Ovación

Oro rosarino

El fútbol rosarino goza de buena salud. Al menos, si se entiende la expresión en el sentido más amplio, amén de la influencia de Newell’s y Central. Es que nuevamente el mapa del oro conseguido en los Juegos Olímpicos se nutrió de jugadores surgidos en la ciudad y sus alrededores. Por eso la zona sigue siendo una cantera increíble que, ya sea por...

Lunes 25 de Agosto de 2008

El fútbol rosarino goza de buena salud. Al menos, si se entiende la expresión en el sentido más amplio, amén de la influencia de Newell’s y Central. Es que nuevamente el mapa del oro conseguido en los Juegos Olímpicos se nutrió de jugadores surgidos en la ciudad y sus alrededores. Por eso la zona sigue siendo una cantera increíble que, ya sea por los clubes de acá o en otros, encontraron la forma de emerger al primer plano. De los 19 integrantes del plantel albiceleste, 7 surgieron en Rosario, pero si se extiende el área de influencia, la cifra trepa a 9. La mitad menos uno. Todo un detalle.

  Que las inferiores leprosas y canallas no son las que eran, no es novedad. Pero esa es otro tema. La realidad es que varios consagrados jugaron a la pelota en estas calles hasta encontrar su cauce profesional por diferentes vías.

Por quienes Central y Newell’s pueden sentirse plenamente orgullosos es por Angel Di María y Ezequiel Garay, productos de su cantera.

  Ambos se criaron en la zona norte, en su sector más humilde. El Negro Garay en Blas Parera adentro, corazón de Casiano Casas. Angelito en Perdriel y Avalos, barrio Alberdi Oeste, pegado a La Esperanza. Y a ellos hay que agregarle a Luciano Fabián Monzón, que nació en Granadero Baigorria pero vivió en Washington y Casiano Casas. El lateral de Boca surgió en Argentino, pasó por Agua y Energía y estaba en San Jerónimo cuando le apareció la prueba en Boca y quedó para dejar sus changas de gomero. Antes fue en bici a probarse a Central Córdoba y quedó, pero pidió para el colectivo y como se lo negaron no fue más. Se probó luego en Central pero no lo confirmaron y eligió otros rumbos.

  La conclusión es que, en un radio de apenas 10 o 15 cuadras, en el corazón de un sector empobrecido pero de trabajadores y obreros, se gestaron tres medallas de oro. Y se suma la cuarta si se agrega la de Atenas 2004 del Coty Leandro Fernández (fue convocado por la lesión de Nicolás Burdisso y no llegó a jugar), que creció a pocos metros de la carbonería de la familia Di María.

  Por supuesto, el más famoso de los rosarinos dorados es Lionel Messi, quien no llegó a emerger al fútbol profesional ni en la ciudad ni el país, pero deslumbró de pibe en el club Grandoli y luego en las inferiores de Newell’s. Un caso parecido fue el de Ever Banega, que después de crecer en Oriental, de una prueba fallida en Bella Vista y un paso por Alianza Sport, explotó en Boca.

  Y si Newell’s y Central tienen motivos de orgullo por Garay y Di María, sólo a Coronel Aguirre le pertenece igual sentimiento por Ezequiel Lavezzi. El Pocho, también hincha de Central y que hizo trascender otra vez a Villa Gobernador Gálvez, sin embargo empezó su carrera en la B, en Estudiantes de Caseros, hasta que Génoa le echó al ojo y lo prestó a San Lorenzo.

  Javier Mascherano también es un orgullo local. Porque su San Lorenzo natal está demasiado vinculada a Rosario y porque hizo su aprendizaje futbolero en Renato Cesarini.

  Aunque más alejados de Rosario, hay que mencionar además a José Sosa, de Carcarañá. Y a Diego Buonanotte, ilustre de Teodelina.

  Esta historia local en el contexto nacional para llegar a un logro internacional no es producto de la casualidad, si no de una tendencia que se mantiene. En el equipo que cosechó el oro en Atenas 2004 también obró esa lógica y con un bonus: su técnico, Marcelo Bielsa, ídolo de Newell’s, es rosarino hasta la médula.

  De aquel equipo, de los 19 integrantes, 10 surgieron en estos pagos. O sea, la mitad más uno, amén del DT. Además del caso del Coty Fernández, que reemplazó al cordobés Nicolás Burdisso (hizo inferiores en Newell’s pero apareció en primera en Boca), el orgullo local se extendió a César Delgado y Luciano Figueroa, la dupla letal canalla de inicios del 2003, y a Mauro Rosales, el cordobés de Villa María que creció futbolísticamente en el club del Parque.

  En la misma línea de Rosales se ubicó Gabriel Heinze, producto de la cantera leprosa. El entrerriano de Crespo, con un puñado de partidos en primera se fue a España y triunfó en el Viejo Continente.

Y ni que hablar de Cristian González, otro rosarino de pura cepa de plena identificación auriazul, quien fue uno de los veteranos en el primer logro olímpico argentino en fútbol.

  Todos ellos sí estuvieron claramente identificados con Central y Newell’s. Y no así Germán Lux, tan de Carcarañá como el Principito Sosa, y Wilfredo Caballero, quien se paró por primera vez bajo los tres palos en Villa Constitución. Por supuesto, no hay que olvidar a Javier Mascherano, el único sobreviviente de Atenas que celebró en Beijing.

  En proporción a la cantidad de habitantes, Rosario continúa siendo el polo futbolístico más importante del país, más allá de que se abrieron muchos canales a los tradicionales de canallas y leprosos para permitir el crecimiento del incipiente semillero de su zona de influencia. El oro es argentino, por supuesto, pero también bien de acá. l

¿Te gustó la nota?

Dejá tu comentario