Reforma de la Constitución

Miércoles de ceniza para la reforma de la Constitución provincial

Al no habilitar el tratamiento de los cambios de la Carta Magna, la Legislatura obturó la posibilidad de la reelección del gobernador Miguel Lifschitz.

Miércoles 29 de Agosto de 2018

Todo se adaptó al guión previsto en la previa: la oposición rechazó la posibilidad de darle tratamiento sobre tablas a la necesidad de reforma constitucional. En la práctica, y en el análisis político, lo que también decidió la Cámara de Diputados es bloquear la chance de que Miguel Lifschitz sea candidato a la reelección, con un texto nuevo en la Carta Magna. Eso le dio un marco de triunfo a la oposición.

Las casi seis horas de debate resultaron demasiadas para resolver una cuestión que se sabía de antemano. Entre larguísimos discursos y pocos encontronazos, los 50 legisladores no sólo dieron asistencia perfecta, sino que se mostraron muchísimo más "civilizados" que sus pares nacionales cuando se trata de tratar temas polémicos. Nadie cruzó la línea del respeto y la convivencia.

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Al no encontrar el Frente Progresista la posibilidad de lograr el concurso de voluntades opositoras para habilitar el debate sobre tablas, el proyecto murió de nonato y volverá a las comisiones. Se verá si alguna vez encontrará cauce o si perderá estado parlamentario en el mediano plazo.

Lo más llamativo de la sesión fue el gigante oxímoron que crearon casi todos los legisladores de la oposición, que adelantaban su voto en contra de darle tratamiento a la reforma constitucional pero, a la vez, se manifestaban a favor de la reforma constitucional. Increíble pero real.

La cuestión implicará cambios profundos en la marcha de la política santafesina y, puntualmente, en el Frente Progresista.

Ahora, todas las miradas quedarán concentradas en Antonio Bonfatti, quien ayer condujo la sesión con mucha "muñeca", sin que se rebele ningún legislador. Bonfatti escuchará en los próximos días el pedido del Partido Socialista para que se convierta en candidato a gobernador. Hasta entonces, repetirá como un mantra: "Haré lo que el partido me diga".

No hay que perder de vista lo que sucedió el martes en un teatro de la capital provincial, en el que el presidente del radicalismo, Julián Galdeano, dejó entrever la posibilidad de que el radicalismo permanezca en su gran mayoría en el campo del progresismo. Galdeano, integrante de Cambiemos a nivel nacional, votó a favor del tratamiento sobre tablas de la necesidad de la reforma, como la mayoría de los diputados ucerreístas, salvo Alejandro Boscarol, aliado de José Corral.

Un indicio sobre lo que podría venir estuvo en el discurso de Lifschitz en la víspera de la sesión especial, cuando señaló que tan importante como ganar las elecciones a gobernador será tener mayoría en las Cámaras legislativas.

La permanencia de la mayoría del radicalismo en el Frente Progresista podría aupar la presencia de un candidato propio para las primarias con Bonfatti. En algún vector se pensó en un momento en la candidatura del ministro de Seguridad, Maximiliano Pullaro. Dependerá de cómo le vaya de ahora en más a Pullaro en un ministerio que es como una silla eléctrica. "Es apresuradísimo pensar en eso", dijeron desde el oficialismo. Falta tiempo, es verdad. Pero no mucho.

Pero no hay que perder de vista tampoco lo que sucedió hoy en Santa Fe, desde que Bonfatti dijo: "Con quórum legal, queda abierta la sesión". Tras el discurso de Rubén Galassi, llegaron en catarata los rechazos de diputados opositores. Uno por uno. Hasta que la daga la clavó el que hasta ayer nomás era un aliado: Rubén Giustiniani. El diputado socialista de Iniciativa Popular dijo que en ese momento "sólo 79 personas seguían el debate por Youtube" y y que no había "nadie" en la plaza frente a la Legislatura. En verdad, antes del discurso del ex senador nacional había un grupo minúsculo, sobre todo de la Juventud Radical, y luego se desató una lluvia torrencial sobre la ciudad de Santa Fe.

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Los protagonistas del oxímoron ("estoy de acuerdo con la reforma, pero no voto la necesidad de la reforma") se justificaban discursivamente en la "falta de consenso" en el corpus del proyecto. Pero el que puso las cosas en su lugar desde el oficialismo fue Joaquín Blanco, el principal negociador del gobernador en esta instancia. "Se juntaron el agua y el aceite (por los macristas y el PJ, unidos por el miedo. Le tienen miedo a Lifschitz", bramó. En ese contexto, y tratando de bloquear los argumentos sobre el intento exclusivo de una reelección del actual gobernador, Blanco voceó: "Si tienen miedo a la reelección, retiremos el artículo 64, pero los verdaderos reformistas que se la jueguen ahora". No le hicieron caso.

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Y esa es una interpretación empírica. La política es el arte de lo posible y, sobre todo, la lucha por el poder. De mantenerlo para el que lo tiene, y de llegar a tenerlo para el que está en la oposición. Y ni que los peronistas ni los macristas quisieron darle la posibilidad de la reelección al que le puede ganar. Lifschitz hoy tiene, según una encuesta reciente de Analogías, el 61% de imagen positiva. Nadie le da la reelección al que le puede ganar.

Un indicio sobre lo que podría venir estuvo en el discurso de Lifschitz en la víspera de la sesión especial, cuando señaló que tan importante como ganar las elecciones a gobernador será tener mayoría en las Cámaras legislativas. ¿Será el actual gobernador el primer candidato a diputado provincial? A intendente de Rosario no quiere volver a postularse.

Hoy, no faltaron las señales: el titular de la Casa Gris mandó a todos sus ministros a presenciar la sesión especial.

Y, de ahora en más, pese a que la votación es, claramente, un triunfo de la oposición, no querrá resignar ni un gramo de poder. "No quieren que votemos la necesidad de la reforma, quieren que votemos la necesidad de Lifschitz de ser reelecto", chicaneó el diputado PRO Germán Mastrocola, quien criticó a la Legislatura. Lo cruzó luego la diputada oficialista Alicia Gutiérrez: "Mastrocola critica el trabajo de la Cámara, pero no viene a trabajar a las comisiones".

Luego de seis horas de un debate que parecía no terminar nunca, no había demasiadas ganas de dar más lecturas, o sobreinterpretaciones. Ni de los legisladores ni de los periodistas.

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