Animaladas. En la localidad de Lastenia, Cruz Alta, en Tucumán, funciona un circo de saltimbanquis que, entre otros animales, cuenta con un oso de gran tamaño, el que siempre se había mostrado completamente manso. Lo tenían atado con una cadena y el director de la compañía lo hacía trabajar con un látigo, a golpes de fusta, gracias a lo cual el oso bailaba y se trepaba por una escalera. Luego, venía un número más arriesgado: el director y el oso luchaban cuerpo a cuerpo. Las fuerzas parecían estar equilibradas, aunque por lo general vencía el oso pero no sin grandes esfuerzos. El oso abría enormemente la boca, gruñía de coraje, pero no clavaba los dientes en el adversario. Algunas veces, de un formidable zarpazo derribaba en tierra al domador; lo apretaba, sin dejarlo mover, pero jamás lo había herido. Los otros artistas jugaban con el animal, el que se dejaba acariciar. De ahí que no se lo consideraba un peligro. Pero el sábado último el oso se mostró nervioso e inquieto. En un momento pasó cerca de él el artista Jesús María López y de pronto el oso se incorporó. Tiró un zarpazo. Clavó la garra sobre la cabeza de López. Le produjo una extensa herida. López cayó en tierra, enceguecido por la sangre que manaba abundante. La fiera le clavó los dientes en el hombro y empezó a masticarlo. Cuando los demás artistas se apercibieron de lo que ocurría, ya López se hallaba sin movimiento. Ni siquiera atinaba a defenderse. Con fierros de punta obligaron a la fiera a largar su presa. López fue colocado en un catre y allí se pudo apreciar la gravedad de las heridas: estaba completamente separado el cuero cabelludo de la parte superior del cráneo y le faltaba un pedazo de hombro. Avisada la policía, el comisario resolvió dar muerte al oso sobre tablas. Sin sumario, sin juicio previo, sin nada. Cuatro tiradores formaron. ¡Apunten y fuego!, y el oso quedó convertido en cadáver. (1910)






























