En la época de la Facultad con un grupito eramos fanáticos de Brecha, un semanario uruguayo de actualidad política que combinaba muy buena información con gran calidad narrativa. En 1990 estábamos en Montevideo con Alvaro Torriglia, que hoy es jefe de Economía de La Capital, y por un teléfono público llamamos a Samuel Blixen, que nos parecía el mejor investigador de ese medio. Para nuestra emoción nos atendió y nos invitó a ir a su casa del barrio Malvín a conversar un rato.
Por esos días Blixen había publicado que uno de los senadores más influyentes del menemismo aparecía como titular de una cuenta en el Banco Pan de Azúcar, donde mediante una triangulación habían depositado 200 mil dólares sin origen claro. Nosotros estábamos abrumados por la cantidad de datos del informe. Tratamos de no ser ansiosos pero teníamos 22 años y el único deseo era que el mago nos mostrara sus trucos. ¿Cómo demonios era posible acceder a tanta información reservada y precisa? ¿De qué forma moverse para obtenerla? ¿Cómo había hecho? Por alguna compasión hacia la tosca insistencia de esos dos párvulos, o tal vez porque lo habíamos cansado, Blixen solamente dijo: "Botijas, en los bancos trabaja gente".
Pasaron casi treinta años y entre las enseñanzas más valiosas que recogimos en el oficio están esas palabras de Blixen. La obviedad no tan obvia del comentario es que cualquier artículo o investigación que publica un medio tiene como fase germinal el hecho de que alguien habla. El asunto que muchas veces no se percibe es que esa voz que revela algo no es quien creemos que lo hace.
Supongamos por ejemplo una investigación importante que lleva adelante un fiscal en un caso de fuerte interés público. Pensemos en los atentados a domicilios de jueces o en el asesinato de un prestamista que lleva hasta la casa de un presunto narco en la que se descubre evidencia que conduce a apartar a un policía de Drogas. Casi con certeza el fiscal estará en un lugar privilegiado porque centraliza una información múltiple. Pero los datos están en muchos lugares que difícilmente permitan un control. Los fiscales tienen colaboradores múltiples. Muchos de estos están afuera de la fiscalía. En distintas fuerzas de seguridad, en manos de peritos profesionales, en ámbitos autónomos de investigación, en conocimiento de defensores, en distintas reparticiones de los tres poderes del Estado.
Eso vuelve a la información muy difícil de controlar. Los datos son, básicamente, indóciles. Porque circulan por muchos canales y recovecos. Pero una tentación reiterada e invencible de quienes manejan información privilegiada es cerrar el grifo. Creen que apuntando a la punta de la pirámide se consiguen resultados. Sin ánimo de causar decepciones habrá que decir que mejor no intentar por ahí. Lo único que se nota es la intención de control. La medida será, como todas las que tienen que ver con el control de la información, inútil e impracticable.
El martes el fiscal regional de Rosario, Patricio Serjal, les cursó una nota a los fiscales recordándoles que antes de conceder cualquier nota periodística deben darle cuenta al encargado de prensa del organismo en Rosario o a la Subsecretaría de la Regional Rosario del Ministerio Público de la Acusación (MPA). Les indicó que la coordinación de la Fiscalía de Rosario con los medios de prensa es tarea de esa oficina en todos los casos, "lo cual tiene como principal objetivo centralizar información y evitar cualquier tipo de confusión en la información brindada o generar una repercusión negativa hacia el fiscal hablante o la Fiscalía en general".
"La decisión del fiscal regional Patricio Serjal no es algo que perturba a los periodistas. También molesta a los fiscales" Es completamente lógico que cualquier órgano público se conceda una estrategia de comunicación y que busque una política de imagen que favorezca a sus funcionarios. Lo que es un equívoco garrafal es pensar que la oficina de prensa de la Fiscalía Regional puede centralizar toda la información disponible de los setenta fiscales que hay en Rosario. Un equívoco en el que caen muy a menudo muchos periodistas que piensan que si un medio tiene una información exclusiva es porque hay un fiscal que lo favoreció de manera excluyente retaceando información a los otros. Cuando en realidad, como quedó planteado, los actores de la información son plurales. Y muchos que tienen datos de la fiscalía están fuera del ámbito del MPA.
Cuando se construyó el armazón del nuevo sistema penal, hacia 2010, una de las banderas era que el MPA venía a romper con la ausencia de publicidad de temas de interés comunitario que caracterizaba al sistema escrito. Por entonces el actual fiscal regional tenía domicilio en San Pedro, pero eso estaba en toda la folletería del Ministerio de Justicia. Es verdad que si algo distinguió al MPA es la preocupación porque la información llegue a los medios y por tener allí un encargado respetado, idóneo y eficiente. Pero también es cierto que ponerles una especie de aduana a los fiscales, que son representantes de la sociedad, cada vez que un medio los solicite, no es algo tranquilizador para quien consulta ni para los consultados. Esto no es algo que perturba a los periodistas. También molesta a los fiscales.
El control de la información está basado en una idea precaria que es la de que eso puede funcionar. No ocurrirá. Los periodistas tenemos un deber de control que es evitar que una información divulgada en forma precipitada malogre una investigación. Pero lo que no se puede es impedir que la información circule. Porque en todos los lugares donde eso pasa, como nos enseñó Blixen, trabaja gente.