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Exploraciones por el mundo astral

Una visita al oráculo. Algunos recurren al tarot, otros a la tradicional carta natal o a presuntos saberes. Lo cierto es que como antaño siempre es tentador anticiparse a lo que vendrá.

Domingo 21 de Septiembre de 2008

Las casualidades no existen. Al menos eso creía el psicólogo suizo Carl Jung, que una tarde escuchó un golpe en el vidrio mientras un paciente le describía un sueño con un escarabajo de oro, y cuando abrió la ventana entró volando uno, un sacarabeide cetonia aurata, dice la leyenda, lo más parecido al escarabajo de oro que puede hallarse en el reino animal.

Jung bautizó estos pequeños acontecimientos como "sincronicidades": silbar el tono de una canción desconocida y escucharla en la radio media hora después, adentro de un taxi que se detuvo en la esquina. Hechos aparentemente inconexos, que no están asociados de forma causal o mecánica, pero a los que se puede atribuir una relación significativa, aunque desde una lógica reñida con las ciencias ortodoxas. Una lógica más ligada a los sueños y a los mitos, a las premoniciones, a las percepciones de un todo. Al inconsciente colectivo, decía Jung, un vínculo ancestral con la especie.

Es un punto de partida poderoso para salir a buscar médiums: no hay casi nadie que no haya vivido algún hecho más o menos fantástico de los que se inscriben en la opción "creer o reventar", fórmula criolla para las tesis de la parapsicología.

Cuenta Abelardo Castillo que la primera vez que Julio Cortázar fue a visitarlo a su casa estaba la radio encendida. Apenas habían comenzado a pasar temas de Charlie Parker cuando Cortázar golpeó la puerta. "Gracias, qué linda música", dijo el escritor al entrar, porque se sabía que él amaba al jazz y más aún a Charlie Parker, que había inspirado su cuento "El perseguidor".

Todo fue "pura casualidad", recuerda Castillo, que entonces dirigía la revista El Escarabajo de Oro, pero a Cortázar "le pareció lo más natural. En su literatura se notaba que esos pequeños milagros le parecían naturales".

"En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones —escribió Cortázar en Un tal Lucas—. Sólo una cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural".

Entre el hacer y el decir

En el living de ese departamento, sobre Cochabamba, se escuchan todo el tiempo campanillas: un colgante con pequeños tubos metálicos, muy livianos, que chocan al menor movimiento. Es más probable que estén allí por indicación de alguna disciplina como el Feng Shui, que aconseja colgar móviles para concentrar energías, aunque el tintineo de campañillas haya sido una de las señales que usaban las pitonisas para interpretar los mensajes de los dioses. De cualquier modo el sonido es plácido, y no parece que a su dueño le preocupe la procedencia.

"Yo digo que hago reiki con la cinta métrica para curar el empacho. Es lo mismo, nada más que suena mejor porque viene de Japón, ¿ah?". Roberto Traine se ríe para adentro, se rasca la barba, y enciende el segundo cigarrillo de la tarde. En un rincón de la mesa se acumulan unos volantes, que suele repartir entre sus clientes, en los que ofrece "Psicología transpersonal, tarot, armonizaciones y ayudas".

Roberto Javier Traine Montes de Oca tiene 62 años y atiende en Rosario desde hace décadas, pero nació en Santiago del Estero. Su padre era "yuyero, curandero, y rabdomante", cuenta, de esos que buscaban agua en el norte argentino siguiendo las oscilaciones de un péndulo y una vara de madera.

"Ahora nos gustan más las cosas importadas. No entendemos nada de la cultura oriental pero hacemos reiki, ¿viste? Hacemos el Ohoponopono, que es del Pacífico; hacemos zen. Tendríamos que vivir tres vidas para entender la filosofía de esa gente", dice, en defensa de unas tradiciones esotéricas más autóctonas, que tampoco son tan autóctonas. Después, con espíritu gremial, se reconcilia con todo: "Bueno, cualquier religión, cualquier disciplina que le haga bien a un ser humano, ya está justificada para existir, ¿ah?".

El hace psicología transpersonal, explica, que "es una disciplina que toma al ser en forma integral y parte de la filosofía de un heredero de Freud, Carl Jung. La mayoría maneja como herramienta el tarot, porque representa los arquetipos de las personas. Es un juego de ida y vuelta entre tu inconsciente y el mío. Eso es lo que manejan las cartas".

Sus habilidades en la profesión, de todos modos, provienen de una especie de sincretismo personal, dirá durante la entrevista: saberes que incorporó en la infancia, seis años en un seminario salesiano, un ataque de "misticismo" cuando enviudó de su primera esposa, años en la carrera de psicología, cursos de disciplinas alternativas, autoayuda, la vida vivida.

