Miradas

La fuerza del agua sobre la sangre

Una imagen que habla de nuestro cotidiano: todas las semanas, una vecina busca un balde y trata de borrar la huella de sangre que deja la violencia en las calles

Domingo 22 de Noviembre de 2020

La Iglesia San Francisco de las Llagas es una de las más pintorescas de Rosario y cuando fue levantada en el siglo XIX le dio el nombre a lo que entonces era conocido como el pueblo de San Francisco, por la imagen del santo que estaba en la parroquia. Con el transcurso de los años dejó de ser pueblo para ser parte de la ciudad y pasó llamarse San Francisquito. Su arquitectura de la primera parte del 1900 y una fachada rosa oscuro, aun brillante de la remodelación hecha en 2017, contrastan con el vecindario, modesto y descolorido. La iglesia fue el viernes paso obligado para llegar a la esquina de un doble homicidio. En un barrio que, como muchos otros rosarinos y como el santo de los pobres, tienen llagas.

Simples o dobles, los crímenes ya no sorprenden en una ciudad que hace ya mucho tiempo viene mostrando contrastes dolorosos. Muertos tirados en la calle, apenas cubiertos por una sábana blanca, son parte del paisaje que completan las vainas desperdigadas sobre el asfalto rodeadas por un círculo de tiza. Uno acá, dos allá y se pierden en la cuenta.

Frente a una de esas escenas se pararon en la mañana de viernes más de cincuenta vecinos. Observaban desde la esquina de Lavalle y Amenábar a policías de investigaciones, peritos, un fiscal y periodistas, todos devenidos actores de un teatro ante espectadores enmudecidos y atentos.

Como en los teatros, los actores dejan la escena. Se disuelve. La muerte deja su rastro de sangre. Una vecina busca un balde rojo estridente que contrasta con el gris del asfalto tanto como la fachada de la iglesia lo hace con el barrio. La mujer lava la enorme mancha roja, intolerable, que quedó sobre Lavalle. Con brazos fuertes y decisión tira el agua que en un sólo movimiento se funde con la sangre. El agua y la sangre tiñen de rosa oscuro el asfalto. Ahora la calle y la iglesia tienen el mismo color.

Todas las semanas, en algún rincón de Rosario, veinte, treinta o cincuenta vecinos observan una escena que se repite: una sábana sin color y un cuerpo joven sin vida.

Todas las semanas, alguna vecina busca un balde y trata de borrar las huellas de la violencia. Lo hace con lo único a su alcance: la fuerza del agua.

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