La noche anterior al crimen, Sandro Roberto González, su mujer Graciela y sus
cuatro hijos sintieron el zumbido de las balas rozando el tinglado de chapa de la casa que habitan
donde el bulevar Seguí se pierde al este, en una barriada humilde conocida como Villa del puente,
en uno de los extremos del barrio La Tablada. Su hija mayor, Tamara, de apenas 16 años, había
buscado refugio en el hogar tras sufrir un nuevo embate de su novio, Alberto Raúl Rojo, de 24 años.
El muchacho solía perder los estribos con facilidad y, si a eso le sumaba la ingesta de
psicofármacos, su personalidad salía despedida en cualquier dirección, aunque el blanco preferido
era la familia de su novia. Eso ocurrió el miércoles a la tarde cuando Graciela y una sobrina
decidieron ir a la seccional 16ª para denunciar el hostigamiento del joven. En el medio, Sandro y
Raúl se cruzaron en la calle, a unos 20 metros de Grandoli y Seguí, y todo fue tragedia. González
murió baleado por el novio de su hija.
Desde entonces, Rojo de-sapareció del barrio y la policía no puede hallarlo para
someterlo a proceso judicial. "Ahora me quedé sola, con cuatro hijos, y lo único que quiero es que
lo encuentren. Igual, no sé qué voy a hacer. Por ahora me arreglo con la plata que juntaron mis
familiares y amigos en el velorio y con la ayuda que me dio el patrón de Sandro, que era nuestro
único sostén", manifestó Graciela ayer, cuando recibió a este diario en su casa.
La pérdida prematura de un ser querido parte al medio a cualquiera. Graciela,
además de enfrentar la rutina diaria para salir adelante con sus hijos, no puede resolver un dilema
que la supera. Aún no pudo contarle a Leonel, el más pequeño de los chicos, lo que sucedió con el
papá. "El viernes festejamos sus 3 años y le quiso guardar un pedazo de torta al padre. El cree que
está trabajando. No pude contarle, necesito que un psicólogo me ayude", pidió.
Desde siempre.Junto a Graciela, ayer no sólo estuvo Tamara. También estaban sus
otras hijas: Juliana, de 13 años, y Aylén, de 9. Leonel iba y venía, no dejaba de jugar y de vez en
cuando pedía ir a los brazos de su mamá. La mujer recordó que los problemas entre Raúl y Tamara
comenzaron al poco tiempo de que iniciaran la relación. La chica recién había cumplido 15 años y
surgieron los primeros indicios de violencia. "Era un muchacho que aparecía amanecido siempre,
empastillado cada dos por tres y así empezaban los problemas", dijo Graciela.
Con su esposo se enteraron por comentarios de vecinos que Raúl solía pegarle a
Tamara. "Ella al principio no decía nada, supongo que por miedo", dijo. La adolescente admitió que
en muchas ocasiones pensó que la situación podía cambiar, pero la historia volvía a repetirse. Ayer
prefirió no hablar.
Dos meses antes del crimen, Graciela y Sandro decidieron mandar a Tamara a
Córdoba, a la casa de un familiar, pero al poco tiempo tuvieron que traerla por cuestiones
laborales y entonces volvió a verse con Raúl.
Los problemas que Rojo afrontaba por el consumo de drogas hicieron que Graciela
se acercara a hablar con la madre del muchacho. "Un viernes le pedí por favor que tratara de
pararlo de alguna forma porque iba a suceder algo malo. Ella se mostraba predispuesta y me decía
que iba a tratar de hacer algo. Que iba a esperar el lunes hasta que se le pasara el efecto de las
pastillas. Pero se ve que no le decía nada o él no le hacía caso", recordó la mujer mientras
sostenía una foto de Raúl. La idea es imprimir varias copias de esa foto y salir a la calle para
pedir a la policía más celeridad en la búsqueda del presunto homicida.
Fe y sostén. Graciela acude a un templo evangélico de Necochea y Deán Funes
conocido en el barrio como "Catedral de Fuego". Allí, cuando describió los difíciles momentos que
atravesaba la familia le aconsejaron "orar" por Raúl. "La llevé a la nena y al tiempo ella lo
convenció a Raúl para que vaya. Pero fue sólo dos veces. Un día estábamos con Tamara en el templo,
llegó él y se la llevó de prepo". Entonces hubo un nuevo reclamo ante la madre de Rojo. "Fuimos a
hablar con ella. Estaba Raúl y no podía articular palabra de tan dado vuelta que estaba",
rememoró.
Mientras espera que la Justicia y la policía hagan su trabajo, esta mujer de 34
años busca rehacer su vida en un barrio de códigos cerrados y con necesidades básicas
insatisfechas. De alguna forma tendrá que cubrir no sólo la parte afectiva sino también la
económica. Es que Sandro era el único sostén familiar. Los meses de verano trabajaba en el Parque
del Mercado reparando las piletas y limpiando baños. Fuera de eso, gracias al oficio de albañil
siempre tenía algún rebusque. El último trabajo que hizo fue en una de las torres que se levantan
en Mendoza y Ayacucho.