Graciela Alicia Obelard conoció a través de un amigo y corredor inmobiliario llamado Juan Ortiz a un hombre al que le alquiló un departamento a tres cuadras de Tribunales: Montevideo 1651. El inquilino dijo llamarse Juan Carlos Macías Medrano, comentó que necesitaba la vivienda temporalmente y convinieron un precio. La mujer le dio un juego de llaves pero se quedó con una copia. Como hubo un atraso en el pago de las expensas una noche se decidió a hacer un reclamo. Caminó hasta el piso que alquilaba y fue atendida por su inquilino, que le abrió la puerta pero la retuvo en el ingreso. Desde la entrada ella pudo observar a una persona sentada en un sofá del living. Como el ambiente estaba en penumbras pudo apenas atisbar que las piernas estaban descubiertas y los pies descalzos. Por el vello se trataba, entendió de inmediato, de una persona de sexo masculino. Eran las 21.30 del martes 16 de diciembre de 1980.
La señorita Graciela Obelard se retiró rápido porque Macías Medrano le dijo que estaba ocupado en ese momento. Quedaron en tomar un café al día siguiente. Mientras conversaban en el bar ese miércoles Medrano le contó que la persona que estaba en el departamento la noche anterior era un cliente que se había puesto cómodo. Lo que alcanzó a ver también la mujer en el departamento era un tanque de fibrocemento con tapa. El mismo 17, cuando se encontraron para el café, Macías Medrano estaba vestido de traje con un piloto en la mano. El le preguntó si conocía alguna tintorería cercana.
Cinco días después, el 22 de diciembre, la policía detuvo al abogado Juan Carlos Masciaro, cuando éste fue a firmar semanalmente el reporte de la libertad condicional obtenida un mes antes tras estar preso por estafa. Se había descubierto que vivía en Montevideo 1651 y que usaba la falsa identidad de Macías Medrano. Lo interrogaron por Jorge Salomón Saúan, un empresario textil rosarino de 28 años, al que por última vez lo habían visto el 15 de diciembre en un restaurante con alguien que tenía idéntico aspecto a él. Muy tranquilo, Masciaro dijo que el 13 de diciembre se había encontrado con Jorge Sauan y que el lunes 15 estuvo cenando con él en el Club Sirio de Italia al 900. Con fluidez imperturbable agregó que después habían ido a la whiskería "Pablo's". Donde Sauan, dijo el detenido, le propuso la idea de un autosecuestro. El plan incluía que Masciaro llamara a los familiares del empresario para pedir el dinero y que lo retirara por un lugar pautado. El martes 16, declaró Masciaro, se juntaron en su casa para definir en detalle el autosecuestro y dividirse el dinero en partes iguales.
La policía le dijo que hasta ese momento Sauan llevaba siete días desaparecido y que media docena de testigos afirmaron que estaba con él cuando lo vieron por última vez. Masciaro repuso que no tenía idea dónde estaba el empresario. Que él había ido a retirar el dinero del secuestro a una plaza de Fisherton el día 18 pero que nadie se había presentado. Sauan, dijo, se comunicó con él por última vez el día 20 y que dijo que lo llamaría de nuevo. Les ofreció a los investigadores su colaboración para atender cualquier llamada que pudiera hacerle el comerciante. Por eso lo trasladaron con custodia a su departamento. A esperar un llamado que jamás se produciría.
La casa vacía
En febrero de 1981 volvió a declarar Graciela Obelard. Afirmó que desde la detención de Masciaro el departamento había sido ocupado por alguien. Ella entró al piso con sus llaves el 20 de enero para mostrarlo para alquilar a un hombre de apellido Carmasi y lo encontró revuelto y sucio. El 14 de febrero fue a retirar correspondencia al consorcio y desde la puerta de su departamento, dijo, escuchó una música muy suave que provenía desde adentro. Ella el 23 de diciembre le había dado un tercer juego de llaves al jefe de la Unidad Regional II, teniente coronel Rodolfo Riegé. Dos días después fue a pagar los gastos centrales y tocó el portero de su casa. Aseguró que del otro lado levantaron el auricular pero no le dijeron nada. "Solicito que me aclaren quién está ocupando el inmueble", dijo la dueña.
El juez de instrucción Jorge Eldo Juárez ordenó de inmediato que cambiaran la cerradura. Luego de eso el secretario del juzgado, Alberto González Rímini, fue al departamento e informó que tras una nueva revisión en la casa se habían encontrado dos envases tipo damajuana de aparente uso no doméstico. Una estaba completamente llena y la otra tenía escaso contenido de un líquido denso e incoloro, con etiquetas deterioradas e ilegilbles. La pericia determinó inequívocamente el contenido: ácido sulfúrico concentrado.
La mujer que hacía la limpieza del departamento se llamaba Laura Noemí Bogado. Ella dijo que el 27 de noviembre de 1980 no había en el departamento ni tierra ni bidones. Pero que el 23 de diciembre sí observó unas 10 bolsas de tierra que no estaban en el lugar un mes antes. Los bidones no se veían a simple vista. Estaban detrás de la tierra.
¿Y qué había en el tanque? El sumariante judicial del caso era Carlos Triglia quien con los años llegaría a ser juez de instrucción en Rosario. Sostuvo que él había visto dos damajuanas cuando las encontró González Rímini, que estaban detrás de unas bolsas de tierra y por eso no las habían detectado antes. Y que vio una planta sobre el tanque que cuando él mismo regó despidió un calor anormal.
