Pandemia

Yendo de la compu al libro: empezar la universidad en tiempos de coronavirus

Para los ingresantes hacer pie en la UNR fue más difícil. Afirman que creció la deserción después del primer cuatrimestre.

Domingo 16 de Agosto de 2020

Terminaron el secundario el año pasado, festejaron, tiraron papelitos y, algunos, pensaron en ingresar a la universidad. Eligieron la carrera, compararon planes de estudio y se inscribieron. Pero semanas antes de que comenzaran las clases, la pandemia cambió esos planes. Nada fue como esperaban. La falta de conectividad y dispositivos, la necesidad del contacto presencial y la caída de los ingresos de las familias son parte de las experiencias y aprendizajes de la virtualidad. Procesos donde algunos se sintieron más cómodos y otros aún batallan, y otros quedaron en el camino.

Cada año, las facultades de la UNR recibe unos 15.000 estudiantes. Según el último boletín estadístico, correspondiente a 2018, los ingresantes fueron 17.529. La facultad de Ciencias Médicas, con 4.240 alumnos nuevos, es lejos la más concurrida.

Belén Mana fue una de las miles que empezó esa carrera. Tentada por su gusto por la biología y la química, encontró poco de eso en los cursillos, pero siguió. Sin embargo, el escenario de avanzar sola le resultó intransitable.

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"Todo demoró mucho en organizarse. Nunca tuvimos clases con los profesores, sino contacto a través de los tutores —recuerda—. Estaba perdido todo el tiempo".

A Belén lo que más le pesó fue la falta de contacto con pares, todo lo que se aprende y se soluciona más en el pasillo que en el aula. "La experiencia con nuevos compañeros era lo que más expectativas me generaba, eso pesó mucho. Aunque hubiera tardado más en tomar la decisión, igual habría dejado", cuenta sobre su cambio de rumbo. Quizá a la biotecnología.

Más experiencias

Cada relato es diferente. Las experiencias varían de acuerdo a los alumnos, sus herramientas y contextos; las carreras y los docentes. Así algunos subsistieron mejor.

Valentín Sánchez (18 años) apenas se mudó unas cuadras del secundario, en la Dante, a Ciencias Económicas. Esa cercanía geográfica se reprodujo en su experiencia. "Quizá porque hice bachiller en administración, pero la verdad es que pensé que iba a ser un año muy duro y no lo fue tanto", cuenta.

No tuvo una sola clase presencial de las tres materias del primer cuatrimestre. Así y todo, valoró la modalidad de algunos docentes.

"En contabilidad dan clases normales por zoom y dejan ejercicios —detalla—. Con Matemática fue una buena experiencia en las comunidades de la plataforma de la Universidad, donde se bajaron los materiales y videos explicativos".

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Para Agustina Paredes el 1er. año de Psicología tiene sus obstáculos. "Me costó entender el campus virtual", relata, y apunta a la imposibilidad de encontrarse, como forma de saldar dudas del cursado.

Tener "casi todas las materias por zoom" le resultó positivo porque "es el espacio para las consultas con los docentes". Sin embargo, en la única materia donde eso no sucedió, lingüística, debió pedir ayuda a un profesor particular a sabiendas de que "no todos tienen esa chance".

En el camino

La Federación Universitaria de Rosario (FUR) ya releva si la virtualidad aumentó el desgranamiento de ingresantes, y las primeras estimaciones indican que, tras el receso, creció un 20 por ciento más la cantidad de alumnos que dejaron de cursar. "Pasar a la educación superior siempre es complejo, pero si se suman clases que empezaron tarde y virtualmente, la situación es crítica", señala Manuel Leiva, presidente.

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Según advierte, el ingreso es una experiencia "irreemplazable por una pantalla". Los centros de estudiantes produjeron podcasts a manera de introducción a cada materia, armaron grupos de lectura y estudio, y se organizó un sistema de delivery de apuntes y grupos de WhatsApp "para crear lazos".

Aun así, reconoce que la pérdida de alumnos fue mayor. No solo apuntó a las economías familiares, sino también a que la universidad perdió tiempo valioso. "Las becas de estudio se cobraron tarde, cada unidad académica decidió cómo implementar las clases virtuales y se demoró el inicio de actividades. En Derecho ya se podía rendir virtualmente, en Política sólo tesis y Psicología no tenía clases", apunta.

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Los límites de los millenials

La reorganización del cursado fue un aprendizaje para los profesores, que se dieron cuenta de que sus alumnos, nativos digitales, no nadan como peces en el agua en las nuevas tecnologías.

Los docentes de Redacción I de Comunicación Social tenían experiencia en educación a distancia, y aun así, las clases demandaron prueba y error, dice Cecilia Reviglio, doctora en comunicación social, docente e investigadora de la UNR.

Pusieron en marcha grupos de Facebook, donde publican textos y videos, guías de lectura y trabajos, además de encuentros virtuales. "Percibí muchas ganas de estar en el aula. Hay una demanda por la explicación y el contacto, que el profesor esté y explique. Eso derriba un montón de mitos respecto de lo que los chicos esperan de los espacios educativos y hace tambalear lo que se venía diciendo de los nativos digitales o de los pulgarcitos", advierte.

Con las clases empezaron a registrar la falta de conectividad de los alumnos, y la superposición de las clases con el trabajo y el cuidado de hijos. Señala que el desgranamiento "fue algo mayor, pero sobre todo se dio antes".

Para Reviglio, "la pandemia ensanchó la brecha que existía y acentuó la vulnerabilidad de los alumnos. Los que pudieron encontrarle la vuelta, permanecen".

Lejos del triunfalismo sobre la educación a distancia, apunta que "para que funcione tienen que cumplirse tres requisitos: estudiantes que elijan esa modalidad; que la propuesta sea parte de un plan y no una salida a la contingencia, y una planta docente formada. Tres cosas que no existen en el sistema universitario argentino".

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