La calle da un espectáculo incesante, polícromo, inagotable. Y cada porción del día tiene paisajes diferentes, hasta antagónicos aún desde un mismo punto de observación. A las seis se encienden las luces de las panaderías, las siete y media se da la película de apuros y nervios frente a las escuelas, que se repetirá _con más luz_ a las doce y media; entre las 8 y las 9 se desperezan los supermercados, las carnicerías y las verdulerías, media hora más tarde empiezan a aparecer las chicas que abren las boutiques, las zapaterías y las pilcherías del centro y de ahí hasta el crepúsculo todo es un borrón de gente que va y viene. A las siete, siete y media de la tarde las persianas empiezan a bajarse, las puertas se cierran con cadenas y candados y el silencio empieza a ganar espacio. Solo los bares estiran las horas de encuentros y placeres.





















