En este mundo lleno de accesos para los sitios más variados tanto reales como
virtuales no hay un camino seguro, ni una vía directa, ni demasiadas claves, ni siquiera un mísero
y preciso pin que nos permita llegar al lugar del otro, o al menos vislumbrarlo. No es una
prioridad nacional, ni tampoco universal esto de llegar al lugar del otro, sin embargo en muchas
ocasiones se puede escuchar un tipo de reclamo vinculado con el tema en sus dos versiones
extremas:
u Los reclamos que nos hacen.
u Los reclamos que hacemos.
En ambos casos la fórmula es la misma: cuando decimos o
cuando nos dicen ponéte en mi lugar. Esto se dice en el modo argentino del exhorto, que suena aún
más imperativo que en la versión peninsular del idioma español que en su ortodoxia resuena más a un
pedido que a un clamor cuando dicen: ponte en mi lugar. Probablemente uno de los mayores reclamos y
también uno de los mayores esfuerzos por parte de quién lo recibe: por un momento ponerse en el
lugar del otro para comprender las razones que lo llevaron a tal decisión que, en principio,
aparece como incomprensible.
Como se sabe somos mucho más proclives a emitir reclamos
que a escucharlos, un rasgo que se acentúa aún más cuando se trata nada menos que de considerar al
otro desde su lugar para lo cual resulta imprescindible abandonar el nuestro. Operación de alta
complejidad y de alta densidad que requiere por parte del reclamado que no realice lo que en la
jerga jurídica se llama rechazo in límine, es decir que la solicitud rebote al punto de que no pase
la mesa de entradas, y en lugar de dicho rechazo le de entrada al bendito reclamo. Entonces,
pegando uno de los mayores saltos existenciales que se pueden hacer, el reclamado se posa en el
lugar del otro transformándose de pronto en un ser comprensivo, tolerante, paciente, despojado de
ansiedad, dispuesto a considerar las razones del otro y abandonar por un espacio de tiempo las
razones propias.
De todos modos, más allá de los reclamos propios y ajenos,
la existencia de cada cual transcurre entre dos extremos insoslayables: el lugar o los lugares que
ocupamos y el lugar o lugares que ocupan los demás, es decir los que se denominan los otros
cercanos (pareja, familia y amigos). El resto es un campo infinito de desconocidos del que cada
tanto emerge alguien en una agradable sorpresa, o lo contrario.
Cada día hay que envolverse para poder dormir y
desenvolverse para poder salir al encuentro con los otros. Esto lleva de uno modo más o menos
inexorable a otros dos personajes, también extremos, que van a poblar la jornada de cada día:
u Los envueltos.
u Los desenvueltos.
Sin duda que una mayoría más que probable camina por la
existencia entre ambos polos envolviéndose y desenvolviéndose como puede, como debe y, hasta en
ocasiones, como quiere. Los muy envueltos son precisamente una suerte de niños envueltos que
circulan enrollados en exceso en sus propios olores y temores, con una mirada hacia adentro hiper
desarrollada que en su versión más patológica no ven ni el árbol, ni el bosque. Los demasiado
desenvueltos son aquellos personajes que (atractivos o no) tienen todo a flor de piel como si no
tuvieran un interior que albergue lo mejor y lo peor de lo que disponen para brindar a los otros, y
en lugar de soltarlo en una dosificación mínima lo van desparramando sin control acumulando más
rechazos que reconocimiento. Curiosamente los muy envueltos y los muy desenvueltos coinciden en la
misma operación básica: los primeros hacen un centro de su interior, los segundos se creen que son
el centro del mundo.
¿Hay alguien que habite en el centro del mundo? Sin que las Naciones Unidas
puedan aportar estadísticas al respecto, bien se podría pensar que el centro del mundo es un lugar
súper poblado pues quien más quien menos cree habitarlo. Lo que pasa es que el "centrismo" es un
fenómeno más que extendido en tanto y en cuanto se mueve en un sentido excluyente: la lucha por el
poder en todos los campos y muy especialmente en la política, lo económico y el amor. Al mismo
tiempo los ejemplos de acumulación y pérdida del poder son más que frecuentes en todos los
escenarios. En la política hubo dos ejemplos y dos ejemplares, uno en España y otro aquí: el gran
dictador Franco murió con el poder puesto, pero tal vez desde el cielo ve cómo poco a poco va
perdiendo la Guerra Civil que en la Tierra ganó durante 40 años. El otrora súper presidente Menem
se va "desflecando" día a día con la evidencia de estar atrapado en una secuencia terrible: de
presidente a ex presidente y de ex presidente a ser sólo un despojado "ex", vestido solamente con
dinero, más rodeado de juicios que de amigos. Quizás la humanidad sea mejor cuando el mejor amigo
del hombre, además del perro, pueda ser el otro.