En medio de la noche de verano, uno aguza la vista (o lo que queda de ella) y la fija en el horizonte, sin deponer la esperanza. Pero nada. La calle es un vasto desierto silencioso que solo interrumpe alguna moto de delivery, veloz y fugitiva. Del bondi, ni noticias. Habrá que armarse de paciencia, sentarse en algún umbral, mirar la luna. Con suerte, llegará en media hora.
Quien escribe este texto lleva ya muchos años recorriendo la ciudad. Siempre me gustó caminarla, perderme sin rumbo por los barrios, buscando árboles, bares, librerías de viejo. Siempre me resistí al auto o al taxi, al que únicamente apelo en caso de necesidad: me gusta el colectivo, tan democrático, tan transversal, tan de todos. Aunque ahora, sostener esa vocación se ha tornado difícil. Casi imposible.
Hago memoria y no recuerdo, en mi largo medio siglo subiéndome a los bondis rosarinos, un período de crisis del transporte urbano tan terrible como el del presente. En mi recuerdo hay épocas gloriosas. Caminaba anteayer por calle Necochea rumbo a la zona sur donde vivo y durante largos minutos no pasó un solo ómnibus. En la década del setenta, por esa misma calle de tan honda raigambre popular pasaban con envidiable frecuencia líneas legendarias como el 6, el 54, el 200. Pienso entonces, de pronto, en el Expreso Alberdi, la C, el 218, el 210, el 205, el 203, el 1, el 5, el 51, la F, la E… Y es apenas un puñado de ejemplos. Toda la ciudad estaba conectada a toda hora por ómnibus que la surcaban sin pausa. Ahora, en cambio, pandemia y recurrentes crisis económicas de por medio, las frecuencias son penosas y resulta habitual ver paradas colmadas de gente esperando resignada, aferrada al teléfono, con la mirada perdida en un punto del horizonte donde no se ve nada porque nada viene. Y cuando finalmente el objeto del deseo se concreta, suele suceder que viene lleno hasta el límite y entonces pasa de largo, entre insultos y gritos.
Sin colectivos no hay ciudad, sino un paisaje fragmentado y excluyente. Es así de sencillo. Hablaba antes del 54, al que tantas veces subí en mi remota adolescencia para desembarcar en la Vigil. Ese hermoso ómnibus azul y rojo hoy está convertido en el 143-136-137 (en el futuro, si esto sigue así, tal vez le agreguen varias cifras más, para confusión de todos) y ya no transita por Alem, sino por Laprida. Es solo un caso de lo que debe calificarse como absoluta, implacable decadencia. Los más humildes se ven obligados a caminar cuadras y cuadras a través de un escenario, para colmo, gobernado por la inseguridad. Esa es la ciudad real: un espacio sin piedad para los que tienen poco.
Antes las líneas eran identificables por el color, y no únicamente por el número o letra que las designaba. Ahora los colectivos no solo son escasos, sino iguales entre sí como una gota de agua a otra: un nuevo gesto de descortesía hacia los usuarios. Me ha tocado en no pocas ocasiones contestar la pregunta de alguien que no llegaba a dilucidar de qué línea era el coche que estaba arribando a la parada (justo yo, que también suelo sufrir para determinarlo).
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Foto de Héctor Rio (La Capital).
En la tremenda crisis de los años treinta del siglo pasado, Ivo Pelay le puso palabras a a una melodía de Francisco Canaro para dar a luz una ranchera que se volvió inmensamente popular (viral, diríamos ahora): “Dónde hay un mango viejo Gómez,/ los han limpiao con piedra pómez”, decía la sarcástica letra, que muchos tarareaban por entonces en las veredas (se puede encontrar en la web la versión de la genial Tita Merello). Lo mismo hice yo, pocas noches atrás, sentado en un umbral de calle Mendoza, pero cambiando la palabra “mango” por “bondi”. Cuando terminé de canturrear, como enojado ante mi burla, apareció de pronto el 145-133. Y lo tomé aliviado.
Tita Merello - DONDE HAY UN MANGO???