La poesía tenía que ser una manera de vivir. El poeta debía llevar el poema en
su persona. Estas ideas que Orlando Calgaro planteó al hablar de dos escritores a los que
consideraba centrales —Juan L. Ortiz y Raúl Gustavo Aguirre— bien pueden extenderse a
su propia práctica. Una experiencia de poeta y editor, de promotor cultural y de militancia
política que transcurrió entre los años 60 y 80 y que debe ser recuperada entre los mejores
momentos de la cultura de Rosario.
Nació en La Paz, Entre Ríos, el 25 de agosto de 1937 y se recibió de abogado en
la entonces Universidad Nacional del Litoral. Como letrado, representó al Sindicato del Seguro y a
la CGT, y también fue docente en la Facultad de Derecho y en el Instituto Superior de Educación
Técnica Nº 18. La poesía y la política encontraron su primer cauce en La Ventana, revista que
Calgaro editó junto con Raúl García Brarda, Luis Pesenti, Juan S. Pegoraro y el grabador Omar
Gavagnin.
La Ventana apareció entre 1962 y 1968 y se prolongó en una editorial. Con ese
sello, precisamente, y también en 1968, Calgaro publicó su primer libro de poemas, Punto de
partida.Raúl Gustavo Aguirre, con un prólogo escrito en forma de aforismos, y Leonidas Lamborghini,
con el texto de la contratapa, lo apadrinaron.
Las referencias de Calgaro se completaban con Juan L. Ortiz, que lo remitía al
"país de los arroyos", su provincia natal. "Escrito en Entre Ríos", fechado dos años antes de la
publicación en La Paz, recuerda "las tardes/ de este pueblo/ en que la vida se alcanza/ o se
pierde/ sin golpes evidentes". Ese texto inicia una línea constante en la obra, quizá la que deparó
sus mejores poemas: la asunción del paisaje.
En "Poesía", el texto inaugural del libro, escribió: "Se trata del asentimiento/
de la tentativa desesperada/ lúcida/ por comprometerse/ a favor de la más grande presencia/ en la
tierra:/ la del hombre frente a su verdad". Lamborghini destacó esa perspectiva al señalar que "el
autor trabaja sobre la materia poética intentando en cada una de sus composiciones una síntesis
lírica que revela —desde su nivel de contemporáneo comprometido con el destino del mundo y el
hombre de nuestros días— un sentido, una trascendencia en la que esa revelación buscada tome
una mayor fuerza".
Sin embargo, los mejores poemas parecen aquellos donde Calgaro expone pequeños
sucesos o reflexiona sobre su cotidianeidad: "un espacio pequeño/ un despertador a las seis de la
mañana/ un jefe que siempre llega a horario/ unos profesores del siglo pasado", enumera en "Mi
lugar". Y en "Texto del sábado" apuntó: "Aquí/ entre estos papeles/ y las calles de todas las
mañanas/ libro batallas cruentas con los días/ —a veces hasta por los cigarrillos—/
duras derrotas o considerables alegrías".
En su segundo libro, Los métodos (1970) presentó diez poemas que pueden ser
leídos en forma individual y en conjunto, como una especie de reflexión política e histórica que se
proyecta sobre los hechos de su tiempo. Uno de los poemas toma como personaje a "San Francisco
Ramírez", el caudillo entrerriano, figura que retoma en libros posteriores, y otro al Che Guevara,
a partir de una frase de sus diarios en Bolivia ("Los argentinos no han dado señales de vida"). El
poema glosa e interroga esa declaración, que revierte de modo crítico sobre la actitud desligada de
la militancia ("cómo pudo esperarnos/ cuando tenemos nuestro cubil/ para seguir hablando
proponiendo/ fumando/ así de interesante"). El libro está dedicado "a casi todos mis amigos" e
incluye una lista que permite tener además una pista de sus lecturas, de Vicente López y Planes a
Jorge Luis Borges y de Miguel de Cervantes a Cesare Pavese. Fue un título que, según Jorge Isaías,
"allá por los años 70 produjo entre nosotros un admirado estupor".
