Era un suceso formidable de 1933 protagonizado por Georges-Alexander Barrejani. Este hombre nacido en Italia, a quien llamaban Sarret, fue guillotinado en abril de 1934 en Aix-en-Provence. Había estudiado Medicina, Química y Derecho en la Universidad de Marsella. Se convirtió en abogado y después en estafador. En base a una gran capacidad seductora logró que dos de sus amantes, ambas hermanas, se casaran con hombres enfermizos para cobrar los seguros de vida. En ese plan Sarret cometió dos asesinatos por envenenamiento. Luego, para deshacerse de los cuerpos, los disolvió en ácido sulfúrico.
El caso de la misteriosa desaparición en Rosario del empresario textil Sauan llevó inmediatamente la historia de Sarret a la mente del comisario Santia. Masciaro había sido detectado como el hombre que se había acercado al empresario un mes antes de su desaparición. Acababa de salir de prisión tras una condena a cinco años por estafa con unos campos en Pergamino. Se había graduado en Derecho en la UCA de Rosario. Le reconocían una personalidad encantadora y una sagaz destreza de lograr conexiones profundas con sus interlocutores. Ahora creían que había matado a Sauan para pedirle un rescate a su familia que nunca se pagó. Lo había llevado a su casa, le sirvió un whisky con sedantes para dormirlo, lo había eliminado. Y se había desembarazado del cadáver colocándolo en un macetero en el que volcó más de 15 litros de ácido sulfúrico.
A partir de febrero de 1981, el hallazgo de dos botellones de ácido sulfúrico en la casa de Masciaro condujo a remover el contenido barroso de ese tanque de fibrocemento que estaba en el living de su departamento. Al examinarlo con atención aparecieron siete ampollas de Rohypnol, un trozo de zapato, un juego de cinco llaves, una cadena de oro con una cruz reconocidos como de Sauan, un antepié derecho con dedo grueso segundo y tercero, dos porciones de tejido dérmico, restos de aparente naturaleza ósea, una prótesis dental fija y dos coronas dentarias de molares.
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El living del departamento que alquilaba Masciaro. Detrás, el tanque de fibrocemento donde aparecieron los restos de Jorge Salomón Sauan.
archivo La Capital
El examen forense determinaron que esos restos eran de Sauan. Se construyó una hipótesis acusatoria basada en indicios coherentes, racionales y concordantes. Esto terminó en la condena de Masciaro por privación ilegítima de la libertad y homicidio en 1985, casi cinco años después de acusado, un tiempo tan largo en prisión preventiva que le permitió pese al dictado de perpetua salir de Coronda diez años después, merced a la vigente ley del 2 por 1, que computaba dos días de cárcel efectiva por cada día pasado en pena preliminar.
La batalla entre acusación y defensa fue sin tregua. Masciaro, que hasta el último día de su vida en 2018 se proclamó inocente, empezó por defenderse a sí mismo. Terminaron haciéndolo hasta la Corte Suprema distintos abogados. Primero el defensor oficial Ricardo Netri. Ante el máximo tribunal lo defendió Héctor Superti, quien cuatro décadas después fue ministro de Justicia. Para las defensas a Masciaro lo condenaron con afirmaciones dogmáticas, sin una sola prueba de cargo inapelable, con una sentencia fundamentada no en evidencia directa sino en indicios de un hecho incierto. Sin establecer el modo en que Sauan murió por lo que, afirmaban los defensores, sin demostrar qué le hizo Masciaro y de qué manera.
Los elementos contra Masciaro se desplegaron en abundancia. Sus acusadores dijeron primero que su plan criminal había sido anotado por el mismo. Primero al apuntar en una libreta un listado de personas de elevada posición económica, a las que no conocía y entre las que estaba Sauan, a quien conoció en noviembre de 1980, vale decir un mes antes de su muerte. Sus compañeros de la cárcel habían dicho que tenía "una idea fija" con disolver un cuerpo en ácido.
Masciaro alquiló un departamento con una identidad falsa: dijo llamarse Juan Carlos Mascías Medrano. Lo hizo además por un lapso corto y de modo temporario. Le encontraron en la casa del padre objetos que eran de la víctima, como un encendedor Dupont y un reloj Rolex. Se hallaron en el lavadero dos damajuanas de vidrio cuyo contenido peritado dio ácido sulfúrico, una llena, la otra vacía. El piloto que él usaba tenía salpicaduras de ese ácido. Cuando se le preguntó qué hacían esos elementos en su domicilio Masciaro, súbitamente, pidió dejar de declarar.
