Opinión

Niños víctimas, no delincuentes

Infancia. Dos noticias conmovieron en las últimas semanas porque fueron protagonizadas por chicos, pero esos hechos tienen matices.

Sábado 16 de Marzo de 2019

Hoy por hoy, hablar de infancia en singular es casi imposible; se torna necesario plantear el término infancias, en plural, constituidas por niños y niñas diferentes, enmarcados en contextos socioculturales y lingüísticos disímiles.

En cada uno de los niños que encontramos a diario hay atravesamientos, hay fragmentaciones y, cada uno de ellos, lleva consigo su propia historia, con marcas en sus cuerpos y en sus psiquis, en sus movimientos y en sus miradas. Muchos de ellos se van apropiando del mundo de manera compleja, en el marco de familias disfuncionales, haciendo "lo que pueden" para sobrevivir en un mundo que no los trata como infantes.

Semanas atrás, dos noticias nos conmovieron porque sus protagonistas principales eran niños. En una de ellas, el diario reseñaba que dos chicos de tan sólo siete y ocho años de edad, quienes fueron puestos a disposición de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia de la provincia de Santa Fe, intentaron robar en una casa de Pérez con un arma de juguete; la otra, señalaba que un niño había intentado asaltar una joyería con una réplica de pistola en la localidad bonaerense de Moreno, pero el dueño del comercio lo hizo desistir del robo y lo echó del local. En medio de una realidad angustiante, este chico amenaza, pero, a su vez, es amenazado por las problemáticas sociales que lo oprimen; sin embargo, "su juego" no es creíble; la víctima lo empuja hacia afuera, cual niño de ocho años, tal lo que es, para que busque otro esparcimiento no tan peligroso.

Estos chicos habitan un mundo que los excluye. El niño de la provincia vecina, expulsado de la escuela por un hecho que podría considerarse menor, quedó afuera, a la intemperie; el establecimiento no supo incluirlo porque no respondía a los parámetros de "normalidad" esperables en una institución aún acostumbrada a disciplinar, a vigilar y castigar, sin tener en cuenta las subjetividades.

Es necesario cuestionar la lógica de identificar al chico con la delincuencia y apostar a otra forma de construir una sociedad más democrática. Porque estos niños, producto de las contradicciones de la época, reflejan que aún no se ha tomado conciencia colectiva de la importancia que tiene el cuidado de las infancias y que aún faltan políticas públicas que se ocupen de los más pequeños, si pretendemos vivir en el marco de la justicia y de la equidad.

¿Qué puede la escuela?

El Estado, garante de la educación de todos y cada uno de los ciudadanos, debe asumir el caso como un grave problema a resolver ya que el nivel educativo de un país es un indicador de su grado de desarrollo social y humano. Y, por el contrario, la ausencia de oportunidades de acceso y permanencia en la educación, redundan en una vida enmarcada en la pobreza, no sólo con consecuencias personales, sino también sociales. Por lo tanto, es el encargado de diseñar políticas públicas que permitan acceso a una vida digna; esto es, acceso a la educación, al mundo del trabajo, a una vivienda, a agua potable, a la salud pública, entre otros derechos fundamentales. De lo contrario, la marginación se perpetúa, a menos que cambien las condiciones que lo generan.

En los últimos años, según la Unesco en los resultados del Tercer Estudio Regional Comparativo y Explicativo (Terce) realizado en la región, "la tasa de abandono escolar es uno de los indicadores más preocupantes en política educativa, porque refleja la incapacidad del sistema escolar para garantizar oportunidades educativas para la población"

A su vez, el estudio nacional Operativo Aprender arrojó un dato general, pero no menos alarmante: de cada 100 chicos que comienza la escuela primaria, sólo 40 finalizan el secundario, a sabiendas que la deserción se da, en mayor medida, en los sectores más vulnerables.

En ese marco, la escuela, institución educativa por excelencia, es la encargada de llevar a cabo lineamientos educativos inclusivos y, a su vez, de calidad educativa para que estos niños, como otros tantos, no queden afuera del sistema, entrampados en un círculo vicioso que los deja en una encerrona trágica y desterrados de los espacios que deberían contenerlos.

Se necesita una escuela que, lejos de expulsar, acompañe las trayectorias individuales y los incluya. La única manera de lograrlo es con políticas públicas educativas acordadas y planificadas a largo plazo y sostenidas por todos los que conformamos la sociedad porque no sólo es responsabilidad de la clase política.

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