Opinión

Vacunas escasas por una miope planificación

El Gobierno firmó cuatro contratos, entre noviembre y marzo. Es claro que no resultó suficiente

Sábado 01 de Mayo de 2021

A estas alturas, es poco discutible que el Gobierno cometió al menos una imprudencia al diseñar el año pasado su plan de provisión de vacunas. Como se sabe, descartó inicialmente contratar con Pfizer. Las razones no son claras, pueden ser buenas o malas, pero lo cierto es que 91 países han firmado contratos con quien produce la que es considerada la mejor vacuna que existe hasta el momento.

El calendario de contratos es como sigue: noviembre de 2020, se firma con AstraZeneca; diciembre de 2020, con Gamaleya-Sputnik V; fines de enero 2021, con Covax; febrero y marzo de 2021, con el fabricante de Sinopharm. Conviene indagar caso por caso.

Sobre el Covax, se afirma que no se pidió el "máximo posible" sino el mínimo de dosis al consorcio internacional. Esto ya es una suposición, no un hecho comprobable. Con Covax se firmó contrato por algo más de 9 millones de dosis, pero en febrero pasado el consorcio público-privado asignó 2,275 millones. El "preacuerdo" se anunció el 27 de enero.

Como todos los contratos son con cláusula de confidencialidad, no se puede tener acceso pleno a ellos. Algo que da pie a versiones y fuentes no identificadas, con cifras incomprobables y afirmaciones imprudentes en un tema tan delicado (como que Argentina podría disponer ahora, ya, de 38 millones de dosis y que la población ya podría estar inmunizada).

Covax tiene un grave problema: su principal proveedor es -o era- el Serum Institute de la India, que produce la vacuna de Astrazeneca. India acaba de anunciar que no enviará más vacunas al exterior, ante la enorme ola de contagios y muertes por Covid que padece. Todo parece indicar que se confió demasiado en el consorcio latinoamericano creado ad hoc para fabricar la AstraZeneca (Argentina contrató por 22,5 millones de dosis, parcialmente pagadas, en noviembre de 2020).

Más adelante vino el contrato con el laboratorio estatal chino que produce la Sinopharm. Con este se firmaron contratos el 18 de febrero y el 20 de marzo. El laboratorio chino ofrecía, según se afirma, 30 millones, pero se optó por una décima parte. De nuevo, esto es imposible de confirmar de manera fehaciente. Las vacunas chinas son de las más caras, y su eficacia sería de las más bajas (no hay datos publicados de la inmunidad provista por Sinopharm con una sola dosis: de ahí que se haya descartado esta opción para inmunizar con esta vacuna. De todas formas, Sinopharm parece ser más eficaz que la Sinovac comprada por Chile, Perú y Brasil). Luego de AstraZeneca pero antes de Covax, en diciembre de 2020, se sumó la opción de Sputnik-Gamaleya, por 20 millones de dosis. Pero Gamaleya cumple mediante partidas muy limitadas, algo más que previsible, dado que Rusia tiene otros clientes en Europa, Asia y América latina, que su capacidad de producción es acotada y que además está retrasada en la vacunación de sus propios ciudadanos. En abril pasado se amplió el contrato a 30 millones de dosis.

Pese a que debería ser consciente de esto, el 9 de diciembre pasado el presidente Fernández, al anunciar el contrato con Rusia, no dudó en dar cifras impresionantes y un calendario que se reveló totalmente falaz: “El contrato dice que vamos a poder contar con las dosis suficientes para vacunar entre enero y febrero a 10 millones de argentinos”, se entusiasmó, y agregó: “Durante enero tendremos dosis suficientes para vacunar a 5 millones de personas y en febrero se completará el resto de las dosis necesarias para poder alcanzar la vacunación de las 10 millones de personas que estamos previendo”. Fernández informó que el contrato tiene una "preferencia en favor del país" para poder acceder a las dosis necesarias "para vacunar a 5 millones de personas más durante marzo", lo que significa que “Argentina podría durante enero hacer uso de esa preferencia y contar en marzo con 10 millones de dosis más para vacunar a 5 millones de argentinos”. El presidente no solo daba por descontado el cumplimento de esas provisiones millonarias, sino que también pensaba en administrar las dos dosis de Sputnik V.

