Polibio nació en Megalópolis, Arcadia, hacia el año 205 a.C. Era hijo de Licortas, estratega de la Liga Aquea. Siendo muy joven se incorporó a la vida política activa acompañando a su padre en una de las embajadas enviadas a Ptolomeo Epifanes. Se destacó como político, diplomático e historiador. Pretendió imponer a su patria una política de neutralidad entre Roma y el rey Perseo de Macedonia. Pero su vida cambiaría cuando contaba con treinta y ocho años de edad, cuando las legiones romanas comandadas por el general Paulo Emilio derrotaban a la falange macedónica en la batalla de Pidna (167 a.C.), terminando definitivamente con el poder de Perseo y ocupando la totalidad de las costas del Mediterráneo tras vencer el último foco de resistencia de los pueblos al este de Italia. Sospechado de traicionar la neutralidad y de participar del complot tramado por Perseo contra Eumenes II de Pérgamo, fiel aliado de los romanos, fue llevado como rehén a Roma. Lejos de sufrir por su cautiverio, fue un privilegiado. Cuando Paulo Emilio reconoció los valores del filósofo y su vasta cultura lo retuvo bajo su custodia, encargándole la educación de sus dos hijos, Escipión Emiliano y Fabio Emiliano. Sus dotes de político, la herencia familiar y su inclinación por la historia, le permitieron aprovechar su larga estancia en Roma donde se sorprendió de la organización del estado romano y comenzó un exhaustivo estudio in situ de sus instituciones. Reconoció en la república romana, como lo hiciera con el gobierno de Licurgo en Esparta, las bondades de las limitaciones al poder, de su equilibrio y balance. Y tanta admiración le provocaba la organización romana que, cuando en 150 a.C. fue liberado junto con los demás rehenes capturados en Pidna, regresó a su patria para volver a Roma casi de inmediato y acompañar a Escipión Emiliano, su antiguo discípulo, en su marcha contra Cartago en la Tercera Guerra Púnica constituyéndose en un espectador de privilegio de la definitiva destrucción de la orgullosa ciudad africana (146 a.C.). Sus largos y fructíferos años como rehén de Roma le permitieron conocer y estudiar el funcionamiento de las instituciones romanas. El resultado de su experiencia quedó plasmado en su obra cumbre, la Historia Universal bajo la república romana. En el libro VI de su obra Polibio expone una idea de equilibrio o balance de poderes que puede considerarse como un antecedente remoto de las ideas desarrolladas por los autores de la Ilustración de los siglos XVII y XVIII, luego plasmadas en las revoluciones inglesa (1688), americana (1776) y francesa (1789). Dice, siguiendo la clasificación aristotélica, que las formas de constitución simple son tres, y las expone en una suerte de evolución que se inicia en los orígenes mismos de la sociedad primitiva y que avanza tras las deformaciones de cada una de ellas en un proceso que se desarrolla cíclica y naturalmente. Así, tras la primigenia asociación de todo grupo humano en un esbozo de sociedad, el más fuerte de sus miembros lidera a los demás. El autor nos dice que "debemos creer que es obra puramente de la naturaleza; pues que vemos en los otros animales que no se gobiernan sino por instinto, que los más fuertes sin disputa hacen oficio de conductores, como el toro, el jabalí, el gallo y otros semejantes. Es muy probable que al principio fuese así la vida de los hombres, juntarse en una grey a manera de animales, y dejarse conducir de los más fuertes y poderosos". Es el gobierno de uno solo que será denominado de distinto modo según se haya constituido como consecuencia de una medición de fuerzas o como producto de una decisión razonada de la sociedad, inspirada en valores tales como honestidad y justicia. Polibio denomina monarquía al gobierno cuya autoridad nace de la medición de fuerzas "pero después que con el transcurso del tiempo se introduce en la sociedad una educación común y un trato mutuo, ya entonces pasa a ser reino; y este es el momento en que el hombre comienza a formar idea de lo honesto y lo justo, así como de los vicios contrarios". Pero el reino, así concebido, no es eterno. Cuando aquel que ocupara por primera vez el trono ya no está y los valores sobre los que se cimentaba ese reino se pierden, esta forma de constitución simple deriva en tiranía. Los primeros gobernantes "envejecían con dignidad" y se preocupaban en proteger al pueblo, sin ostentar riquezas de modo de no diferenciarse de sus vasallos. En cambio, sus herederos y sucesores, que no supieron de los esfuerzos que debieron realizar sus mayores para poder ordenar una sociedad sobre bases de justicia y equidad, abandonan fácilmente esos hábitos de austeridad creyendo que "la majestad debía fundarse en traer un vestido más rico, mantener una mesa más opípara, gastar un tren más costoso que sus súbditos, y en que ninguno pudiera contradecirles en sus amores y pasiones aunque ilícitas". Estas conductas, al decir de Polibio, generan tanto la ofensa como la envidia, el odio y la ira de los súbditos. Los monarcas pasan de ser reyes a ser tiranos. La consecuencia directa es descontento y malestar. Y serán los hombres más ilustres, magnánimos y esforzados de la sociedad los que habrán de conspirar contra la tiranía "porque son ellos los que menos pueden sufrir la insolencia de los tiranos". Tras la sedición, aparece el gobierno de algunos pocos –los que la encabezaron– que nace cuando el pueblo "les presta su poder contra los reyes; y abolida hasta la sombra de reino y monarquía, pasa a fundar y establecer la aristocracia". Al fin, el pueblo se entrega al gobierno de ese grupo en reconocimiento por el servicio que le han prestado liberándolo del tirano. Pero, al igual que ocurría con el reinado, cuando los hijos de los sediciosos los suceden en las dignidades que éstos ocuparan, se reproducen las conductas contrarias a toda república que no son otras que las que llevaron a sus antepasados a destronar al tirano. La aristocracia se transforma así en oligarquía. Como consecuencia de esta deformación, el pueblo habrá de levantarse contra los tiranos, pero en este caso "a nombrar rey ya no se atreven; dura aún el temor de la injusticia de los pasados. Para confiar el gobierno a muchos no tiene ánimo; está aún muy reciente la memoria de sus anteriores yerros. Sólo les queda salvo el recurso que hallan en sí mismos, a éste se atienen, y he aquí transformando el gobierno de oligarquía en democracia, y sustituido el poder y cuidado de los negocios en sus personas".





























