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Rocambole: "Hay que disfrutar del arte ahora"

Dice que, en general, las personas dejan para el final de la vida la posibilidad de gozar de los hechos artísticos. Una charla a fondo con el artífice de la estética de Los Redondos. El hombre convertido en mito que es mucho más que el creador de los dibujos que se multiplican en remeras, pósters y pieles. Ricardo Cohen, un tipo especial.

Domingo 14 de Octubre de 2018

Uno de los dibujos más tatuados del rock nacional se gestó en pocos minutos, a las apuradas. Nació de la urgencia y se convirtió en mito. La historia se remonta a mediados de la década del 80. Los Redondos presentaban Oktubre, su segundo disco, y la Negra Poli (mánager del grupo) llamó a Rocambole, el encargado de las tapas de la banda. El diario necesitaba para antes de las 18 un aviso para promocionar el próximo show. Pero Ricardo Cohen —alias Rocambole— estaba lejos de su taller. Así que corrió a un kiosquito y compró un block de cartulinas negras, un liquid paper, un marcador y unas tijeras. Se sentó en un bar, cortó letras del diario para armar el texto y con el corrector blanco empezó a dibujar sobre el fondo negro la figura de un esclavo rompiendo unas cadenas, una imagen que tenía desde hacía un tiempo en la cabeza. Al poco tiempo, ese dibujo que hizo a los ponchazos se transformó en remeras, banderas y tatuajes.
“Lo que pasó con esa imagen es un misterio”, dice hoy Ricardo “El Mono” Cohen, más conocido como Rocambole, el dibujante detrás de las tapas y la estética de Los Redondos. De visita en Rosario para brindar una charla en el marco del encuentro internacional de diseño Pixelations 2018, habló con Más sobre la estética ricotera. Pero también sobre el presente atravesado por un bosque de pantallas, la juventud y la educación visual. También pidió un reconocimiento de la academia para el Indio Solari, a quien considera “uno de los poetas del siglo en las letras castellanas”.
En la charla que brindó en el Galpón de la Música, Rocambole fue recibido con una ovación por un público esencialmente compuesto de jóvenes. “Me siento el abuelo Simpson. De repente empiezo a hablar de cosas que a nadie le interesan, me vuelvo autorreferencial. O me quedo dormido con la boca abierta y tirado hacia atrás”, dijo para romper el hielo.
Sin embargo nada de lo que salió de su boca fue intrascendente. Cada reflexión, cada concepto que acompañó con imágenes proyectadas en una gran pantalla fueron seguidos con suma atención. El abuelo Simpson de gorrita negra y estrella roja en la frente al estilo del Che sabe cómo cautivar con su hablar pausado. Como un susurro muy especial.
Graduado con los títulos de profesor y licenciado en Pintura, el Mono Cohen ejerció la docencia universitaria desde 1984 y fue vicedecano de la Facultad de bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata.
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De los ovillitos a la escuela
Rocambole dice que desde que son casi bebés, los chicos y chicas apenas tienen un lápiz en la mano empiezan a dibujar ovillitos. Que esos ovillitos después se transforman en casas, aviones, vacas y autos. Y que a los cinco años cualquier chico ya es capaz de dibujar lo que quiere, hasta una ciudad entera, porque no le teme a nada.
Sin embargo advierte que algo sucede entre los seis y los doce años que hace que el 95 por ciento de las personas se frustre y piense que no sabe dibujar. Eso que pasa es la escuela: “Seguramente hay escuelas donde hay alguna actividad artística, pero en general, esa parte es de recreo más bien. No conozco a nadie que haya perdido el año porque no sabía dibujar, bailar, cantar o hacer poesía. Sin embargo si en gramática le va mal... Nos enseñan las formas del lenguaje pero no qué hacer con el lenguaje. Dan prioridad a asignaturas materialistas, más bien prácticas”.
Pero cuando le llegó el tiempo de la primaria, el pequeño Rocambole siguió dibujando. Como era medio patadura para el fútbol, se inclinó por el dibujo, haciendo caricaturas de sus compañeritos. Así zafó también del bullying que le hacían por no sumarse a los picados. “La vida de los niños es una selva peor que la de Tarzán y resistí porque alrededor de las artes plásticas o musicales siempre hubo una especie de respeto mágico”, cuenta. Por esa época también también se hizo “profesional”, dibujando para las maestras frisos sobre la germinación del poroto o el cruce de los Andes por los que cobraba unas monedas. Cuando terminó la primaria se armó de una valijita con pinceles y témperas y ofreció sus servicios para restaurar las cartelerías deterioradas de los circos o el tren fantasma de los parques de diversiones que llegaban a La Plata.
