Las escuelas alternas y el surmenage de los maestros. Tratando de suplir la falta de escuelas en nuestra ciudad -donde hay más de diez mil niños privados de los beneficios de la instrucción primaria porque no hay para ellos lugar en las escuelas fiscales ni sus padres pueden darse el lujo de pagarles colegios particulares-, se ha tomado la medida de convertir en alternos algunos de los establecimientos escolares del Rosario. De este modo, funcionarán dos escuelas en el mismo local, una por la mañana y otra por la tarde, pero con el mismo personal, entendiendo que allí se puede economizar dando a los maestros un sobresueldo que retribuya el sobrecargo de tareas. Pero un maestro que desempeña a conciencia su ardua labor de cuatro horas de clase en un grado no está ni física ni intelectalmente habilitado para trabajar otras cuatro por la tarde, con el breve intervalo de una hora, tiempo insuficiente para un almuerzo frugal y un reposo imprescindible para la reanudación de la pesada tarea. Tiene que haber, necesariamente, agotamiento de energías, fatiga, pesadez, desgano. Las clases de la tarde tendrían que experimentar las consecuencias del inevitable surmenage del maestro que trabajó por la mañana, fue precipitadamente a almorzar mal y volvió a la escuela presurosamente para reeditar la fatigosa labor matinal. Esto, en lo que respecta a la resistencia mental y física del maestro, pero también, ¿en qué tiempo va a preparar sus lecciones de clase? ¿Con qué ánimo va a ir por la noche a su casa para trabajar las lecciones ilustradas de la mañana siguiente?, y ¿cómo, en qué tiempo prepara las de la tarde? La medida, pues, de transformar en alternas a las escuelas, no debe ir hasta el extremo de sacrificar maestros y enseñanza, matando a los unos y haciendo deficiente, irregular y estéril a la otra, por lo que cada turno debe tener personal docente propio. (1910)
































