La historia de maltrato que Rosana Taltabull sufrió por parte de su ex pareja
tuvo el final que él, Héctor Enriquez, había anunciado: la mujer fue calcinada viva en una cava de
Pérez en junio de 2006. Para la Justicia el crimen fue la cruel concreción de las amenazas que ella
recibía de su ex concubino, quien fue condenado a 14 años de cárcel.
El juez de Sentencia José María Casas impuso esa pena a Enriquez, de 41 años,
quien también deberá indemnizar en 68.760 pesos por daño moral y psicológico a la madre de la
víctima. El fallo fue apelado, por lo que aún no es definitivo.
El crimen fue "consecuente con los antecedentes" violentos del imputado hacia la
mujer y su decisión de que si ella "no era para él, no lo sería para otro", dice el fallo.
La coartada. Enríquez trabajaba en una compraventa de la zona sudoeste y negó
haber asesinado a Rosana. Sólo admitió que la mañana del crimen fue a buscarla en la camioneta de
su hermano y que la dejó en la parada del colectivo. La mujer, que era empleada doméstica en la
casa de un camarista, ese día no llegó a trabajar. Y él lo hizo cuatro horas más tarde.
La cava donde apareció el cuerpo de Taltabull está ubicada en la zona rural de
Pérez, a mil metros al norte del cruce de las rutas 33 y 14, en el camino Prado. Bajo un montículo
de cubiertas humeantes, los policías vieron el cuerpo calcinado de la mujer, que conservaba
anillos, pulseritas y un reloj. Por esas pertenencias la reconocieron sus familiares.
Excluído. Rosana, de 39 años, vivía con sus tres hijos de 18, 16 y 9 años en
Jacarandá al 100, en Cabín 9. Llevaba más de un año separada de Enriquez, sobre quien pesaba una
exclusión judicial del hogar por sus antecedentes violentos. Sin embargo, el hombre iba a la casa
seguido. La noche anterior se había retirado enojado de allí. Según los familiares, no aceptaba la
relación que ella mantenía con otro hombre, un taxista que la iba a buscar al trabajo.
No llegó. El 2 de junio, a las 8.30, el empleador de Rosana llamó a su casa para
avisar que no había ido a trabajar. Entonces, una hija de la mujer comenzó a buscarla junto con su
tío, un oficial de policía. "Mi papá siempre le decía que si ella no volvía con él la iba a matar",
contó la hija de la víctima.
Lo último que se supo de Rosana fue que esa mañana su ex concubino había pasado
a buscarla en una camioneta. Por la tarde, tras el hallazgo del cuerpo, el hombre fue demorado y
contó que le había pedido prestada a su hermano una pick up para "hacer un flete". Y que fue a la
casa de Rosana, tomó con ella unos mates y luego la llevó a la parada del colectivo.
Pero algunos datos de su relato no cerraban. Dijo que dejó a la mujer a las
8.15, cuando ella entraba a trabajar a las 8. Y luego llamó a su trabajo para avisar que llegaría
más tarde porque tenía que hacer unos trámites en Tribunales. En ese lapso, para el juez, quedó
claro que Enriquez calcinó a la mujer, cuyo reloj se detuvo a las 9.35.
Enriquez no pudo sostener el ardid. Ese día, sus compañeros lo vieron nervioso.
Luego de la detención, la policía secuestró la camioneta. En la caja había marcas de haber portado
neumáticos y un bidón con restos de combustible. Un detalle que llamó la atención a los policías
terminó de incriminarlo: en la ropa tenía impregnadas rosetas idénticas a las que había en el lugar
del crimen.