"Silvina Tabbush, con s de sopa y h de helado". Así se presenta la cantante y compositora que nació hace 53 años en el barrio Industrial de Rosario y vive desde hace 12 en Madrid junto a su pareja, el músico porteño Manuel Lavandera, un apellido de virtuosos con huellas en la percusión y en el piano.
Ambos, Silvina y Manuel, pareja de amor y artística, conforman el dúo "MadreTierra" y a tres días de declarado el confinamiento obligatorio enfrentaron los oscuros momentos de la pandemia agradeciendo a los trabajadores esenciales de España con lo mejor que saben hacer y más les gusta: música. La rosarina, con una vida por el mundo cantando, ofreció 42 mini recitales desde el balcón del tercer piso de su casa en el barrio madrileño de Chamberí.
"Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones", fue una de las tantas estrofas que susurró esta mezzosoprano que canta "solo en castellano", aclara con orgullo. También cantó "Todo cambia" y "Gracias a la vida", temas de su amplio repertorio de tangos bluseados, folclore y temas latinoamericanos, propios y ajenos.
Ahora lo hace acompañada por otra voz: la de la guitarra de su compañero. Los aplausos y regalos del público pandémico no se hicieron esperar. "Una mañana me dejaron un cartel que decía: 'A la cantante del tercer piso, muchas gracias por tus canciones. ¿Quién eres? Te esperamos nuevamente esta noche. Vecinos de la casa de enfrente´. Y así fue esa noche, y otra y otras tantas más".
Tabbush es apellido sefardí, de un abuelo paterno sirio, de Alepo. De allí descendió su padre, Claudio, un músico polifacético y un tío, Vivian Tabbush, arreglador de obras corales. Pero por parte de su madre, Julia "Kuki" Campbell, de orígenes catalanes y andaluces, también respiró expresiones artísticas como si fueran oxígeno: Silvina tuvo familiares que incursionaron en la escritura y en el teatro, un bisabuelo escultor y una abuela que cantaba en radio. Silvina no podía no cantar.
"Llevo a Rosario como lugar de origen. A mis 6 años, en 1973, nos fuimos con mis padres a vivir a Cipolletti y luego a Neuquén, pero si bien aún tengo amigos y familia, Rosario es mi infancia. Es la esquina de Junín e Iguazú, el lugar donde esperaba las vacaciones de invierno y verano para visitar a mis primos, tíos y abuelos en la calle Júpiter; es el río, el Jardín Conejitos, el Club La Carpita, la escuela Boneo, los fines de semana en el parque Independencia. Ahora no se puede viajar, pero sueño con que en la Semana Santa del año próximo la pandemia sea un recuerdo. Sueño estar en Rosario al menos cuarenta y ocho horas", confiesa Tabbush a La Capital.
Escala en México
Silvina vivió hasta los 27 años en Neuquén. Ya cantaba, pero en 1989 la invitaron a ser parte de Sanampay, un grupo que se había formado México en los años 70 con exiliados argentinos y algunos mexicanos y que dirigía Naldo Labrín.
"Cuando el director vuelve a la Argentina decide revivir Sanampay y salir de gira, pero ahora con argentinos. Buscaban una especie de voz femenina de América y como en el grupo estaba José Luis Bolea, del Promúsica de Rosario, quien cantaba la canción El oso y el osito que yo había escuchado toda mi infancia, fui emocionada. Nos fue muy bien, llegué a subirme al mismo escenario de Amparo Ochoa ante cinco mil personas. Por un año, del 89 al 90 viví una película, era el momento de la Nueva Canción Latinoamericana en México. Al terminar la gira me sentí cantante: supe que iba a vivir de cantar y así fue".
Volvió a México en 1994, pocos meses antes del levantamiento zapatista en Chiapa. "Un momento donde se abrieron muchas vías de expresión, un hervidero de cosas nuevas y cante allí por diez años, volví en una oportunidad y canté a sala llena en una sala de Rosario. Me iba muy bien, hasta llegué a hacer giras en San Francisco y Cuba. Pero estaba sola y extrañaba a mi familia, a mis amigos: quería volver, en los países donde viví conocí gente amorosa, familiar, pero sólo en Argentina siento que comparto la manera de entender lo que son los amigos".
Vuelta al país, el amor y España
"Viví cuatro años en Buenos Aires y canté en El Tortoni, Clásica y Moderna , Michelángelo: trabajo no me faltó y volví a Rosario y a su música siempre que pude. Amo y respeto a los músicos de la ciudad, a la trova. Sigo escuchando a Baglietto y a Fandermole y de hecho estos días puse toda una tarde entera a Litto Nebbia en casa", confía. Y en tren de confesiones dice que al volver al país se enamoró de Manuel, hermano del percusionista José María Lavandera, miembro de la orquesta de tango de Buenos Aires y padre de Horacio, el pianista galardonado como el mejor solista instrumental argentino en 2006 y 2008 por la Asociación de Críticos Musicales de Argentina.
En esa familia de grandes músicos Silvina encontró el amor. Y tras 16 años en pareja habla de él con admiración, como un creador superlativo. "Es una muy buena persona pero además un creativo de alma: cuando hacemos Zamba del Laurel, Manuel hace una introducción personal y distinta a todas".
Ambos siguen ligados a los que pasa en la ciudad y en el país. "La quema de las islas me entristeció mucho, tanto como cuando hace unos años leí un accidente en un camino clandestino en los yerbatales y compuse un chamamé: Oro verde, letra y música mías y arreglos de Manuel".
Hoy, en un país con las restricciones que impone la pandemia del Covid más relajadas que en Argentina, Silvina y su pareja -MadreTierra-, cerraron conciertos adecuados a los protocolos: de 45 minutos y con un tercio de sala. Actuarán en octubre y noviembre en un castillo cerca de Valladolid y en un festival en San Sebastián de los Reyes, a las afueras de Madrid.
"Bajó la terrible escalada de 900 muertos en un día que se registró hace unos meses y hay más testeos, pero creo que hay que seguir cuidándose y cuidando a los demás", dice desde Madrid la rosarina que se esperanza con que el virus dé respiro a todos y pueda visitar la ciudad donde nació al menos por dos días. Quién sabe si se podrá tener la suerte de escucharla desde algún balcón.