La idea fija
Delante de un grupo de reclusos, contó Damaso Herrera, Masciaro les dijo que si alguna vez debía matar a alguno lo haría con ácido para que no quedaran rastros. "El tema del ácido era una idea fija en él", sostuvo Damaso, que moriría baleado durante un asalto a la DGI de calle Cochabamba y Presidente Roca en los años noventa.
No es trabajoso detectar en el expediente, en el que se lo terminó condenando por matar a Sauan y disolver su cuerpo en ácido sulfúrico, que sus compañeros de pabellón no tenían gran estima por Masciaro. Emilio Pascuali por ejemplo lo calificó como un individuo diabólico, que aseguraba tener bienes e influencias, con el que daba miedo tratar. Alberto Mariotti lo definió como hábil, inteligente, maligno y falso. Le había prometido como abogado acelerar el trámite de su libertad condicional si le transfería un auto lo que no se concretó porque Mariotti a la par que le temía desconfiaba de él. Según Juan Manuel del Valle, otro interno de esa cárcel, "Masciaro era un hipócrita, que tenía aires de grandeza y varias caras".
La fiscal Elida Ramón compiló estas referencias cuando pidió para este abogado, de entonces 35 años, la pena de prisión perpetua. Sostuvo que Masciaro venía meditando largamente, antes de recuperar la libertad, sobre los efectos de la disolución del ácido. Consultó con detalle al técnico químico Enrique Peralta, ex jefe de Seguridad Industrial de Sulfacid, y le preguntaba dónde adquirirlo y en qué recipiente ponerlo para tratar pelotas de fútbol como hacían, según dijo, en la cárcel de Coronda. Fue Peralta quien le habló entonces de utilizar un tanque de fibrocemento dada su condición inorgánica. Los restos de Sauan se hallaron en un recipiente de esas condiciones en el primer piso departamento dos de Montevideo 1651, que Masciaro alquiló con nombre falso y de manera temporaria, pagando por adelantado dos meses, en el momento de desaparecer el comerciante.
Masciaro había alquilado ese departamento con un contrato de comodato a la propietaria Graciela Obelard, a quien le dijo que su nombre era Juan Carlos Macías Medrano y que era abogado de Air France y piloto de prueba de la empresa por lo que le dejó "su dirección en París". Compró las dos damajuanas de ácido sulfúrico en la firma Porretti Hermanos y eliminó los rótulos que identificaban al comercio y la sustancia. Se hizo recetar ansiolíticos en cantidad con su médico y amigo Rodolfo Ruggieri a quien le dijo que tenía problemas para dormir.
Captar el punto débil
En una agenda de Masciaro se encontró un listado de nombres de personas de elevada posición económica con los que no tenía trato previo y entre los que estaba Jorge Salomón Sauan. Ambos se conocieron a menos de un mes de que el empresario fuera visto por última vez. El 2 de diciembre de 1980 Sauan le contó a un primo que había cenado con Masciaro. En el lapso de diez días ambos cenaron cuatro veces en el club Sirio de Italia al 900. Masciaro consiguió hacer rápida confianza entrando por un flanco que tenía a Sauan devastado emocionalmente: la ruptura de su noviazgo con Liliana Atienza. A tal punto lo acompañaba Masciaro a Sauan por este pesar que Elías Sauan, hermano de la víctima, pensó que el finalmente acusado era un psicólogo.
Una febril tendencia a la fábula cimentaba la idea en Masciaro de una personalidad doble: le había dicho a Patricia Romero, una amiga a la que le propuso instalar en sociedad un negocio, que próximamente viajaría a Venezuela, que tenía cinco títulos en el exterior y que su mujer e hija habían muerto en un accidente. A otra mujer que conoció, Patricia Crespín, la asistía de sus problemas psíquicos como parapsicólogo que se desempeñaba en México.
A su amigo el médico Rodolfo Ruggieri le reveló el deseo de rehacer su vida al recuperar su libertad tras la condena por estafa, le dijo que tenía dinero ahorrado de la fábrica de pelotas en el presidio y que necesitaba comprar un balancín para seguir en el mismo rubro y un tanque para tratar los cueros. También le comentó que proyectaba abastecer de carnes a los buques mercantes para lo cual lo instó a sacar un crédito de cinco millones de pesos en el banco Bamecoop. El propio Jorge Sauan le comentó a su familia que su flamante amigo, a quien llamaba "el doctor", le contó haber sido abogado de David Graiver, el empresario y banquero argentino que formó un poderoso grupo empresario en la década de 1970, cercano a la agrupación Montoneros.
Para la fiscal Ramón desde antes de salir de la cárcel Masciaro venía craneando algo relativo a disolver un cuerpo en ácido y por otra parte trataba de aparentar posición social e influencia de modo de conectarse con gente de ese estrato. Y ya tenía para entonces una condena por estafa, lo que apoderarse de dinero o bienes en base a engaño.
En el departamento
Sauan fue visto por última vez cenando con Masciaro el lunes 15 de diciembre de 1980. Al día siguiente, el martes 16 a las 7.45 de la mañana, la empleada de limpieza lo llamó por teléfono pero este le dijo que fuera a la casa el jueves porque desde la noche del lunes se encontraba con gente en el departamento. Ese día lo encontró pero Masciaro, nervioso, le dijo que volviera la semana próxima. Cuando lo hizo el martes 23 encontró una mancha pegajosa al lado del sillón. Notó que el tanque estaba lleno porque no pudo moverlo. Y vio en el lavadero diez o quince bolsas de tierra.
