En la ciudad surcada por un gran río se construyó, en 1901, un lago artificial ubicado lejos del Paraná. Un año les llevó a aquellos hombres crear el Laguito del parque Independencia. Cavaron. Cavaron a la mañana, al mediodía y a la tarde. Lo hicieron en grupos, organizados por las autoridades que los controlaban desconfiados. Cavaron con frío y también con el calor propio del litoral argentino, húmedo e impiadoso. Cavaron porque habían cometido crímenes. Cavaron también los inocentes encontrados culpables. Cavaron hombres que tenían familia esperándolos afuera. Cavaron quienes no tenían a nadie. Todos, sin excepción, cavaron. Durante días, durante meses. La tierra que removían la depositaban al costado y armaron una montaña, la Montañita, como se diría más tarde. Cavaban por que se estaba creando un gran parque para la ciudad.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
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Laguito del Parque Independencia.
Foto: Silvina Salinas / La Capital
La ciudad reclamaba un pulmón verde, un espacio libre con aire puro, que contrastará con las fábricas, el caos del centro y el hacinamiento del conventillo. En 1871 había sufrido una epidemia de fiebre amarilla y, algunos años después, en 1886 había llegado el cólera. Rosario no estaba preparada sanitariamente para controlar dichas enfermedades, tenía limitaciones claras y visibles, propias de una ciudad que había crecido con cierta espontaneidad y desorden. Poco a poco las autoridades locales comenzaron a pensar en distintas maneras de ordenar el espacio urbano desde una mirada higienista, con el objetivo de combatir desde la espacialidad los problemas de salubridad que atravesaban la ciudad.
Mientras los presos de la cárcel de Zeballos al 2900 cavaban, el intendente Luis Lamas, que estuvo frente al municipio entre 1898 y 1904, les otorgaba concesiones a las grandes instituciones aristocráticas para que ocuparan espacios en el anhelado parque ya que, consideraba, la Municipalidad no tenía los recursos suficientes para llevar adelante semejante proyecto de manera solitaria. La Sociedad Rural construyó su gran predio y el Jockey Club erigió, en 1901, el Hipódromo, que desplazó a aquel que existía en barrio Sorrento, actual barrio Sarmiento. Este último había sido el primero que tuvo la ciudad, pero al encontrarse tan alejado del centro no pudo competir contra el nuevo campo hípico. No era casual estas primeras concesiones: el intendente era miembro tanto de la Sociedad Rural como del Jockey y contaba con conexiones sociales y políticas que le permitían llevar adelante su mandato con cierta efectividad.
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Jardineros trabajan en los jardines del Parque.
Foto: Silvina Salinas / La Capital
En 1902 la Municipalidad le otorgó un terreno al Veloz Club, espacio donde se practicaba ciclismo siguiendo las modas europeas. Sin embargo, tuvo corta vida y en 1904 el terreno quedó vacante. Fueron dos clubes los que pelearon por el espacio: Club Atlético Argentino y Estudiantes Fútbol Club. Siguiendo las pretensiones del intendente, ambas instituciones se fusionaron y adoptaron el nombre de la primera. Durante diez años ocuparon aquel terreno llamándose Club Atlético Argentino hasta que, finalmente, cambiaron de denominación y se erigieron como Club Gimnasia y Esgrima de Rosario.
La instalación de estas entidades delineaba el perfil que ocuparía el parque en sus primeros años. No fue la clase trabajadora con sus interminables jornadas laborales, sus salarios precarios y su incapacidad de moverse en una ciudad que no tenía un sistema de transporte consolidado la que disfrutó de los paseos en el primer parque de la ciudad. No fueron los trabajadores de Refinería que un año antes de la inauguración del gran pulmón verde, signo de progreso y civilización, habían visto morir al primero de los suyos en manos de la policía rosarina. No fueron los trabajadores del puerto, ni los peones del campo, ni las trabajadoras sexuales de Pichincha quienes pasearon por sus senderos al estilo europeo. El parque fue habitado por las mujeres de sombreros altos y vestidos largos, los hombres de galera y bigotes prominentes. Fueron los carruajes que venían de las casonas ubicadas en Bv. Oroño los que recorrieron el gran boulevard que atravesaba el parque de lado a lado. Aquella extraordinaria arteria que en 1927 recibió desde Italia una imponente y majestuosa estatua de Manuel Belgrano que serviría, hasta la inauguración del Monumento a la Bandera en 1957, de espacio para festejar las fechas patrias.
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Carrusel de Pueyrredón y Av. Pellegrini.
Foto: Héctor Río / La Capital
En 1915 se inauguró el Rosedal. Este espacio, paseo ineludible para los hombres y mujeres que bajaban de los carruajes, era surcado por caminos que bordeaban las agraciadas flores. Funcionaba perfectamente como un escenario romántico donde los jóvenes, atravesados por los límites y las tradiciones dignas de la época, se encontraban tímidamente en el espacio público bajo la mirada estricta de los familiares. En el Rosedal no entraba cualquiera: estaba cercado y la puerta era custodiada. La vestimenta que denotaba la pertenencia a un sector acomodado era el pase para poder ingresar en este jardín que había sido construido mirando y pensando en sus homónimos europeos.
