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Interiores: El oden de las cosas

El quiasmo es una figura de la retórica un tanto especial en donde se invierte la secuencia de una frase con el resultado de que en general dicha inversión arrastra también al sentido del mensaje que deviene en su opuesto. Muchos dichos o chistes populares utilizan este recurso como aquel que dice no es lo mismo el árbol de la vida que la vida del árbol

Domingo 06 de Enero de 2008

El quiasmo es una figura de la retórica un tanto especial en donde se invierte la secuencia de una frase con el resultado de que en general dicha inversión arrastra también al sentido del mensaje que deviene en su opuesto. Muchos dichos o chistes populares utilizan este recurso como aquel que dice no es lo mismo el árbol de la vida que la vida del árbol.

  Si aplicamos el quiasmo al título y tema del artículo de hoy nos encontramos con una diferencia interesante ya que no es lo mismo el orden de las cosas que las cosas en orden. El orden de las cosas tiene una dimensión y un sentido más general que la expresión de las cosas en orden que se refiere a las cosas de cada uno, ya sean las cuentas particulares, las cosas del querer o las del trabajo o las del dinero en el caso de aquellos que están dentro del sistema. Es sabido que la preocupación por el orden está dentro del listado de preocupaciones fundamentales del ser humano, con toda probabilidad de todos los tiempos tanto a nivel general como individual. Incluso es un tema y una cuestión constante entre padres e hijos. Una suerte de lucha, con predica y todo, donde los padres enarbolan la bandera del orden que los hijos por lo general desatienden.

  Se podría decir que alguien ha adquirido un nivel de autonomía cuando ha construido su propio orden, en definitiva distinto al de sus padres. De lo contrario si persiste anclado en un determinado desorden, si insiste demasiado en algo que se podría llamar una especie de "hijez" crónica, entonces ese alguien, seguramente de un modo inconsciente, circula suponiendo que los padres están siempre detrás ordenando lo desordenado.

  Giros

 En el fondo el orden de las cosas no es del todo controlable. Por lo eso tenerlo controlado es seguramente uno de los sueños más caros para los humanos. Así lo prueba un saludo que se ha vuelto habitual: ¿todo bajo control? El saludado por lo general responde con un sí; y es de suponer que el saludador también tiene todo bajo control, con lo que la conclusión de semejante armonía va directamente a una frase tristemente célebre de la historia política argentina: la casa está en orden.

  En semejante metáfora ¿cuál es la casa? Puede ser tanto el país, como el mundo, la casa propia o el propio sujeto. En cualquiera de los casos nunca la casa puede estar en orden, aunque luzca prolija, en tanto y en cuanto el orden soñado equivaldría a que cada día y cada noche surgieran sólo las causas previstas y con sus efectos correspondientes. De forma tal que el orden de las cosas se pudiera monitorear al instante con un resultado escalofriante: sujetos equilibrados con la inteligencia y las emociones en estado de mesura, países ordenados con sus habitantes sin cruzar ninguna amarilla, ni mucho menos pasar los semáforos en rojo, todo con tanto orden que los tribunales y los jueces se quedaría sin trabajo.

  Finalmente, un mundo verdaderamente en paz sin la obscenidad de la riqueza, con las armas confinadas en museos que mostrarían el horror ya superado pues en el nuevo mundo no habría lugar ni para los ejércitos, ni para las bandas armadas, ni para tiradores solitarios. En suma, un mundo tan nuevo en el que el otro y todos los otros tuviesen lugar, un mundo con límites pero sin fronteras, sin nacionalismos, ni religiones por las que haya que morir o matar. Llegados a este punto el coro de voces exclama a los cuatro vientos que esa imposible realidad es precisamente una utopía. Sin duda, pero también sin olvidar que la utopía es el más extraño de los lugares, ya que es el lugar de lo que no tiene lugar, razón por la cual el mundo tiene la mala costumbre de "domiciliar" ahí los ideales.

  A lo largo del siglo pasado era casi normal en nuestro país hablar de golpe de estado. Los analistas políticos hasta vaticinaban con bastante precisión la fecha del próximo golpe, no tanto por la profundidad de sus análisis, sino por sus contactos con los golpistas. La fórmula de los golpes era aproximadamente la misma: restablecer el orden. En el último golpe el general Nicolaides quiso darle contundencia científica a su promesa de ordenamiento cuando dijo "que las cosas iban a tener un giro de 360 grados". Como se sabe, algo que gire 360 grados vuelve al mismo lugar de donde se inició el giro. Las cosas no giraron los ridículos 360 grados, sino los 180 grados que hacen que en estos días Nicolaides reciba los 25 años de reclusión que ningún punto final logró detener.

  La máxima ambición de los autoritarios es regir el orden las cosas, pero éstas más tarde o más temprano ponen las cosas en orden, sacan a los dictadores de circulación y envían sus dictados a los museos.

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