Beck Weathers es un sobreviviente. Muchos humanos día a día sobreviven en circunstancias sociales terribles en medio de sociedades empeñadas y regocijadas en la crueldad. Otro tipo de sobrevivientes llevan una vida externa normal pero una vida interna infernal en una lucha siempre desigual contra la depresión de cada día. Beck Weathers pertenece a los dos grupos. Médico norteamericano sobresaliente y con una buena familia (dicen todas las crónicas) sin embargo no tenía paz interior. Durante veinte años —cuenta— tuvo que luchar contra la tentación de terminar con el sufrimiento recurriendo a la muerte. Pero Beck también conoció circunstancias terribles, no ya las subjetivas de las que era víctima, sino objetivas en su vida de alpinista. En su trepada más famosa Beck Weathers murió el 10 de mayo de 1996 en el Everest "tendido de bruces sobre la nieve a más de 8.000 metros de altura." Sin embargo, cuatro años después escribió el libro Dado por muerto. Había sido dado por muerto por sus compañeros de aventura al verlo tendido en la nieve sin signos vitales evidentes en ese fatídico mayo de 1996 en el que murieron nueve alpinistas. Pero Beck no estaba muerto. Pasó la terrible noche viendo a su familia en la pantalla psíquica. Coqueteador con la muerte durante años, sin embargo se resistió como pudo a la Parca que lo merodeaba en medio de una tormenta fatídica. Despertado a la mañana, no sabe muy bien cómo llegó al refugio IV y abrió la carpa con una frase sorprendente: "¿Me puedo sentar?", ante el mayúsculo asombro de sus compañeros. La frase habla del tremendo shock o de un humor que lo habilita para entrar en el Guinness. Tal vez volver de la muerte consolida el don del humor más allá de cualquier circunstancia. Sea como sea se instala un duelo memorable para quien vio la muerte cara a cara. No ya como en la célebre película de Ingmar Bergman (El séptimo sello), cuando Max von Sydow enfrenta a la Parca en una partida de ajedrez. En la batalla del Everest la proximidad de la muerte le mostraba la película de su vida ahora a punto de perder. La vida resultaba y resaltaba como lo más valioso. El costo de haberle ganado a la muerte fue perder la nariz, un brazo y varios dedos. Con todo logró convencer a su mujer de que no se fuera de su vida. Cansada como estaba de sus abandonos y proezas, había decidido el divorcio. El desafío instalado en todo sobreviviente aun con diferencias esencialmente es el mismo: me trasformo o repito. Veo el bosque o sigo mirando el árbol que me lo oculta. El árbol ocultador es un ego más alto que el Everest. De eso habla el afortunado alpinista en un largo reportaje. Precisamente el reportaje en cuestión lleva por título otra frase de Beck sorprendente, seguramente la más importante: "Si no aprendes nada después de haber muerto es que algo mal estás haciendo".



























