Apoteótico, épico o como quiera llamársele. En un verdadero partidazo, muy mental y de mucho rigor físico, Sudáfrica se impuso a Nueva Zelanda 12-11 y se consagró tetracampeón mundial. El Mundial Francia 2023 terminó y el defensor del título logró su objetivo y la copa William Webb Ellis vuelve a la tierra de Mandela.
Fue un partido memorable, por ambos lados. De hecho la escasa diferencia se estableció por pequeños detalles, ellos que separan a un campeón del resto.
En ochenta minutos sin respiros, las dos potencias del rugby mundial, dieron un espectáculo que solamente ellos pueden dar. Con una definición como la que se dio, es imposible no remontarse a la final de 1995, cuando ambos equipos se enfrentaron en el partido decisivo por primera vez. Esa vez un drop de Joel Stransky definió el pleito, ayer el aguante de una defensa que no supo de claudicaciones fue la clave para que los Boks cantaran victoria.
La experiencia jugó sus cartas en este logro. De hecho los Springboks tuvieron a 10 de los 15 hombres que jugaron la final del Mundial 2019, el que le ganaron a Inglaterra. La forma de jugar de los Springboks puede gustar o no, pero a juzgar por los resultados fue uno de los equipos más sólidos del campeonato, mostrando una capacidad extraordinaria de administrar sus partidos a la perfección y dominando los partidos de marcadores cortos, exhibiendo una gran fortaleza mental y categoría a lo largo de la cita ecuménica. Ayer no fue la excepción.
Ante los mismísimos All Blacks, un equipo que después de perder con Francia en el debut siempre fue “in crescendo”, los Boks mostraron toda su agresividad y los dominaron casi a voluntad en el primer tiempo con un juego muy vertical en ataque y una sólida defensa. De hecho los hombres de negro estuvieron casi un cuarto de hora sin poder ingresar a campo de los Boks. Cuando lo hizo Sudáfrica le cerró bien los espacios, sobre todo por el muy buen trabajo de la tercera línea y los tres de atrás. La efectividad de Handré Pollard para transformar las infracciones en puntos le alcanzaron a los Springboks para llevarse el primer parcial de un partido donde los errores no están permitidos.
A Nueva Zelanda le costó progresar en el campo de juego y pocas veces supo como resolver los momentos de presión que sufrió por parte de los sudafricanos. Jugó con intermitencias y el panorama se le complicó cuando se quedó sin Sam Cane, su capitán, por un tackle peligroso.
Obligado por el marcador en contra (12-6), Nueva Zelanda salió a quemar las naves. El vértigo y juego de ataque de los All Blacks por momentos superó al poderío físico de los Springboks, que de a ratos se convirtieron en una verdadera pared verde. Pero una pared también se rompe, o se raja. En una de las pocas desinteligencias de los sudafricanos, Nueva Zelanda facturó. La combinación entre Mo'unga para romper la linea de ventaja y Smith para definir pareció ser la llave para pasar al frente, pero un knoc on previo anuló dicha conquista y todo quedó como estaba.
Con una intensidad que pocos equipos pueden sostener, ambos titanes del hemisferio sur pelearon palmo a palmo cada centímetro del campo de juego. Palo a palo. Sin respiros. Minutos después, a los 28', Beauden Barrett llegó al try y dejó a Nueva Zelanda a tiro. Mo'unga falló la conversión y eso le dio vida a los Springboks, que a los 34' no solo se quedaron sin Cheslin Kolbe (quien vio la tarjeta amarilla) sino que sufrió con el penal que Barrett pateó desviado. Evidentemente la suerte del campeón estaba echada.
El final fue de película. Los Springboks ganando por apenas un punto, Nueva Zelanda atacando y un scrum en campo de los Boks con toda la presión en esa pelota. Los de verde aguantaron y tuvieron un resto más como para sacar a su oponente de la cancha y que el árbitro marcara el final del partido. Los brazos al cielo de los hombres de verde marcaron el final de la historia, un final que puso a Sudáfrica en el lugar más alto del mundo del rugby.