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Los bidones de vidrio que contenían el ácido sulfúrico, secuestrados del departamento que ocupaba Masciaro, condenado por matar y diluir en esa sustancia al empresario
ARCHIVO LA CAPITAL
Masciaro y Sauan fueron vistos cenando en el club Argentino Sirio el 15 de diciembre de 1980. La mujer que le alquiló el departamento a Masciaro, Graciela Obelard, dijo que la noche del día siguiente fue a la casa de su inquilino, con quien tenían un vínculo más personal. No pudo entrar al departamento porque las llaves estaban puestas. Masciaro le abrió la puerta pero no quería que pasara: lo notó sorprendido y nervioso. Ella ingresó de todos modos y pudo observar en el living en penumbras las piernas desnudas de un hombre sentado. Al día siguiente tomó un café con Masciaro que le dijo que ese hombre era un cliente que se había puesto cómodo.
Se halló el Ford Taunus de Sauan intacto y estacionado a la vuelta de la casa de Masciaro lo que obedece, para los jueces, a que el empresario fue al piso donde fuera ultimado. De hecho las llaves del vehículo aparecieron en el interior del tanque donde se hallaron fragmentos de su cuerpo. Las ampollas de Rohypol que su amigo el médico Rodolfo Ruggieri le había recetado al dueño de casa para dormir también se hallaron en el macetero.
El juez Jorge Júarez dio por acreditado que Masciaro fue con Sauan a su departamento, que lo privó de la libertad mediante la utilización de hipnóticos, que lo mató y disolvió su cuerpo en ácido sulfúrico. Que posteriormente solicitó un millón de dólares y 10 mil millones de pesos en billetes chicos como rescate a la familia de la víctima que se debían llevar al Laurak Bar de Entre Ríos y Santa Fe. Y que se identificó la voz del llamado, que fue grabado en el negocio de los Sauan en Italia 1028, como la del acusado.
Como indicios primarios valoró el tanque de fibrocemento en el departamento, las prendas de la víctima en ese recipiente, los restos de zapato que tenían un desgaste en el taco igual que otro hallado en casa de Sauan en Presidente Roca 790. El hecho de que sobre la tierra hubiera, solo para disimular, una planta mustia que no ofrecía posibilidad de sobrevivencia.
Los jueces remarcaron las tendencias fabuladoras de Masciaro, la atribución de una doble personalidad, la tenencia de objetos de la víctima sin motivo como el encendedor y el reloj de alto valor. El hecho de que hubieran cesado las llamadas telefónicas pidiendo rescate una vez que Masciaro fuera detenido el 23 de diciembre de 1980. También su voluntad de no permitir que Graciela Obelard entrara a su casa el día determinado como jornada fecha del crimen.
También pesó en la condena que se probó que Masciaro estudió los efectos del ácido sulfúrico, lo que implica que puso en práctica una idea exteriorizada ante otros presos cuando cumplía condena por estafa.
Los restos de naturaleza humana fueron disímiles para los peritos. Uno de ellos, el médico de la UR II Carlos García, concluyó que no había proteínas humanas en el contenido del tanque por lo que directamente no hubo a su criterio cuerpo disuelto en el tanque. Pero otros como los del laboratorio de la Policía Federal en Buenos Aires y el de la Policía de Córdoba sí encontraron. El médico Eduardo Gobbi subrayó que si se disuelve un cuerpo en ácido y se agrega tierra el tejido óseo desaparece. Dos peritos forenses Juan García Fernández y Hugo Guatelli, informaron que el ácido al actuar desnaturaliza las proteínas, por lo que ese puede ser el motivo por el cual no se hallaron en el material examinado.
También tomaron como indicio contra Masciaro que él pese a haber denunciado que le arrancaron la primera confesión con apremios ilegales se negara a ser examinado por un médico forense para corroborar esa posibilidad.
Masciaro dio distintas explicaciones del motivo por el cual compró un tanque de fibrocemento que puso en el living. A su médico le dijo que era para colocar cueros y ablandarlos con agua para fabricar pelotas. A la dueña de la casa que alquilaba, para llevarlo al campo. Al oficial de la policía Manuel Alvarez, para crear un ambiente con plantas tropicales.
Lo que no dicen quienes condenan es cómo murió Sauan lo que para ellos no varían el resultado acusatorio. Sí marcan que en el macetero se encontraron los anestésicos. "Pudo haberlo dormido y metido en el tanque", dice el juez Juárez al procesar. "Pudo haberlo dormido y ahorcado con el cable", añade en referencia a uno hallado también en el recipiente. Tanto el juez como la fiscal Elida Ramón recuerdan que al menos seis testigos vieron por última vez a Sauan cenando en compañía de Masciaro.
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El departamento de Montevideo 1651, donde vivía Masciaro y en el que encontraron el cuerpo del empresario desaparecido.