Esos fueron los años en que tomó impulso Ediciones La Ventana. Resulta
sorprendente que aun no exista un estudio sobre aquella empresa de Calgaro. En su editorial reunió,
entre otros, títulos como Los poetas de nuestro tiempo, ensayo de Raúl Gustavo Aguirre (1975),
Puertas apagadas, de Alejandro Nicotra (1976), Manual de utilidades, de Hugo Diz (1976), Poemas, de
Juan Manuel Inchauspe y Nuevos poemas, de Edgar Bayley (1981), además de traducciones de Murilo
Mendes, Salvatore Quasimodo y Eugenio Montale. El taller gráfico Lavandaio, de Marcos Paz 3334, fue
la fragua de donde salieron aquellos libros.
Y al mismo tiempo siguió publicando su poesía. En 1972 apareció Además el río y
en 1974 La vida en general. La memoria de la infancia y el paisaje entrerriano y la preocupación
política se mantuvieron como factores de escritura. "Ya nunca estaremos a salvo —dice, en
«Escrito 1»—/ exentos de sobresaltos/ recibamos, entonces, prolonguemos/ formas sensibles y
sencillas/ hasta el límite extremo". En "25-8-73" formula un programa: "Ahora queremos/ cambiar la
vida/ porque la amamos demasiado/ (...) Pero no, ya no/ nadie nos proponga/ falsas alternativas/ ni
juegos subterráneos/ no la vanidad individual/ no el discurso ni la simulación/ no otro mundo de
mentiras/ quizás la coherencia/ sí la lucha/ sí la revolución// sí// sí la verdad/ partida como un
pan/ para todos".
Por aquellos años fue asesor legal en la intendencia de Rodolfo Ruggeri.
Concibió entonces la idea de publicar un libro que reuniera a poetas de Rosario, con el apoyo del
municipio. Fue el germen de Poesía viva de Rosario. En una carta dirigida a Francisco Gandolfo el
10 de febrero de 1976, Calgaro expuso así el proyecto: "(Ediciones La Ventana) solicitó el apoyo
económico de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Rosario que extraoficialmente lo
prometió (...) Tentativamente se le destaca lo siguiente: a) Esta propuesta no consiste en un
concurso ni se persigue confeccionar una antología; b) La elección de los poemas, alrededor de 4 o
5 páginas, y la redacción de breves datos biográficos corre por cuenta de los autores; c) En ningún
caso se analizará el contenido ideológico ni estético de los trabajos puesto que se trata de
nuclear los mejores nombres capaces de sugerir un panorama de nuestra poesía".
El golpe militar de marzo de 1976 impuso una reformulación del plan. Poesía viva
de Rosario apareció ese año, pero con el sello del Instituto de Estudios Nacionales.
En la dictadura, Calgaro continuó en acción En 1979 publicó su quinto volumen de
poemas, El país de los arroyos. En este libro, entre los mejores que se hayan escrito en Rosario,
resolvió la vieja tensión entre sus intereses poéticos con la profundización del trabajo sobre el
espacio natal. En un ensayo posterior, al analizar el valor del paisaje en la poesía de Juan L.
Ortiz, lo definió como "un paisaje para ser vivido". Es muy probable que esa fuera la idea con la
que escribió aquellos poemas, que conservan alusiones a la historia provincial y al caudillo
Ramírez. En la figura de Ortiz, por otra parte, Calgaro encontraba el lugar de la poesía, "fuera de
los escenarios, fuera de los suplementos, fuera de los premios, fuera de todo aquello que no sea el
sincero deseo de encontrar un destello de comunión con el prójimo".
La militancia política se proyectó esos años en la publicación de La
constitución nacional de 1949 (1975) y F. O. R. J. A.: cuarenta años después (1976) y más tarde en
la creación del Ateneo Arturo Jauretche. "Forja expresó y expresa la posición nacional y nos sigue
proponiendo en perspectiva histórica un modo nacional y revolucionario de ver las cosas",
decía.
A mediados de 1985, enfermo de cáncer, asumió como Director de Cultura de la
provincia. Falleció el 17 de diciembre de ese año. En un artículo sobre su editorial había anotado:
"Después de todo, después de haber publicado algunos pocos libros de poemas a lo largo de quince
años, La Ventana no significa otra cosa que un obstinado intento amistoso y fraterno". Páginas de
literatura e historias de amistad para releer en voz alta.