La noche del 16 la dueña del departamento, Graciela Obelard, fue a ver a Masciaro. Intentó entrar con un juego de llaves propio porque nadie respondía. Abrió entonces su inquilino pero no le permitió entrar. Lo notó sorprendido y nervioso. Le dijo que estaba con visitas al tiempo que interponía su cuerpo para impedir que pase. Ella igualmente forcejeó y logró hacerlo. Solo estaba prendida la luz de la cocina. En penumbras advirtió dos piernas inmóviles, pegadas y desnudas en el sofá. Masciaro, con firmeza, trataba de llevarla a la cocina. Finalmente la convenció de que se fuera. A Manuel Alvarez, que cumplía tareas de custodio en el edificio, le llamó la atención en los últimos días de diciembre el olor nauseabundo que provenía de un tanque del departamento.
Para fines de diciembre Masciaro estaba detenido como sospechoso de la desaparición de Sauan. Había admitido solo haber tramado un autosecuestro con el empresario para sacarle dinero a la familia de éste. Una hipótesis que para la fiscal era impensable: Jorge Sauan era muy apegado a su familia, en especial a su madre, que en esos momentos se encontraba internada en un sanatorio. Masciaro le decía a los investigadores que Sauan lo llamaba a su casa para darle cuenta de la tramitación del rescate. Que lo hizo tres veces. Ofreció al ser detenido trasladarse a su casa de modo que verificaran si Sauan lo llamaba. Acudieron allí empleados del juzgado y policías que mantuvieron bajo custodia al imputado durante varios días. No hubo llamados.
La investigación determina dos llamadas a la familia Sauan para pedir rescate. Uno la noche del 18 de diciembre y otro a las 0.40 del día siguiente. Ambos llamados fueron grabados en la sede local de la ex Side en Italia al 1000. Mediante el método de "análisis subjetivo auditivo", sostuvo la fiscal Ramón, se estableció "identificación positiva" hacia Masciaro como autor. Este lo negó rotundamente al aceptar declarar: adujo que el 18 lo llamó Sauan y le dijo que debía buscar el dinero en una plaza de Fisherton. Afirmó que estuvo allí entre las 0 y las 2.30 de la mañana pero que no halló el dinero del rescate.
Billetes, billetes
¿Había en Masciaro necesidad de dinero? Según toda la línea acusatoria el abogado detenido lo demuestra con la coherencia de sus actos. Acababa de salir de la cárcel, había recurrido a actitudes defraudatorias tras presentarse como gestor de un crédito a un hombre de apellido Castañierira, había usado una identidad falsa para alquilar un departamento por solo dos meses, había seducido a su dueña para consolidar el engaño, había logrado que su amigo el médico Ruggieri le diera dinero de un préstamo. Para afrontar lo que debía, señalaron los jueces de distintas jerarquías, planeó un secuestro que le reportara dinero. Debió matar al cautivo porque éste lo conocía y luego hacerlo desaparecer. Esa que es la primera conclusión de Jorge Eldo Juárez, juez de la instrucción, fue convalidada hasta la Corte Suprema de la provincia.
La trama judicial del caso, los relatos periodísticos, la película filmada en Rosario que este jueves se estrenó basada en su historia están atravesados por la controversia no solamente de los hechos, dado que la defensa se plantó en un combate encarnizado que duró cinco años hasta que finalmente hubo sentencia. Recóndito, indiscernible, oscuro, un misterio no menor al de los ocurrido es el de la personalidad de Masciaro. Un hombre descripto en el expediente como joven, graduado con buenas notas en la Facultad Católica, perteneciente a una familia conocida, con título de abogado, poseedor de una inteligencia superior a la media. Un hombre que siguió delinquiendo cuando terminó de ejecutarse la condena por la desaparición y la muerte de Sauan, delito que siempre negó. "Soy un estafador pero no un asesino", le repetía a algunos próximos.
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Masciaro (primero desde la izquierda) con compañeros de la carrera de Derecho de la Universidad Católica de Rosario
ARCHIVO LA CAPITAL
Juan Bautista Fossa, abogado que le dio trabajo en Coronda cuando Masciaro salió de la cárcel, se dijo arrepentido en junio pasado en una entrevista con La Capital de haberle ofrecido un lugar en su estudio. "Lo habré conocido en el año 91 o 92. Se decía que con su personalidad y carisma manejaba los talleres y toda la cárcel de Coronda. Tenía una sutil capacidad para conectar con las personas y una gran destreza intelectual, en el mismo escrito citaba con precisión a Kelsen y a Pitágoras. Pero nunca dejó de estafar. Falsificaba sellados, poderes y dejaba a gente en la lona. De hecho después de tantas caídas ya lo admitía", dijo el abogado. "No supe tomar la precaución debida y con nuestra anuencia hizo desastres. Era un vende humo. Tenía todos los rasgos de un psicópata: tremenda memoria, profundamente narcisista, muy manipulador y fundamentalmente un ser sin remordimiento".
La dualidad filosa de un hombre de acceso difícil no languidece a cuatro años de su muerte. Masciaro suscita una distancia desconfiada en la que predomina el desprecio. Pero la ambigüedad sobre su condición subjetiva está plantada en los indicios que lo condenaron, en su forma de defenderse, en los peritos que lo trataron, en su capacidad de a la vez espantar y encantar. El primer psicólogo que lo entrevistó, el psiquiatra forense Carlos Lambruschini, encontró a un hombre inteligente, preciso y sereno. Habló de un paciente en su aspecto exterior bien cuidado, afeitado, limpio, ordenado en su conducta y vestimenta, coherente y con la estructura del pensar racional. Su conclusión medicolegal está en el tercer cuerpo del expediente. "El señor Juan Carlos Masciaro no presenta en el momento actual alteraciones cualitativas o cuantitativas de sus funciones mentales". Un ser normal.