahora, en este tiempo, ¿quién está pensado la ley 1420 de la calidad educativa para poder enfrentar la complejidad del siglo XXI? Nadie está pensando cómo construir lo que viene.
—¿Falta una nueva generación del 80 en la Argentina?
—Sí, definitivamente. Pero faltan nuevos paradigmas y dirigentes, políticos y de la sociedad civil, capaces de entender las complejidades que tienen la democracias del Siglo XXI.