Por eso el 5 de marzo se realizó el vaciado del contenido de ese macetero que contenía tierra barrosa hasta una cuarta parte de su capacidad. El movimiento de tierra le trajo a la mente al policía José Torres el olor que despiden las reducciones de tumbas en los cementerios. El examen de lo encontrado allí está consignado en un inventario impersonal: restos de prendas de vestir, un juego de cinco llaves, siete ampollas de Rohipnol vacías, nueve de agua destilada, un trozo de cinta aisladora, un cable, una cruz con cadena ambos de oro.
El moroso listado incluyó desde allí vestigios físicos: un antepie derecho con dedo grueso segundo y tercero, dos porciones de tejido dérmico, restos de aparente naturaleza ósea, una prótesis fija y dos coronas dentarias de molares.
La cadena y la cruz
El juez ordenó el reconocimiento de objetos. Liliana Beatriz Atienza había sido hasta un mes antes de la desaparición, cuando rompió con él, pareja de Sauan. Ella reconoció la cadena y la cruz como un regalo que le había hecho a su ex novio. También identificó las llaves como las del Ford Taunus que tenía el empresario, y que quedó estacionado, hasta ser encontrado seis días después de su desaparición, en Presidente Roca al 1600, a la vuelta del departamento de Masciaro. Elías Ramón Sauan, hermano del empresario, reconoció la ropa hallada en el tanque como la de su hermano. Elías Raif era el odontólogo de Sauan. El destacó que no llevaba fichas dentarias de su paciente. Pero cuando le exhibieron las prótesis dijo sin dudar que eran las de Sauan. La dentista Raquel Oviedo, de la Facultad de Odontología de Rosario, analizó la prótesis fija y dos coronas dentarias de molares levantadas del tanque de la casa que alquilaba Masciaro. Sostuvo que los dientes fueron atacados por ácido cuando habían perdido condiciones vitales recientes. Y que con probabilidad era ácido sulfúrico.
El padre del sospechoso había sido el suboficial principal del Ejército Juan Cataldo Masciaro. En su casa se secuestró un encendedor Dupont dorado y un reloj Rolex. Este hombre contó que el 24 de diciembre de 1980 había ido a la casa de su hijo, que le entregó un bolso con ropa sucia, dond se encontraban esos objetos. Ambos eran de Sauan. El certificado de garantía del reloj se localizaría en la casa del empresario. Masciaro dijo que el reloj y el encendedor se los había dado aquel como pago de honorarios.
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Masciaro en 1997 en Rosario cuando lo notificaron del procesamiento por amenazar de muerte a su ex esposa y a su hermana.
Archivo La Capital
¿Qué hacía Masciaro con su piloto cuando se encontró con la dueña de su departamento a 36 horas de la desaparición de Sauan? No se sabe. Pero en esa prenda se encontraron salpicaduras que comieron la tela y que eran señales de ataque de ácido sulfúrico. Lo mismo se halló en una cortina y un acolchado del piso que alquilaba.
El juez Juárez procesó a Masciaro el 11 de junio de 1981 por la privación ilegítima de la libertad seguida de la muerte Sauan. Juzgó improbable un autosecuestro por el carácter de Sauan, muy apegado a su familia. Estableció como probada la relación estrecha entre el imputado y su víctima. También la compra de parte de Masciaro de un tanque de fibrocemento, el hecho de tener en su poder el Rolex y el encendedor Dupont. En su juicio de probabilidad Juárez concluyó que Masciaro ganó primero la confianza de Sauan, que lo llevó al departamento, lo privó de su libertad con alcohol e hipnóticos, lo mató para pedir rescate y disolvió su cuerpo en ácido. La muerte de Sauan para todos los niveles judiciales está probada por el hallazgo de partes de su cuerpo y objetos que le pertenecieron en aquel macetero.
Nunca fue acreditado de qué modo se produjo la muerte de Sauan que en la defensa de su inocencia que proclamó toda su vida (planteo que estará en notas venideras) marcó a esto como un elemento central. En la sentencia dictada cuatro años después se admite esa omisión pero se rermarca que los elementos físicos hallados en el tanque en casa de Masciaro fueron identificados como pertenecientes a Sauan y todos ellos presentaban ataque de ácido sulfúrico. De hecho la defensa esgrime que la muerte pudo haberse producido de diversas formas: por suicidio, por paro cardíaco provocado por la ingesta de hipnóticos o bien porque el imputado haya tratado de dormir a su víctima sin intención homicida y el deceso sido resultado de un accidente. Amigos de Masciaro, dijo el fiscal y el juez de sentencia, lo vieron congestionado el día que se le atribuye la disolución del cadáver, efecto de manipular el ácido.
¿Cuál es el motivo de la presencia del tanque y los bidones en la casa que Masciaro alquiló con un nombre falso y por poco tiempo? ¿Qué motivos tuvo para no franquear la entrada a Graciela Obelard el día que ella advierte la pierna desnuda de un hombre en posición inusual en ese living en penumbras? ¿Por qué tenía su piloto salpicaduras quemantes típicas de la corrosión del ácido? El imputado dio respuestas a cada planteo. Los jueces no le creyeron.