Francisco Vázquez Fernández, catedrático español, escribe en su libro "Etica y
deontología de la información": "¿Qué está sucediendo de verdad? —refiriéndose a
España—, quizá que la prepotencia política ha tocado techo y que la conciencia crítica de la
falsa política ha tocado fondo. Los que viven de la política han dejado al descubierto ante la
ciudadanía que no saben vivir para la política con honestidad, con compromiso y con lealtad a sus
principios. Y los sufridos ciudadanos han tomado clara conciencia de que sus representantes
—con dignas excepciones— tienen exclusivos ámbitos de intereses".
Sin duda, no pocos lectores de esta introducción, si no se hubiera citado al
autor del concepto y la mención de España, hubieran pensado, como pensé yo, que era una referencia
a nuestro país.
Lo acontecido últimamente —por suerte suavizado en procederes recientes
del gobierno— justificó con exceso nuestra apreciación.
Estamos en democracia. Más siento la necesidad de refrescar la significación que
ella encierra a modo de luz que disipe tinieblas que algunas veces la oscurecen. Acudo para ello a
lecturas perdurables. La faena de la democracia debe ser incesante, como las pulsaciones de la
vida. Esto reclama de todos, pero muy especialmente de los que ostentan cargos públicos, hacer
todos los días algo para cimentarla, no para defraudarla; para enaltecerla, no para ofenderla; para
honrarla, no para denigrarla; en definitiva, para vivirla, no para sufrirla.
Aristóteles conoció a la democracia en la cuna y propició y logró su
crecimiento, escribiendo para su tiempo y para la posteridad lo siguiente: "En la actualidad,
debido a los beneficios materiales que se obtienen del ejercicio de la autoridad, se desea
permanecer en la función pública. Todo, como si el poder conservara siempre con buena salud a
quienes lo detentan, por débiles que fueran; en dicho caso, es de esperar una tendencia masiva a
ocupar empleos públicos". El filósofo griego escribió este concepto trescientos años antes de J.C.;
pero su advertencia y mensaje lo hacen tan vigente como ayer.
Daría la impresión que la ética pregonada por el estagirita se hubiera
empantanado. Esto, preocupó a Paul Valery, que afirmó: "Hay políticos que para poder subsistir,
traicionan los principios que los hizo existir". Por eso, cuando se reclama extender la ética a la
política podríamos preguntarnos: ¿y si comenzáramos por extender la ética a los políticos? La
respuesta sería esta: serviríamos a la política y no nos serviríamos de ella.
J.P. Forner generalizó, cuando su deber era hablar de excepción. En su discurso
sobre el amor a la patria nos dice: "Una democracia es un campo de batalla donde la ambición de
pocos jefes se disputan a palmos la facultad de subyugar al pueblo a costa de la inquietud y a
veces, de la sangre y la miseria del pueblo". No siempre fue así. No lo sería nunca si se dejara el
surco ciudadano libre de las malezas que atacan la vigencia de la democracia.
"Hay que ser esclavo de la ley para ser libre", dijo Montesquieu. Y nuestra ley
mayor, la Constitución nacional, nació sabia porque la gestaron hombres sabios. Ellos pregonaron
que no hay peor autoritarismo que el que se ejerce a la sombra de las leyes, lesionando a la
democracia.
Aconsejo a los jóvenes leer "Cartas a los herederos", de Antonio Gala. El
escritor, al no tener hijos, considera a todos los jóvenes sus herederos y les dice: "Os recuerdo
una verdad que suele olvidarse: lo común no es que la democracia no es de nadie, sino que es de
todos, pero de uno en uno. Que no es una panacea, sino una costosa posibilidad; no es un regalo,
sino un aprendizaje; no un bien que se defienda con armas, sino con el convencimiento y la
generosidad. No os desintereséis de la democracia. Es de la juventud, es vuestra, como vuestra vida
y vuestro amor. No la deis por hecha; igual que la vida y el amor no termina de hacerse".
Y volviendo a la historia de nuestro país, los jóvenes deben saber que la
democracia hace soberano al pueblo. Así lo entendieron los argentinos que luego del naufragio de la
reforma rivadaviana, sancionaron el dramático artículo de la Constitución nacional de 1853,
señalando a los legisladores que entregaran la suma del poder público con la marca de infames
traidores a la patria. ¿Por qué? Porque el derecho del pueblo es anterior al del soberano. Y esa es
la esencia de la democracia.
Y ese estadista genial que se llamó Juan Bautista Alberdi nos dice lo siguiente:
"Ni los presidentes de las repúblicas, ni los reyes de las monarquías, son jueces para decidir
sobre formas de gobierno. Los unos y los otros son incompetentes. Porque son parte interesada, sin
duda, la más interesada. Para el rey, la República es la pérdida de la silla del soberano —el
trono—; para el presidente, la monarquía es la pérdida de su silla de jefe supremo del
Estado. Que la silla se llame simplemente silla o trono, es lo mismo, porque es la silla del poder
supremo que apetecen con el mismo ardor el presidente y el rey".
Albert Camus, a los huérfanos de padre, les aconsejaba fortalecer los desvelos y
cuidados maternos, buscando más allá del hogar, el ejemplo y la compañía de hombres probos, dignos,
amantes de lo bello, lo justo, lo noble, sólidos y supremos ideales democráticos. Y de ser posible,
colgarse de sus alas y acompañarlos en el vuelo.
En su libro "La Argentina como sentimiento", Víctor Massuh nos dice: "Las
dicotomías tajantes revelan que el mal argentino no es un hecho histórico, sino un estado del alma:
es el vacío del descreimiento" y sugiere una urgente tarea, cual es, alcanzar la legitimidad que
surge al subordinar la voluntad a una ética jurídica y constitucional. Transcribimos sus palabras:
"Cuando un ser humano descubre que su contradictor, es una prolongación de sí mismo, que el único
caudillaje auténtico es el que se ejerce sobre la propia voluntad y no sobre otros; cuando además
comprende que la libertad es conquista de sus manos y no de una dádiva de los otros, en ese preciso
momento, la democracia levanta su reino".
Finalmente, auguremos que en nuestra República, nos alejemos del techo y del
fondo. Optemos, como quería Maimónides, por el justo medio, donde reinan —y con riqueza
institucional— los valores imperecederos de los pueblos dueños de su destino.