Fueron, entonces, los adinerados habitantes rosarinos quienes recorrieron y transitaron el parque Independencia en sus primeros años. Fueron ellos quienes se subieron a las embarcaciones conducidas por hombres vestidos de gondolieris italianos y disfrutaron del paseo por las calmas aguas del Laguito. Subieron La Montañita, se sacaron fotos en la cima, en el mirador, y contemplaron el vasto parque. Comprobaron que no hacía mucho esa zona había sido un espacio semi-rural con quintas desparramadas a lo largo y a lo ancho. Advirtieron, desde arriba, los árboles recién plantados, los primeros pasos de la forestación de una ciudad que prometía seguir creciendo.
Descubrieron, asimismo, desde el mirador de la Montañita, la Escuela de Aprendices de Jardinería, inaugurada junto al parque en 1902. Aquel espacio albergaba también la Dirección de Parques y Paseos. Dos columnas de pequeñas palmeras armaban una pasarela que desembocaba en la entrada de la casa. Allí, además, vivía el director, Ernesto Aravena, con su familia. Hoy las palmeras, altas e imponentes, dan entrada al Museo de la Ciudad, espacio municipal que se estableció allí desde 1993.
Los sucesores de Luis Lamas también consideraban que para continuar ocupando el espacio verde del Independencia debían apoyarse en algunos clubes. El terreno donde residía el Rosedal había sido la sede del Club Atlético Provincial desde 1908, pero cuando se determinó la creación del espacio floral Municipal que le otorgó otra concesión permitiéndole ocupar el lugar donde actualmente reside.
Un año antes, en 1907, Newell’s Old Boys también buscaba un terreno en el parque Independencia, ya que quería construir un estadio para competir en la Copa Competencia del Río de la Plata. Pero la Municipalidad no le otorgó la concesión enseguida. El club quería ubicarse cerca de GER y esto llevaba a una cierta contradicción con los criterios estéticos y espaciales del parque. Redefiniendo discursos y cambiando de espacio, Newell’s levantó al deporte como práctica necesaria a la hora de educar física y moralmente a los jóvenes habitantes de Rosario. En 1911 se inauguró finalmente la cancha de Newell’s Old Boys, un tanto diferente al Coloso que los paseantes se chocan al adentrarse al arbolado parque, pero instalado ya de manera definitiva.
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Glorieta con enredaderas florecidas en la Montañita del Parque Independencia.
Foto: Silvina Salinas / La Capital
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La Cárcel de Encausados y Contraventores, hoy popularmente conocida como La Redonda, había sido inaugurada unos pocos años antes de la creación del parque, en 1894. De allí, de ese espacio recién levantado, salieron los hombres que cavaron durante doce meses para crear un lago que la élite pudiera disfrutar. Sin embargo y a pesar de la exclusividad que vivieron durante algunos años, las clases altas rosarinas tuvieron que compartir, finalmente, aquel espacio verde que había sido pensado para toda la población.
A partir de 1920 la democratización del parque se volvió un proceso inevitable. La aparición de una incipiente clase media a partir de algunas, siempre limitadas, mejoras sociales y económicas ocasionaron la entrada, lenta pero segura, de los sectores populares. El Municipio comenzó a rechazar concesiones a clubes que, de manera sucesiva, provenían de zonas y espacios populares y que, por lo tanto, no coincidían con las pretensiones de las autoridades. Ya el fútbol, cada vez más masivo, generaba una amplia movilización de personas que apenas se podía tolerar.
En 1930 las rejas del Rosedal fueron retiradas, dando cuenta del cambio de época. Los espacios libres ya no eran exclusivos de ningún sector social: el parque pertenecía a la ciudad y ningún código de vestimenta podía limitar el acceso al disfrute de las flores que colmaban aquel gran jardín.
Los sectores populares se adentraron en el parque. Hombres y mujeres comenzaron a reunirse en aquel espacio verde y disfrutaron de largas jornadas de pic-nic al aire libre. Algunas autoridades e instituciones vieron este uso público con resentimiento y desprecio. Otras, en cambio, respondieron al llamado y vieron una oportunidad. A partir de 1936, y durante dos años, el Automóvil Club Argentino organizó carreras que se realizaban en el parque, sobre Boulevard Oroño. Este espectáculo público y popular atraía a cientos de hombres y mujeres que se acercaban a ver las carreras. Eran eventos y eran masivos. La penetración de la ciudad en el parque Independencia ya no tenía retorno.
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Muestra de autos antiguos y de colección en boulevard Oroño del Parque Independencia.
Foto: Virginia Benedetto / La Capital
La élite, como acostumbraba hacer, se retiró. Ya habían abandonado sus casonas de veraneo en Saladillo cuando los obreros se instalaron en el barrio para trabajar en el recién llegado frigorífico Swift en 1917. Habían huido de sus mansiones alejadas del centro hacia otros lugares más recónditos como Fisherton o La Florida. Con el parque sucedió lo mismo. Una vez que las costumbres de la población se volvieron intolerables en el espacio que había monopolizado la aristocracia durante dos décadas, se retiraron y disfrutaron de otros espacios verdes menos accesibles.
El resto de la ciudad disfrutó de las sombras de los árboles y los paseos por el Rosedal. Se deleitaron con el Palomar, inaugurado en 1937, y también con el Jardín Francés construido en 1942. Fueron al Zoológico, se subieron a la Montañita y navegaron por las aguas del Laguito, aquel que años atrás había sido construido por los ya olvidados presos de la cárcel de calle Zeballos.
(*) Mila Kobryn es periodista e historiadora. Forma parte del Programa de Investigación y Extensión "Malvinas y el Atlántico Sur" y de la cátedra de Teoría de la Historia, ambas en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario.