Hace más de cuarenta años que Jorge Isaías vive en Rosario, pero el tiempo no ha
hecho mella en su memoria y en sus afectos. Y sobre todo en el culto de sus orígenes, si se repara
en la presencia constante en sus libros y en su conversación de Los Quirquinchos, el pueblo donde
nació, en 1946, y cuya imagen ilustra la tapa de su último libro, Donde supura el aire, una
colección de poemas que acaba de ser publicada por el sello Nos y Otros Editores en España.
La portada de Donde supura el aire documenta un día
extraordinario: el día en que nevó en Los Quirquinchos. "Es un homenaje. No tiene nada que ver con
los poemas", aclara Isaías. El pueblo no sólo le provee la materia de muchos de sus textos, sino
que también remite a su iniciación como escritor. "En la parroquia había un cura que sacaba un
diario, Ecos de Los Quirquinchos. Publicaba los sonetos que yo escribía a los 15 años. Me acuerdo
que la primera vez yo tenía una emoción terrible cuando me lo dio en la iglesia, le había puesto un
copete que decía: «Parece que las musas se han aposentado en estos lares. Aquí tenemos los sonetos
de nuestro joven autor Jorge Isaías»".
A partir de La búsqueda incesante (1970), su primer libro,
Isaías inició una vasta obra poética y narrativa, algunos de cuyos hitos pueden encontrarse en la
fundación de la revista La Cachimba (1971) y en la publicación de Crónica gringa, libro que agotó
cinco ediciones a partir de 1976. Ahora advierte un retorno en su escritura a las formas breves de
sus comienzos. "Son poemas que escribí en los últimos cuatro años y donde creí encontrar un hilo
conductor que no es la amabilidad o la nostalgia que me caracteriza sino la bronca. Como me decía
un amigo de Buenos Aires, hincha fanático de lo que escribo: «Te pasaste de Pedroni a
Baudelaire»".
—¿Por qué se produjo ese cambio?
—Tengo varios libros en este estilo más breve y más
seco, sin ningún tipo de referencia. A lo mejor porque me estoy volviendo viejo y trato de buscar
la síntesis. Pero siempre la estuve buscando. Incluso mi primer libro es un libro de poemas muy
breves. Después agarré la línea narrativa, pavesiana, donde me fui extendiendo, pero ahora vuelvo a
la brevedad. Este último libro tiene que ver con el que saqué el año pasado y con dos inéditos que
tengo. Son los poemas más pesimistas, si se le pueden dar una calificación. Como un grito —o
un susurro— de rebeldía y de resignación. Y me gustó la foto de la tapa porque tiene que ver
mucho con mis orígenes.
—¿Mantenés el contacto con Los Quirquinchos?
—Sí. Viajo cada vez que hay un fin de semana largo, o
en las vacaciones de verano. Pero en realidad yo tengo más de rosarino. Cuando tenía 12 años me
vine con mis viejos a Rosario y estuvimos dos años. Y a los 17 me vine defintivamente.
—El gran éxito de tus libros sigue siendo Crónica
gringa.
—Sí, ahora tengo preparada la sexta edición,
corregida y aumentada. Incluse le agregué un poema largo de un proyecto que me quedó trunco en los
años 70, donde había inventado un personaje. Serán unos diez poemas divididos en tres partes, y
otros poemas que atribuí a ese personaje. La primera edición fue de 500 ejemplares, era un
cuadernito chiquito. Lo vendí rápido y enseguida salió otra edición. Ahí ya la modifiqué: saqué un
poema y agregué otros. De esa edición hicimos 750 ejemplares. Después, en 1983, saqué una de 2000
ejemplares porque me enteré por Silvina Ross que la provincia ponía al libro como literatura
regional en las escuelas. Parecía un delirio, pero se vendía mucho. En 1990 salió otra edición de
1000 ejemplares y en 2000 la Universidad Nacional del Litoral publicó otra edición de 500. Todas
tienen agregados y correcciones. Dice Borges que nunca hay un libro definitivo pero creo que con la
sexta edición lo termino.
—¿Qué te preocupa corregir?
—No soy de corregir mucho. Directamente, lo que no me
gusta, lo tiro. Lo que corregía en Crónica gringa eran poemas que tenían cierta similitud formal,
donde hacía alguna modificación para que no pareciera un solo poema. Escribo mucho, pero también
tiro mucho. Ya tengo más de treinta libros publicados, lo cual es un exceso. Me tendría que dejar
de jorobar (risas). Lo que pasa es que —esto sin jactancia— mis libros circulan. Los de
poemas menos, pero los otros libros se venden muy bien: las crónicas, las prosas que he escrito y
que no me atrevo a llamar cuentos, porque no sé escribir un cuento, esas cosas que circulan
alrededor de una anécdota y que le dan bastante primacía a lo poético, a la metáfora y que parten
de un recuerdo, de una conversación, de una idea o de frases que escuchaba de chico y no sé por qué
se me quedaron grabadas tan a fuego.
—¿Por qué te parece que Crónica gringa tuvo tanto
suceso?
—Me parece que es un libro emblemático, porque es un
poco la historia de todos los pueblos de la pampa. Inés Santa Cruz me decía que cualquier persona
que ha tenido la experiencia de haber vivido en un pueblo puede tener una identificación, si se
quiere extrapoética, con las historias del libro. Creo que ese es el valor que tiene. Yo no lo
pretendí hacer racionalmente. Como dice Helder, a mí me interesa más recuperar para lo propio que
para lo ajeno. Me parece que ese es el éxito que ha tenido, y que se ha dado en las escuelas. Las
docentes han colaborado mucho en la difusión. Ahora, el año que viene sale en la Universidad
Nacional del Litoral una recopilación de textos en prosa que se llama Almacén Las Colonias, que era
el negocio de ramos generales de mi abuelo, y donde reúno un montón de cosas que escribí en estos
últimos años.
—Con tantos libros publicados, ¿qué sentís cuando
aparece uno nuevo?
—La única vez que hablé con Raúl González Tuñón me
decía que cuando aparecía un libro nuevo él tenía la misma emoción que la que había tenido con el
primero. Pero para mí ahora la emoción no es la misma, ya es otra historia. Me acuerdo que
Francisco Gandolfo hizo la tapa de La búsqueda incesante, mi primer libro. "Diecinueve poemas, ¿por
qué tan poco?", me preguntó "Porque es lo único publicable que tengo", le dije (risas). La idea del
título era la de una búsqueda estética, una búsqueda de lenguaje. La poesía es eso, una búsqueda
incesante.