Las trompadas que recibió este lunes Sergio Berni no sólo sacudieron la mandíbula del ministro de Seguridad bonaerense: también golpearon a una dirigencia política groggy frente a una realidad que no se cansa de llenarle la cara de dedos.

Por Mariano D'Arrigo
Las trompadas que recibió este lunes Sergio Berni no sólo sacudieron la mandíbula del ministro de Seguridad bonaerense: también golpearon a una dirigencia política groggy frente a una realidad que no se cansa de llenarle la cara de dedos.
La escena fue demasiado gráfica. Uno de los principales funcionarios de un gobierno peronista, acorralado en un bastión justicialista como La Matanza, salvajemente atacado por empleados formales hartos de la inseguridad e indignados por el asesinato de un compañero de trabajo. De fondo, una pintada con el nombre de Cristina y del intendente Fernando Espinoza. El fin de la metáfora.
“Es un fin de ciclo. Llevamos cuarenta años de democracia: los primeros veinte fueron de Alfonsín y Menem, y los segundos de Néstor, Cristina y Macri. Ahora viene otra cosa”, sentencia un referente peronista de la provincia, que lamenta la desconexión de los principales dirigentes del país de la realidad que vive, y sufre, cada vez más gente de a pie.
A veinte años de las elecciones que marcaron el ascenso del kirchnerismo al poder y que abrieron la salida política a la crisis de 2001, la Argentina vuelve al punto de partida. Con un esquema económico agotado y con la reconstrucción del poder político —en particular, el presidencial— como tarea central.
El Índice de Confianza en el Gobierno, elaborado por la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella con datos de Poliarquía, y que va en una escala de 0 a 5, ubica hoy a Alberto Fernández (1,18) mucho más cerca del Duhalde del 2002 (0,32) que del padre fundador del kirchnerismo, que alcanzó un pico de 3,32 a fines de 2003.
Otro estudio muestra datos alarmantes. De acuerdo a la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés sólo 9% de los encuestados está satisfecho con la marcha general de las cosas, mientras el 89% se muestra insatisfecho. Se trata del punto más bajo del comienzo de la serie, en enero de 2016.
La investigación presenta números inquietantes para el Frente de Todos, pero también para la oposición. Si bien de los 21 dirigentes que mide la encuesta los diez primeros en imagen positiva pertenecen a Juntos por el Cambio o al espectro libertario, todos tienen diferencial negativo.
Es en ese terreno abonado por la frustración, el pesimismo y el enojo con la política donde cosecha Javier Milei. Con el correr de las semanas, la hipótesis de que el líder de La Libertad Avanza se meta en el balotaje y desplace al tercer lugar al peronismo suena cada vez menos descabellada. No es que sea el escenario más probable, pero sí se convierte en verosímil.
Después de sus declaraciones sobre venta de órganos y de niños que lo hicieron bajar en las encuestas, Milei se autoimpuso un bozal para no anticipar otras medidas que podría tomar en caso de llegar a gobernar. Mientras tanto, termina de armar su estructura con hijos de condenados por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura y reciclados en democracia, como es el caso de los descendientes de Antonio Domingo Bussi y Luis Abelardo Patti.
Milei y Ricardo Bussi
Milei podría usar la famosa frase de Margarita Stolbizer y decir que ya ganó. Con su irrupción reseteó la agenda, redefinió los límites de lo decible (y lo tolerable) y condicionó y condiciona al resto de los actores. Al mismo tiempo que parece comer parte de la base del peronismo, también podría recibir un afluente de votantes de Patricia Bullrich si Horacio Rodríguez Larreta gana la interna de Juntos por el Cambio.
Más que una súbita conversión de millones de argentinos a la Escuela Austríaca, la corriente económica ultraliberal que predica Milei, el diputado nacional es un instrumento de castigo contra una élite política que no escucha y, sobre todo, no resuelve los problemas. Como dice el politólogo Pablo Touzon, es el ladrillo contra la joyería de la política.
Ese malestar busca su cauce en las provincias. Sin nombres a la vista para cubrir los principales cargos ejecutivos, el problema parece más de oferta que de demanda.
Según un estudio de la consultora Nueva Comunicación, dirigida por César Mansilla, con 23,6% de las respuestas Milei se ubica como el candidato a presidente con mayor intención de voto en Santa Fe. No sólo eso: 15,8% de las personas dijo en la provincia que votaría a gobernador “al candidato de Milei” y la friolera de 29,9% dijo que se inclinaría por el candidato a intendente de Rosario identificado con el economista.
Los golpes a Berni también encienden una señal de alerta a los dirigentes que venían acentuando el perfil duro. La sociedad quiere dirigentes que intervengan y den respuestas, pero tiene tolerancia cero con la sobreactuación y el marketing.
No parece casual que después de decir públicamente en una entrevista que haría campaña armado, Maximiliano Pullaro haya bajado un cambio. Pese a estar en veredas opuestas, en el entorno del candidato a gobernador elogian a Berni por poner la cara. Literalmente.
“Aunque sea difícil, eso siempre garpa. Si hay una reunión y no vas, vas a tener a todos en contra. Pero si vas y explicás, quizás de diez personas lográs convencer a tres”, dice un miembro del entorno del ex ministro de Seguridad de la provincia, que afina una una narrativa que incluirá la pelea contra el sistema y algunas corporaciones.
En el otro polo, el grupo de Vera busca mostrarse como un vector confiable y predecible, mientras Carolina Losada parece prácticamente decidida a competir por la Gobernación.
Si efectivamente Losada juega, se despeja uno de los interrogantes principales de la ecuación electoral, pero se abren otras preguntas. ¿Repetirán la fórmula de 2021 y el vice será Scarpin? ¿O ese lugar será para Federico Angelini o alguien de su espacio, como parte de un acuerdo con el PRO bullrichista? El socialismo, ¿puede contentarse con encabezar la lista de diputados provinciales del grupo de Vera? En el PS juran en on y en off que irán con nóminas propias en todas las categorías, pero hasta el 15 de mayo, el día en que se presentan las listas ante la Justicia electoral, las opciones están abiertas.
En el Frente de Todos se vive una tensa espera. Con Alberto, Cristina y Massa desesperados en evitar el 1989 o el 2001 del peronismo, no queda tiempo para ordenar los armados provinciales y locales.
Mirabella, Arena y Grandinetti, las principales espadas de Perotti para el 2023
En este marco, Omar Perotti se mantiene a una distancia prudente de las terminales nacionales. En la mesa chica del gobernador plantean que quieren armar “un peronismo santafesino” pero remarcan: “Nunca Perotti rompió el peronismo”.
Sin acuerdo a la vista con Marcelo Lewandowski, el rafaelino baraja como plan A a Roberto Mirabella para la Gobernación y a Alejandro Grandinetti para la Intendencia de Rosario. Ambos son, junto a la ministra de Gobierno, Celia Arena, las principales espadas de Hacemos, el espacio del gobernador.
Desde allí saldrán a bancar la gestión y avisan: “Le guste a quien le guste, el que más mide es Omar Perotti. La gente no tiene puesto el chip electoral, pero cuando lo haga el gobernador va marcar un diferencial”.
Conscientes de que el plano está inclinado en favor de la oposición, en el entorno de Perotti remarcan que “no le sobra nada a nadie”. “No nos den muertos”, advierten.
Por Mila Kobryn

