
Este 16 de septiembre se cumplen 50 años de lo que recordamos como el segundo Rosariazo o el Rosariazo Obrero. En una ciudad "rebelde" donde desde finales del siglo XIX los sectores populares han dicho presente en cada encrucijada importante de conflictividad, el segundo Rosariazo es seguramente el punto más alto. Por su notable masividad, por la potencia que expresó, por el impacto político que tuvo, por la terrible represión que generó se puede decir que no hay momento en toda la historia de nuestra ciudad que la conmoviera tan profundamente. Sin embargo, aparece como un hecho casi olvidado de nuestra historia: a 50 años de aquel vertiginoso 1969 se habla del Cordobazo de finales de mayo y del primer Rosariazo que se dio pocos días antes, pero pareciera que el Rosariazo Obrero, el de septiembre, no importara más que a algunos historiadores o grupos militantes. Y creemos que no se trata de un olvido casual: se trató de un "hecho maldito" que los sectores del poder apuestan a borrar de nuestra memoria.
En el final de la década de los '60 sobraban señales de un mundo convulsionado. El Mayo Francés, la Primavera de Praga o las inmensas movilizaciones en el territorio de EEUU contra la guerra de Vietnam mostraban con claridad la crisis de los gobiernos y a una juventud que quería cambiarlo todo. La Revolución Cubana era un faro muy poderoso para toda América y el asesinato del Che en Bolivia dos años antes no había hecho más que potenciar su figura y sus ideas.
La dictadura de Onganía tenía ya mucho de caricatura. No quedaban ni rastros de aquellos pretendidos aires de grandeza de una Revolución Argentina que había venido a dar vuelta la página de la historia, que no tenía "tiempos ni plazos sino objetivos", que iba a garantizar la grandeza del país. Onganía expresaba todo lo que crecientes sectores de la población repudiaban: un autoritarismo asfixiante, la proscripción del peronismo, los acuerdos con las más desprestigiadas cúpulas sindicales y eclesiásticas, la sumisión al FMI y el gran capital extranjero, el ataque a la Universidad. Los levantamientos de mayo habían sacudido duramente al gobierno y septiembre le daría el golpe de gracia.
El Rosariazo Obrero se inició con la huelga lanzada el 8 de septiembre por la Unión Ferroviaria ante la suspensión de un delegado. Ya el 12 declaran la huelga por tiempo indeterminado que se extiende a los otros gremios ferroviarios y a todas las seccionales del país. La dictadura responde decretando la militarización del ferrocarril que implicaba que todos sus trabajadores debían cumplir órdenes de la policía y el ejército y estaban regidos por el Código y los Tribunales militares. Mientras la situación se recalienta en todo el país la CGT Unificada de Rosario declara un paro de 38 horas a iniciarse a las 10 de la mañana del 16 de septiembre, la Federación Universitaria se suma a la medida. Pese a las amenazas del gobierno militar, en el horario convenido miles de trabajadores desde los distintos puntos de la ciudad marchaban encolumnados para concentrarse frente a la histórica sede de la CGT de calle Santa Fe y Balcarce. La represión policial fue brutal y duró todo el día. Las fuerzas represivas buscaron garantizar el control del centro de la ciudad mientras los barrios estaban controlados por los huelguistas. La furia popular contra la dictadura y la represión dejó como saldo tres estaciones de ferrocarril y decenas de trolebuses incendiados; también fueron atacadas las sedes de algunas empresas emblemáticas del poder económico. En los más diversos puntos de la ciudad las barricadas improvisadas por los manifestantes mostraban el poder obrero y la solidaridad de toda la población; se improvisaban asambleas donde se debatía cómo continuar. Se trató de una notable demostración de poder de los trabajadores que, en unidad con el movimiento estudiantil, aparecían dispuestos a todo para defender sus derechos y tumbar la dictadura, pero además empezaban a esbozar desde la fuerza de las organizaciones obreras y desde las asambleas barriales mecanismos alternativos de poder. Las cifras de los historiadores hablan de entre 100000 y 250000 manifestantes. Hizo falta la acción conjunta de miles de efectivos de la Policía provincial, la Federal, Gendarmería y el Ejército para controlar la situación. Por la noche, el Comando del Segundo Cuerpo advertía: "Comunicado a la población: Una agrupación de combate compuesta por artillería, infantería, ingenieros y elementos de apoyo ha llegado a la ciudad de Rosario. Los citados efectivos están al mando del señor coronel Leopoldo Fortunato Galtieri."
Al poco tiempo Onganía debió ceder el poder y luego la dictadura se vio obligada a convocar a elecciones libres. Pero en marzo del '76 los militares volverán para completar la tarea: centralmente quebrar el poder de las organizaciones obreras y populares.
Hoy Rosario es muy diferente a hace 50 años. Ya no es más el centro de un poderoso polo industrial con economía en ascenso y pleno empleo donde decenas de miles de trabajadores llegaban cada mañana en colectivo o en bicicleta a su lugar en la fábrica. En los talleres del ferrocarril donde trabajaban miles de obreros hoy funciona un centro comercial. Desde hace ya décadas el desempleo llegó para quedarse, los jóvenes que tienen la suerte de conseguir un trabajo sufren todas las formas posibles de precarización laboral y salarios de pobreza. En muchos barrios hoy no mandan las organizaciones obreras sino los narcos que saben sacarle el jugo a la miseria y a la falta de horizonte de miles de pibes.
Recordar el segundo Rosariazo es aprender de lo mejor de nuestra historia. Recuperar un momento de protagonismo popular único que los dueños del poder quieren olvidar. Cincuenta años después nos apropiamos de sus banderas para luchar en este presente. Con los sueños de aquellos trabajadores y estudiantes apostamos a construir otro futuro: un mundo donde los proyectos colectivos le ganen al individualismo que nos quieren imponer, un mundo en donde no manden las ganancias de unos pocos sino las necesidades de todos.