Admite que hay cierta influencia de aquel trabajo en parte del estilo que más tarde plasmó en su trabajos más famosos. Una rateada con sus amigos para ver en el cine Mayo la película Semillas de maldad (1955) significó su deslumbramiento inicial con el rock. Descubrió otro lenguaje que lo conmovía. Ahí empezó a germinar la semilla que más tarde haría amalgamar su arte con las bandas de rock.
— ¿Cómo surgió el nombre Rocambole?
—Lo empecé a usar alrededor del año 78 para una historieta. En ese momento estaba laburando en Brasil en un estudio de diseño y me piden una historieta nacional brasileña para una revista para niños tipo Billiken. Anduve buscando información y me interesó la historia de los Cangaceiros (bandoleros del nordeste brasileño). Había una película que hicieron los norteamericanos y otra que hizo Glauber Rocha. Inventé un guión y la hice. Pero veía que los dibujantes de humor e historieta firmaban con seudónimo. Entonces me dije: “Me voy a poner uno”. Ahí en Brasil hay un postre, un arrollado de dulce de leche y pionono, al que llaman Rocambole. Y me acordé que Rocambole era el héroe de un folletín francés de fines del siglo XIX escrito por Ponson du Terrail que se había editado en la Argentina a fines de los años 30 y mi viejo tenía la colección.
—¿Una historia que leías de pibe?
—Claro. Y como estaba ahí el postre ese, dije: el nombre me está llamando. Entonces me puse Rocambole. Y me trajo suerte.
—De ese joven que se puso Rocambole, ¿qué permanece en vos?
—Bueno. Obviamente que estoy más viejo y cansado, pero en general pienso lo mismo y siento que no hay mucha variante. No me aburguesé totalmente (risas). A esta altura de la vida lo que uno cuenta pasó hace mucho. Y todos son más jóvenes que vos.
—¿Seguís dando clases?
—Me jubilé en 2014. Bah, me jubilaron. Pero de vez en cuando doy seminarios, cursos, talleres.
—¿Te gustó la docencia?
—Si, cuando ingresé a estudiar en la facultad de Bellas Artes de La Plata tendría unos 24 años y no pensaba en ningún momento dedicarme a la docencia. Quería ser artista, como todos los que ingresan. Después le tomé el gusto a la docencia.
—¿Por qué preferís definirte más como dibujante que como artista?
—Porque hay muchos que se definen como artistas y yo no quiero ser como esos. Que se yo, artista es todo el mundo. La condición humana es ser artista. A todos nos gusta el arte, aunque no lo reconozcamos. En un momento dado la palabra artista definió un tipo de actividad. Hoy día eso se disolvió en muchísimas cosas. Artista es todo aquel que puede hacer algo y yo quiero ser alguien que se defina más claramente. Y dibujar lo hice toda la vida. Así que soy un dibujante.
—En estos tiempos de razón utilitaria de la formación y de predominio del mercado, ¿qué lugar tiene el arte y el dibujo?
—El arte es condición humana. Suponete un futuro ideal donde los robots reemplazaran a la gente y no habría que trabajar. Digo ideal porque cuando los robots empiezan a reemplazar a los obreros en vez de darle más vacaciones a los obreros los echan. Pero en un futuro así, ¿a qué se dedicaría la gente? Fijate que cuando llega a cierta adultez después de una larga vida de trabajo, ahorran plata y se pagan un tour para ir a París o Roma. Y ahí van a los museos, conocen todas las obras de arte y los tipos vienen re contentos. O sea, han aprendido a disfrutar del arte. Y es lo que hacen cuando empiezan a considerar que todo lo que había que hacer ya lo hicieron. Entonces les queda eso como la mejor cosa de la vida, la que hacen de última. Bien podrían hacerla de entrada. Pienso que el arte nos diferencia de todos los otros seres vivos del planeta, que nacen, reproducen, mueren y cumplen un ciclo. Pero solo el hombre hace cosas que no le sirven inmediatamente para nada. El hombre ha construido la religión, la filosofía, el arte, que sobrevuelan sobre toda la otra parte que es la vida material
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Bosque de pantallas
Rocambole invita a pensar el mundo digital que nos rodea. Lo define como “un bosque de pantallas” que transmiten información pero también la toman. Y reflexiona: “Empiezo a pensar que nuestro cerebro se está modificando. Está mutando a partir del impacto de las nuevas tecnologías a tal punto que se está volviendo un algoritmo. Prácticamente yo podría desaparecer y ese cerebro que está en la nube podría responder mis mensajes, porque está construido por algoritmos que saben nuestros gustos, preferencias. Y copian absolutamente todo”.
