Opinión

Veredas

Una vieja canción de raíz folclórica sostiene en sus versos:... "calle angosta, calle angosta, la de una vereda sola..." pero la definición del amigo "Wikipedia" no está lejos: "Una acera,​ banqueta,​ vereda​ o andén​ es una superficie pavimentada y elevada a la orilla de una calle u otras vías públicas para uso de personas que se desplazan andando o peatones.

Martes 10 de Abril de 2018

Una vieja canción de raíz folclórica sostiene en sus versos:... "calle angosta, calle angosta, la de una vereda sola..." pero la definición del amigo "Wikipedia" no está lejos: "Una acera,​ banqueta,​ vereda​ o andén​ es una superficie pavimentada y elevada a la orilla de una calle u otras vías públicas para uso de personas que se desplazan andando o peatones. Usualmente se sitúa a ambos lados de la calle, junto al paramento de las casas. En cuanto elemento del espacio público..."
Aparece claro que la vereda es de todos, que es un espacio para caminar (desplazamiento de peatones) y si bien hay otras definiciones, mas cercanas a la agricultura o la "toponimia" una vereda es eso.
Un dicho popular de mi abuela Josefa Tuells refería a la desconfianza. Uno le contaba algo que no tenía asidero, que parecía de difícil creencia y de muy difícil probanza y la abuela sentenciaba: "hum... no puede ser buena calle la que vereda no tiene..."
Está "el patrón de la vereda", un caudillismo de poco trecho y es una imagen clásica aquella de los chicos jugando en la vereda, que indica paz, barrio, sitio común. También chismes cuando salen a barrer la vereda.
La vereda es una especie de ágora mínima de las cuestiones cotidianas. Sin Sócrates, claro está pero...¿ de cuántos Sócrates podemos hablar en este siglo?.
"...El botón de la esquina de casa, cuando salgo a barrer la vedera, me se acerca el canaya y me dice: "Pss, Pipistrela, pss Pipistrela..." Con errores de puntuación, de gramática, de escritura, el tango de Francisco Canaro y Fernando Ochoa, escrito en el 1933, fue una de las grandes creaciones de Tita Merello. Obvio, se llama Pipistrela.
Jorge Luis Borges, hoy casi en desuso, en uno de sus poemas fundamentales ("Fundación mítica de Buenos Aires" o "Fundación mitológica de Buenos Aires" según sea versión original u "Obras completas") define esta cuestión de modo muy efectivo: "sólo faltó una cosa... la vereda de enfrente..." Parece claro que los fuertes de la conquista española no tenían otra claridad que los cuatro costados y el entorno vallado para la defensa. No había vecinos, no estaba la vereda de enfrente que indica ciudad, urbanización y, si nos apuramos, el Otro. Convendría detenerse en lo que dice Borges al marcar el faltante. De este lado un fuerte, una idea de civilización que entendía al otro como enemigo, se le desconfiaba y, sin necesidad de dramatismo mal entendido, se lo mataba o se lo subyugaba, se lo sometía. No había conversación porque no había vereda de enfrente ni paz ni lo dicho: el Otro. Parece obvio que en la paz el Otro esté en la vereda de enfrente. De ser un igual estaría dentro del fuerte, de la cuadratura que indica los todos iguales, los del mismo pensamiento, finalmente los delegados del mismo imperio y, caramba, los que definen la calidad del Imperio, crecer, conquistar, subyugar, someter. El Imperio siempre está en guerra porque a nadie le sale fácil la conquista y el pensamiento único sin el uso de la fuerza. Todo sitio que admite una vereda de enfrente admite al diferente, al que está mas allá del vallado del fuerte que, de hecho, está abierto al diálogo, a que entren y se vayan, a que crucen de un lado al otro.
Parece en muchos casos una traición aquello de "se cruzó la vereda" o "se cruzó de vereda". Galileo se cruzó de vereda. Albert Einstein, Piazzolla. Todo el que sale del fuerte del pensamiento único, de lo consagrado, está cruzando la vereda, está saliendo del fuerte donde todos son iguales. También es muy cierto que no todos son Piazzolla y mas recontra cierto que no todos los que se cruzan hacen cosas buenas, geniales o dan saltos de época como Einstein o aquel Julio Verne que contaba cosas que recién hoy pueden ser ciertas.
Se puede, por este caminito criollo florido y soleado (Gardel y Lepera decían) llegar a una mínima conclusión: admitir la existencia de la otra vereda, de la que está allá, de la vereda de enfrente. Nada de abismos, minga de grietas o, como en los fuertes, el canal cavado para que sólo pudiesen entrar por un puente que se abría tan solo desde adentro. Pavada de metáfora del pensamiento único. Solo entrás si bajo el puente levadizo. Soy yo quien decide si sos un diferente que me gusta que existas y admito compartir mi vida contigo, solo si me gusta. Já. Tender un puente, si se mira de este modo, no es ni democracia ni generosidad, es egoísmo y también hipocresía. Mirá, dejé entrar a uno diferente. Seamos optimistas. Puede tratarse de un comienzo.
En el bullicio de las calles centrales la vereda de enfrente sirve para una confusión ambiental. En ella se estacionan, en las 12 horas útiles para el comercio, los vendedores ambulantes que, es visible, no deambulan, ni pagan impuestos, ni venden mercadería certificada.
Es otra definición de vereda, una verdadera elección de vida: la vereda legal o el caminito turbio y escondido, el pasaje por donde todo un sistema (vienen con camiones en la madrugada y se van, en los mismos camiones al, atardecer). Algo de eso ya estaba en los fuertes. Los amantes, el contrabando, los espías y los de dos banderas tenían ese pasadizo entre dentro y fuera. Acaso una vereda que negamos, pero que siempre existió. Que nadie quiere eliminar. Cerremos fatalmente: por algo será

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