Al defenderse Masciaro siempre dijo lo mismo. Contó en detalle cómo vio a Sauan todos los días desde el 13 al 15 de diciembre. Ese día fue al negocio de Sauan que le comentó que iba a conseguir un crédito de 45 millones de pesos. A la noche fueron a comer al club Argentino Sirio donde conversaron de la ruptura del empresario con su novia lo que lo tenía agobiado emocionalmente. Dice Masciaro que en esa cena Sauan le propuso un autosecuestro para obtener dinero de su familia y que él aceptó ser su cómplice en eso. Luego admitió que fueron a su departamento. Y que volvió al día siguiente pero que se retiró de allí a las 5.30 del jueves 17 de diciembre. Quedaron en que le diría a él dónde retirar el rescate. Que lo llamó tres veces. La última comunicación sería el lunes pero por su detención no sabe si hubo llamado.
Sostuvo que no dio su nombre verdadero al alquilar porque acababa de salir de la cárcel y si lo admitía lo más probable es que no le hicieran el contrato. Y que rentó de modo temporario porque no tenía dinero suficiente. También dijo que el entonces sumariante, luego juez de instrucción, Carlos Triglia introdujo al mecanografiar su declaración "cosas que jamás dije". Y agregó: "En este acto quiero aclarar que el señor Salomón Jorge Sauan está más vivo que cualquiera de los aquí presentes y afirmo esto porque el 30 de diciembre de 1980 lo he visto en Jefatura de Policía de esta ciudad en la Alcaidía donde me encontraba detenido por una ventana que me permite visualizar lo que pasaba en una calle interior. Habrá estado una media hora conversando en las proximidades de su coche".
La defensa dice que no es que Masciaro se contradijo sobre los usos que iba a dar al tanque. Adujo que no tiene lógica que si el acusado se había asesorado sobre los efectos del ácido sulfúrico haya metido en el tanque elementos como llaves o cadenas que no son atacables por ese compuestos. Aduce que no está probado quién metió las ampollas en el tanque. Destaca que el jefe del Laboratorio Biológico de la UR II, Carlos García, no halló proteína humana en el macetero. Y que si había restos correspondientes a Sauan no se descubrieron hasta el 5 de marzo cuando Masciaro estaba detenido desde tres meses antes. Su conclusión: alguien pudo haberlos ingresado a su departamento en ese lapso para incriminarlo.
¿Y por qué hacer eso? Lo dijo siempre: el notable impacto del caso desató un cataclismo público en Rosario. Eso empujó una investigación atípica donde la meta era no desentrañar la verdad sino encontra un culpable. En plena dictadura militar, donde hubo una manipulación institucional en base a métodos de terror que incluyó a la Justicia.
Impugnó también el testimonio de Graciela Obelard. ¿Había visto esta mujer en la casa que le alquilaba a una persona con sus piernas desnudas y en posición anormal el día que desapareció Sauan? Un absurdo, planteó la defensa: si trataba de ocultar un cadáver, Masciaro directamente no le habría permitido entrar al lugar.
Masciaro había hecho preguntas a un técnico de Sulfacid sobre el efecto del ácido. Su único fin era porque quería dedicarse a fabricar pelotas de fútbol y esa sustancia era necesaria, dijo, para tratar el cuero. Los jueces dijeron que al consultar a técnicos de Sulfacid estos señalaron que el tipo de ácido hallado en su departamento no era idóneo para procesar balones de cuero.
El punto más atacado es la que da sustento a la pena de perpetua: la muerte de Sauan. Que jamás se esclarece, dice la defensa. Esta puede haberse producido por suicido, por paro cardíaco por ingesta de hipnóticos, hasta por el hecho de que el imputado haya querido dormirlo sin intención homicida y que la muerte haya sobrevenido por accidente. "No hay prueba alguna al respecto. No hay sentencia que haya determinado firmemente la muerte de Sauan y menos aún que esta haya sido «violenta», como lo expresa el certificado de defunción", remarcaron desde el lado del acusado.
Masciaro niega haber hechos las llamadas para cobrar rescate y al reconocimiento de su voz su defensa lo considera inválido porque no está basado en ninguna pericia técnica. "Es tonto pedir rescate y no dejar instrucciones claras", dice su defensor. Que declara que la más sincera prueba de inocencia está en su vocación de no ocultar. En haber siempre aceptado declarar, respondido preguntas y sostenido ser ajeno al crimen sin nunca contradecirse. Fue preso el 23 de diciembre de 1980 y la Cámara Penal ratificó la sentencia en su contra el 27 de diciembre de 1985. Siempre relató la misma historia. Una historia, la de su versión, que sostuvo de inicio a fin del trámite. Que le contó a su única hija tras 38 años sin verla del mismo modo que a su defensor, a los policías y a los jueces que le dieron reclusión perpetua.