Alerta que en el caso de las redes sociales “nos hacen creer que vivimos en un mundo que no es real. Nos rodean de nuestras propias preferencias y grupos donde casi todos piensan como nosotros”. De seguir por este rumbo en poco tiempo “la raza humana habrá caído en un profundo pozo negro donde será devorada en nombre del mercado”.
Por eso, además de la enseñanza artística, propone que las escuelas asuman el desafío de preparar a los chicos y chicas en una educación visual para entender un mundo bombardeado por pantallas, ante las cuáles, dice, “estamos un poco inermes”.
Y agrega: “No tenemos cómo enfrentar este bombardeo, no tenemos ni el conocimiento ni la práctica. Es como un contrasentido, pero no es raro. Porque si vivimos en una sociedad materialista basada fundamentalmente en el comercio, en el mercado, es lógico que nos incentiven mucho en matemáticas, para que no nos embromen con el vuelto, pero esa cuestión que tiene que ver con el arte quizás esté relegada”.
—¿Falta educación visual en las escuelas?
—Si nosotros tuviéramos un poco de lenguaje visual en la escuela miraríamos con una actitud un poco más crítica los mensajes. Entender qué me quieren decir cuando ponen el rojo cerca del negro, el impacto que me va a producir tal cosa. O si está a la derecha o a la izquierda. En el teatro antiguo el villano entra siempre por la izquierda y el héroe por la derecha. Por eso a las cosas malas en italiano se las llamó “siniestras”, por la izquierda. Si se hubieran dado cuenta, en vez de zurdos les hubieran dicho siniestros a los militantes de izquierda (risas). Esos son detalles que en el cine moderno todavía se usan y son inevitables. Los publicistas saben muy bien cómo armar un mensaje visual que sea impactante, que induzca, que convenza, que subyugue.
—¿Cómo te llevás con el mundo de las pantallas?
—Soy parte de ese mundo, porque al producir imágenes muchas de ellas van a parar a las pantallas. Pero tengo una parte crítica. La tecnología no tiene color, no se puede decir que es mala o buena. Es como un revólver, depende quién y para qué lo use. Un revólver puede servir para hacer una revolución, para matar a un tipo para afanarle o como objeto de decoración en la pared. Lo mismo pasa con la tecnología. El problema es en manos de quién está. El desarrollo de la tecnología no se puede parar porque es innato del hombre. Cuando era chico hubo una epidemia de poliomielitis. Tendría unos 8 años y murieron cantidad de chicos en la Argentina y en otros países. La epidemia fue tan grande que en cada grado y escuela tenías un compañerito muerto. Esto lo sé porque murieron mis amiguitos. Salíamos con las alcancías a parar los autos para conseguir guita para comprar los pulmotores. De repente un tipo como Jonas Salk descubre la vacuna y después viene Albert Sabin que hace una variante mejor. Jonas decidió dedicar la patente a la humanidad y Sabin lo mismo. Hoy día cualquier patente que descubren no es para la humanidad, es para los laboratorios. Había otro concepto de la tecnología y la ciencia. O por lo menos algunos lo tenían así. El tipo pudo haberse hecho recontramil millonario. Por eso hay que preguntarse: la tecnología, la ciencia, en manos de quién está. Si está en manos de una corporación estamos fritos, porque lo va a usar en beneficio propio.
—En tu contacto con los alumnos en la Facultad o en las charlas, ¿ves presentes estos temas?
—A lo largo de los años he visto bastantes jóvenes de diversas generaciones por ser docente. Y puedo decir que más o menos se mantiene una proporción: un 10 o un 15 por ciento yo los llamo vivos por vía directa, interesados en cosas, que ven la realidad, les preocupan cosas. Y después un 70 u 80 por ciento preocupado por pasar una juventud divertida. Están en la cerveza o en lo que fuere. A lo mejor tienen un trabajo estable y entran en un territorio de mayor seriedad, pero tampoco es muy comprometido. Casi siempre es un porcentaje pequeño el que modifica las cosas, el que tiene incidencia. Ya sea en política y cosas importantes como la salud, la ciencia o el arte.
—Una vez Picasso dijo que aprender a pintar como Rafael le tomó cuatro años, pero toda una vida aprender a dibujar como un niño. ¿Coincidís con esta mirada?
—En cierto sentido sí, porque uno a lo largo del tiempo, si puede, se va despojando de cosas preconcebidas, vicios de la cosa como debe ser. Y por ahí poder volverse más ingenuo, abierto a la recepción de ciertas emociones es beneficioso. Y se supone que un niño está más virgen en su conciencia para percibir el mundo tal cual es. Pero hasta cierto punto, porque a veces necesitás aprender ciertas cosas para poder apreciarlas mejor.
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>> Fuegos de Oktubre