Hijo de un rabdomante, hermano de una monja, padre de una tarotista, Traine vive hoy de su trabajo como brujo —"brujito", le ponen algunas amigas y clientas en los mensajes de texto—, pero durante años compartió su veta esotérica con la militancia en el peronismo.

"Estuve preso dos veces, Menem me pagó, y fui funcionario hasta que renuncié. En el 73 estaba en el Congreso de la Nación. En los 80 anduve por una Cámara legislativa de acá. Me apasiona, pero ya no se puede hacer política, ¿ah? Me retiré hace 15 años, no tenía más estómago. Yo sigo en mi militancia espiritual, ¿ah?". De la otra militancia heredó la costumbre de leer las entrelíneas de los diarios y también clientes del "ambiente político".

Tal vez por eso, el "plomero que tira las cartas", como lo conocen algunas viejas vecinas de Maipú y Pellegrini —cerca de esa esquina tuvo un negocio multiservicios—, no figura entre los clasificados ("publicar es un quemo", sentencia).

Para dar con él las opciones son el boca en boca o internet, donde aparece la página web del Centro Holístico Rosario, una especie de institución unipersonal a través de la cual Traine enseña y ofrece cursos. Es un rasgo común del marketing del rubro, en el que se apela a los títulos y a las superestructuras como para resistir prejuicios, para evitar al factor comparación, para mostrar más solemnidad que otros, aunque la seriedad de lo que hagan —ellos lo saben— dependa mucho menos de un certificado que de otras cosas.

"Acá no hay iluminados", dice Traine. "Nosotros ejercitamos técnicas, no somos personas especiales. Cualquiera puede tener una videncia, una premonición. Pero manejar el tiempo y el espacio porque vos venís, me pagás 20 pesos y yo voy a tener una videncia sobre vos, es una aberración. Bien hecho, esto, es algo espiritual", asegura.

Signos

Podría ser un buen consejo periodístico, pero Amalia está hablando de las personas del mismo signo: "Hay que aprender a no generalizar", dice, por más que existan rasgos comunes. Ella misma, según explica, no responde a los parámetros de la "típica virginiana", aunque bien puede que se deba a su ascendente en Acuario, explicará después.

"Recién ahora estoy dedicándome más a esto, pero no me pude volcar de lleno todavía por otras circunstancias", aclara. Ella es "astróloga profesional", como anuncia en un modesto aviso virtual, y proviene de las filas de los descreídos: "Era completamente escéptica. Soy de un signo de tierra; y los signos de tierra, si no vemos, no creemos. Pero me fueron sucediendo cosas, empecé a leer, busqué interiorizarme. Intenté seguir medicina, pero me quedé sola con tres chicos y fue imposible seguir estudiando esa carrera. Y más allá de la medicina, me interesaba mucho la psicología. O sea: me gusta observar y estudiar a la gente".

El mundo de la astrología, aunque superficialmente, hace tiempo está legitimado socialmente.

Ha dado lugar a columnas fijas muy leídas en los medios masivos y a argumentos poéticos que encajarían bien en un guión de Eliseo Subiela, elegantes para cualquier defensa de la disciplina: si el magnetismo de la luna rige el comportamiento de los mares, dice uno, el 80 por ciento de líquido del que se componen todas las personas no puede ser indiferente a la influencia de los planetas. La gente, de cualquier modo, le suele atribuir al zodíaco más poder o menos trascendencia de la que puede ostentar.

"Yo te hago una carta natal como una guía y un conocimiento hacia tu persona. Me vuelco más a que la gente se conozca a sí misma. Pero por ahí te encontrás con gente a la que tenés que explicarle que no sos un mago", señala.

En algunas oportunidades, dice, los clientes piden un consejo directo, el rumbo que deben tomar con una decisión. "Yo a veces digo: «no te puedo responder eso». Entonces te preguntan: «¿Y vos qué harías?». Tampoco puedo responder qué haría. Hay que estar en la situación".

Amalia cuenta que estudió primero en Rosario, y después en Buenos Aires, con un profesor que les aconsejaba a sus futuros colegas no hacer astrología predictiva. "No te puedo predecir la vida, eso es lo que la gente tampoco entiende. Yo no te voy a cambiar la vida, ni te voy a solucionar los problemas, porque es mentira".

Aprendió la lección en carne propia, cuenta, amargamente, con la pérdida de un hijo, tres años atrás, cuando estaba terminando sus estudios. "Fui muy enojada a reclamarle a mi profesor que cómo, en la carta natal, yo no veía la muerte de mi hijo. «No», me dijo, «y así lo hubieses visto, vos no lo ibas a ver. Y por más que lo veas, nunca se lo digas a nadie, porque vos no tenés la solución en las manos, y no sabés como va a reaccionar el otro»".

