Tiene razón Lionel Messi. En eso no se engaña. La selección argentina no es un refugio placentero para él. Los mundiales tampoco muestran a ese jugador que rompe récords que a otros se le resisten. Estaba llamado a convertirse en leyenda, pero difícilmente lo logrará. Sí se sentará a la mesa de los grandes de todos los tiempos junto a Pelé, Diego Maradona, Alfredo Di Stéfano, Johan Cruyff. Para él, esto suena sólo a consuelo. Leo se moría por ganar un Mundial. Tal vez juegue Qatar 2022, pero para eso falta una eternidad. Ayer se consumió la cuarta copa del mundo del astro rosarino y la jugó peor que las anteriores tres. Porque en Alemania 2006 apenas era un pibe de 19 años que todavía no cargaba con esta mochila que ya pesa toneladas de desilusiones. En Sudáfrica 2010 no convirtió goles, pero nunca se escondió. Y en Brasil 2014, al menos, disputó la final.



