"Me interesa la obra masiva como concepto. El aura de la obra para mí, está dada por su reproductibilidad y no al revés. Muchos piensan que cuando el arte se reproduce pierde su magia. Pero la obra no empieza a ser obra cuando la dibujo y la tengo guardada, sino cuando circula, cuando la gente la cuelga en las paredes, la estampa en una remera o se la tatúa en el cuerpo".

La cita pertenece al libro Rocambole: arte, diseño y contracultura, que junto a De regreso a Oktubre, lo que quedó en el tintero y Solos y de noche son los libros editados recientemente por el dibujante platense que condensan gran parte de sus trabajos con Los Redondos.

Los textos y dibujos bucean desde los tiempos La Cofradía de la Flor Solar, pasando por el trabajo artesanal de los primeros discos. Rocambole recuerda que para hacer las copias de Gulp! (1985) compraron vinilo en remates de containers de la Aduana. Y para hacer los sobres compraron cartulinas y las cortaron con tijeras una por una. A esos sobres los pasaron por un rodillo y luego con plasticola de colores dibujaron las letras de la tapa. Colores fluo para que de noche brillen en las bateas de las disquerías.

Para Oktubre (1986) recuerda que se inspiraron en el coro del Ejército Rojo que había estado en el Luna Park. Así surgió ese disco oscuro que rinde una suerte de homenaje a las revoluciones, con un arte de tapa donde el rojo y negro predominan en una multitud en marcha debajo de una tipografía semejante al alfabeto cirílico ruso.

"El mensaje debía estar sustentado por tres patas: la poética, la musical y la visual. Ninguno repetía el otro, si faltaba uno quedaba incompleto. Y en Oktubre esa idea quedó bastante clara", dijo Rocambole.

—¿Fue el trabajo que más redonda salió esa búsqueda entre el arte de tapa, la música y la poética?

—Lo que pasa que la mayoría de los artistas plásticos que conozco casi siempre prefieren hablar de lo último que están haciendo porque uno tiene la tendencia de creer que ha ido mejorando con el paso del tiempo. Y les resulta a veces costoso elegir cosas del pasado como las mejores porque querría decir que después se atrofió. Pero es cierto que lo que más anclaje tuvo en la gente y mayores satisfacciones ha dado por la respuesta ha sido la estética del segundo disco de Los Redondos (por Oktubre). Pero uno sospecha que ha ido mejorando, que se ha ido perfeccionado, entonces, si me das para elegir, elijo las últimas cosas que hago. Lo que pasa que a veces tu elección no coincide con la del gran público.

—¿Te impresiona ver tus dibujos tatuados en las pieles? Porque eso queda para siempre...

—Lo de los tatuajes es un fenómeno extraño. En ese sentido no se cómo ponerme, a veces uno siente cierta satisfacción de dorar el ego. Pero por otra parte me da como miedo. Una mezcla de miedo y satisfacción.

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>> Solari, el poeta

"Solari es un poeta de puta madre. Yo creo que la Academia Argentina de Letras le debe a Solari un reconocimiento porque me parece que es de las cosas más importantes que han pasado en las letras argentinas en los últimos tiempos".

Así responde Rocambole cuando se le pregunta por su vínculo con las letras del Indio. Es que si los dibujos del Mono Cohen se convirtieron en tatuajes, las letras del cantante de Los Redondos se transformaron en banderas y graffitis. Frases tatuadas en el inconsciente colectivo de generaciones de pibes y pibas.

"No conozco muchos de escritores ni soy experto en literatura. Pero creo que Solari es de lo mejorcito. Y me parece —dice Rocambole— que no se lo reconoce a nivel académico por el hecho de que provenga del rock, porque mal que nos pese siempre hay una diferencia entre el arte sublime y el popular".

Apunta incluso que aún hoy se ven titulares de medios que eligen alguna frasesita ricotera para contar mejor una noticia: "Cuando uno se apropia de frases hechas es porque son significativas, valen literariamente. Y para mi es uno de los poetas del siglo en las letras castellanas".

Alguna vez Rocambole eligió la poética de Pura Suerte como su favorita. La canción inédita de las primeras épocas de Los Redondos que dice: "Yo no puedo librarme a lo que te debo como ilusión".

Rocambole LC

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