Hace poco, un compañero de trabajo le dijo que estaba pasando por unos días terribles. "No me soporto a mí mismo", le confesó. Amalia repasó su carta natal, y sus revoluciones solares, y le mostró la influencia de Urano que lo anticipaba. "¿Y qué hago?", le preguntó su amigo. "No se puede hacer nada", explica Amalia, del otro lado de la mesa, "hay que reconocerse a uno mismo. Somos seres humanos, y no estamos iguales todos los días". Los planetas están ahí, "vos no los vas a correr, no los vas a sacar, no los vas a mover", dice. "Son cuestiones de energía. Cada planeta tiene su influencia, y esa energía nos afecta".

Arcanos

Algunas veces, cuenta Melisa, cuando ciertas experiencias la conmueven, su pensamiento se remonta a la antigua Grecia, a los primeros filósofos de Occidente. "Me lo imagino a Tales de Mileto caminando por los olivares y sintiendo toda la energía de las plantas, de la tierra, de las estrellas, del universo. Yo lo he llegado a sentir también. He tenido experiencias muy raras, pero quizá no sean tan raras", dice. Y no se trata de experiencias "extrasensoriales", señala después, porque tal cosa no existe: "Son percepciones sensoriales, son corporales".

Sobre la mesa del bar hay dos cafés, un grabador, un mazo gastado de tarot marsellés, y un libro grueso de Alejandro Jodorowsky, La vía del Tarot, que fue el primero que compró cuando retomó su interés por los arcanos y su simbolismo, hace unos seis años.

Melisa es docente en la Facultad de Humanidades y Artes, donde estudió filosofía, y su vínculo con el tarot empezó cuando era muy joven, antes de recibirse.

Alguna vez, recuerda, en viejas épocas de escasez de información, llegó a recortar las cartas de una revista para familiarizarse con los arcanos. Después pasaron años, maternidades, militancias, obligaciones, y en el medio estudió filosofía china e hindú, aprendió más sobre culturas aborígenes americanas, leyó el Tao Te King, indagó en el I-Ching. "Pero a mí siempre me conmovió la filosofía occidental", advierte.

Entre los más serios autores que han investigado el tarot existe un consenso: sus láminas, repletas de símbolos que se han incorporado en un recorrido irreproducible a través de diferentes culturas y tradiciones, contienen "una síntesis de todo el saber occidental".

Con certeza absoluta, "nadie sabe quién creó el tarot, ni dónde ni cómo. Nadie sabe lo que la palabra tarot significa ni a qué idioma pertenece", explica Jodorowsky, después de hacer un repaso erudito y casi obsesivo de las versiones más antiguas que se conocen.

El taco de tarot marsellés que espera en la mesa del bar, el más conocido y difundido de todos, es "una reconstrucción de tarots medievales", explica Melisa, y "lo más atrás que se ha podido fechar es aproximadamente el 1300, aunque algunos dicen que hay más antiguos aún". Ese mazo, aunque idéntico, no es el mismo que utiliza para sí misma, por la mañana, cuando el tiempo le permite dedicar diez minutos a tomar mate y a escrutar el mensaje de los arcanos, antes de salir al mundo. El tarot "tiene que servir como un instrumento, al modo foucaultiano, para el conocimiento de uno mismo", dice Melisa, siguiendo a Jodorowsky. "Las cartas, de todos modos, sugieren tendencias. Y yo me quedo muy asombrada porque salen cosas".

Desde hace algunos años, Melisa tira las cartas para amigos, familiares y conocidos con los que tiene algo de confianza, siempre de modo gratuito. La práctica le resulta tan placentera como agotadora, explica, por el grado de "concentración y responsabilidad" que exige, "porque a veces salen cosas que uno tiene que pensar cómo decirlas sin que sea chocante, estresante, agresivo, o doloroso".

Existen, claro, aproximaciones, hipótesis, intentos de definir qué es aquello que se pone en juego cuando un consultante y un lector de tarot inician el ritual para descubrir las señales de las cartas. El "inconsciente colectivo" de Jung, entre otros, "puede ser un nombre científico o disciplinar para esta especie de energía a la que los distintos pueblos y culturas le dan distintos nombres. Pero que hay algo, lo hay", dice Melisa. "Obviamente coincido en que actúan cosas del inconsciente. Ahora: de qué depende que vos preguntás algo y el tarot te lo responde, no lo sé. Yo no lo sé".

 

 

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