Apostar a AstraZeneca (a su base latinoamericana formada entre Argentina y México) y luego a Sputnik, con Sinopharm y Covax de refuerzos, pudo resultar, visto en ese momento, un buen plan. Pero claramente resultó insuficiente. Hubo un exceso de fe en el cumplimiento de los contratos, cuando había evidentes factores imponderables y limitantes a la vista. Desechar de entrada a Pfizer fue un error grosero, aún cuando Pfizer no hubiera cumplido ni de cerca con los casi 14 millones de dosis que se mencionan, como pasa con todos los proveedores hoy en el mundo. Ahora se trata de remontar la negociación, pero Argentina está al fondo de la fila. Argentina debió firmar de entrada con este laboratorio y hacer pesar su rol en los estudios clínicos de fase 3, a los cuales aportó 5000 voluntarios. No lo hizo.

Era previsible desde mediados de año pasado que desde antes que se aprobaran las primeras vacunas habría una avalancha de pedidos. Suplementar los por ahora invisibles 22,4 millones de AstraZeneca con Covax, con sus 2,275 millones, habrá parecido suficiente, según la política de no hacer grandes contratos e ir fimando por pocos millones de dosis (al menos eso es lo que se alegó sobre el contrato con China). Estos stocks, más la Sputnik en las dosis de fantasía enumeradas por el presidente, tal vez hasta les pudo parecer hasta un poco exagerado a los gobernantes. Pero al día de hoy no hay una sola vacuna del contrato con AstraZeneca (las que llegaron lo hicieron desde India, bajo la marca Covishield, y por Covax, y por lo señalado no llegarán más desde ese país). Ahora se afirma que comenzarán a llegar en mayo. Es factible, pero después de tantas promesas incumplidas, habrá que ver para creer. Otro evento previsible es el de India, si se conocen las cifras millonarias de su población (casi 1400 millones de habitantes), las pésimas condiciones sanitarias en las que vive buena parte de esa inmensa población y la baja tasa de vacunación que tenía hasta hace muy poco. Además del poco apego a cumplir las restricciones que muestra esa población (hubo hasta 25 millones de personas reunidas en un festival religioso hace unas semanas).

Sobre AstraZeneca "latinoamericana", los frenos a las exportaciones de filtros y otros insumos de parte de EEUU que estaría sufriendo la mexicana Liomont, socia de de AstraZeneca junto con el laboratorio argentino del Grupo Sigman, también parecen hasta cierto punto previsibles, porque cualquier laboratorio y ministerio de Salud podía imaginar una explosión de demanda de insumos. Se debe planificar para el peor escenario, no para el mejor. Y el año pasado era claro que iba a ver una avalancha de pedidos y, para los especialistas, que una segunda ola era factible, ante la total falta de vacunas de 2020. Se debe planificar mirando al futuro. Como hace la UE, que firmó por 1.800 millones de dosis de Pfizer para 2022 y 23, pese a que atraviesa una fuerte tercera ola de la enfermedad. Argentina apenas si puede planificar para la semana que viene.

Hay otro factor en este asunto: puede que los laboratorios extranjeros hayan desconfiado de la capacidad de pago de Argentina, habida cuenta de su calamitosa economía y de su moneda literalmente disuelta (inconvertible de hecho: nadie la quiere). Los laboratorios no dejan de ser empresas que necesitan tener balances positivos aún cuando se trate de una estatal china ( las multinacionales chinas trabajan con cuadros gerenciales de estilo "americano") o de uno británico que está trabajando al costo (AstraZeneca). La mala imagen de la Argentina, que se refleja en su disparatado riesgo-país o en los intereses estratosféricos de sus bonos, pesa en cualquier contratación o negociación internacional.

Por todo esto se llegó malparados a la segunda ola, que es mucho peor que la primera, con escasez de vacunas, cada día esperando que el Ministerio de Salud anuncie como un oráculo un nuevo vuelo desde Beijing o desde Moscú. Un escenario que el Gobierno y sus medios presentan en tono positivo y hasta épico, pero que, visto con ojo crítico, es demostrativo de la falta de planificación seria, producto del "vamos viendo cada día", que podría ser el eslogan de gestión de este Gobierno. También puede haber algo más. La relación del Estado nacional con los laboratorios nunca ha sido transparente, casi siempre transcurre en una zona gris, o de sombra espesa. Y estos contratos, todos en el orden de varios cientos de millones de dólares cada uno, se firmaron bajo el régimen de emergencia, por contratación directa, sin licitación pública. Aunque ha sido así en todo el mundo, acá sobrevuela inevitable la sospecha.

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