Opinión

El amor después del amor

CFK en Rosario. Miradas y sensaciones de una tarde particular.

Viernes 21 de Junio de 2019

Son muchos, y entre ellos, muchos son jóvenes. En las miradas de todos resulta visible el entusiasmo. Esos ojos brillan.

Afuera, sobre el pasto salpicado de hojas secas, están los más humildes, los que tienen menos (que cada vez son más). Vinieron con mate, trajeron algo para comer. Llegaron familias enteras. Con chicos.

Hay mucha expectativa y se nota. Porque hace tiempo que la Argentina es un país que está a la intemperie. Donde, además, llueve demasiado seguido.

La mujer que en un rato va a presentar un libro allá adentro, en las fauces del shopping, está asociada en la memoria de quienes están allí, sentados y mateando, a una cotidianidad mejor. Ellos, acaso, no hagan demasiadas abstracciones: sencillamente tienen claro que entonces, no hace tanto, la plata les alcanzaba para llegar a fin de mes y podían darse gustos con los que ahora ni siquiera sueñan.

Y entonces vinieron.

Adentro, ya en el interior del vasto espacio donde se va a realizar el acto, el nivel socioeconómico es distinto pero el entusiasmo no. La euforia se transmite a los cuerpos: la música de fondo (cumbia de Los Palmeras) hace que los pies se muevan, y también las caderas. De pronto, sin embargo, “El bombón asesino” da paso a acordes rockeros. Y empieza a sonar una canción de Fito Páez cuyo título podría sintetizar lo que está ocurriendo en ese lugar, un 20 de Junio rosarino que podría haber ganado con tranquilidad cualquier campeonato de melancolía.

Pero allí adentro, donde en minutos Cristina Fernández de Kirchner va a presentar su libro “Sinceramente”, no hay melancolía de ninguna clase. Hay esperanza.

Ella aparece de pronto y la gente estalla. Se para en los asientos, filma, saca fotos, grita, se parte las palmas para aplaudir. Ella se emociona. La gente también. Los mismos ojos que antes brillaban por el entusiasmo ahora brillan por otro motivo.

Ella, entonces, empieza a hablar. Y lo que se percibe, más allá del contenido específico de las palabras, es la genuinidad del tono. Tal como es genuina la alegría de quienes la escuchan. Porque en este país, donde la crisis de la política se ha vuelto tan ostensible, se sienten nada menos que representados.

Ella habla y todos escuchan con atención, casi con unción. Es una ceremonia que se reedita. Una antigua ceremonia.

La comunión que se vive allí sólo surge cuando el liderazgo se ejerce desde la empatía.

(También, claro, hay muchos que la odian. Esa es la contrapartida. El precio).

Han pasado cuatro años desde su alejamiento del poder, pero el vínculo que une a Cristina con una parte importante del pueblo está intacto. Eso es lo que se vio ayer en Rosario.

Ya lo había dicho Fito Páez, aunque nadie se diera cuenta. Se trata, simplemente, del amor. Después del amor.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario