Los tatuajes suelen ser expresiones que apelan a lo identitario, con una popularidad en alza desde hace algunas décadas. Sin embargo, las máquinas e insumos que los tatuadores utilizan para sus trabajos han aumentado, tras el proceso devaluatorio del último cuatrimestre, hasta tres veces sus costos y los artistas se encuentran con un dilema: ya no saben qué precio poner a sus obras para seguir siendo rentables y competitivos.
El arte eterno es otro de los ambientes del arte que han sido castigados por la crisis económica. Los materiales de trabajo que los tatuadores utilizan son, en su enorme mayoría, de origen importado, lo cual grava sus costos iniciales en divisa norteamericana, más impuestos. Según un relevamiento realizado por La Capital consultando a diferentes tatuadores, los insumos duplicaron e incluso triplicaron su valor en los últimos cuatro meses: máquinas, agujas y pigmentos, sumado a las condiciones de seguridad e higiene y el alquiler para la puesta a punto de los estudios de tatuado. El costo final termina siendo muy oneroso y hace que los precios de una pieza pequeña de tatuado tenga que ser valuada en precios que a veces son poco accesibles, sino inalcanzables, para la población en su mayoría.
“Cuesta un montón ponerle el precio al trabajo nuestro, que es artístico. Lamentablemente no está bien valorado por la situación económica, por la cual uno tiende a cubrir lo esencial y tatuarse termina siendo un lujo”, afirmó a este diario Érica González, quien trabaja en el estudio Chum Li. Según ella, antes de la pandemia tatuarse era algo común, “como ir a la peluquería, hacerse algo para uno poniendo un poco más de trabajo artístico. Hoy en día, lo que pudo ser accesible en un monto ahora se está convirtiendo en lujoso”.
Uno de los primeros tatuadores de la ciudad, Fernando Yovaldi, explicó a este diario que “el costo del tatuaje depende de la experiencia del tatuador y de su conocimiento. Durante enero se trató de mantener un mínimo de 8 mil o 10 mil pesos, de ahí para arriba, dependiendo el estilo, el tamaño, el tiempo, la calidad, si se va a hacer en una sesión o en más sesiones y eso divide el costo”.
Yovaldi hace énfasis en los trabajos más importantes o que implican gran detalle para su elaboración, los cuales influyen sesiones más largas o múltiples sesiones con el cliente: “Hay algunos tatuadores que trabajan por hora y entonces tienen un estimado del costo en las horas que trabajan. A partir de eso van pasando el costo por pieza, calculando cuántas sesiones les va a llevar el trabajo y calculan si tienen que colocar un recargo”.
Además, para que la piel pueda asimilar los pigmentos y recuperarse de la irritación propia del proceso de tatuado, debe haber un espacio mínimo entre 15 y 20 días entre una sesión y la otra: “Puede variar mucho entre la primera y la segunda, lo que afecta el precio”, sostuvo el tatuador, haciendo que un único trabajo pueda llevar meses de elaboración.
Yovaldi contó a La Capital que, cuando las restricciones por la pandemia de coronavirus se levantaron en el 2021, los insumos para tatuar "ya valían un doble. El año pasado estaba incluso más del triple. Si comparamos de acá a dos años atrás hubo casi un 800% de aumento. Y si bien hay insumos muy buenos de origen nacional, gran parte de ellos son importados".
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Entre los costos que subieron exponencialmente están las agujas y los pigmentos. "Eso también hace que uno aumente el costo del trabajo, porque cuesta volver a abastecerse de nuevos elementos. Aparecieron nuevas máquinas que llevan otro tipo de insumos y repuestos que no se fabrican acá, y todos los elementos aumentaron mucho", contó Yovaldi.
En este orden de cosas, González agregó que la complejidad del trabajo aumenta también el costo final de la obra: “En mi caso voy tratando de mantener a mi clientela. Lo que tendría que cobrar de mínimo 300 dólares apenas lo estoy cobrando 100. Por el laburo que hago, la dedicación, los años, los viajes, la experiencia”.
González lleva 12 años en la profesión del arte eterno, pero sin embargo no puede hacer valer sus años de dedicación debido a la situación económica de la población: “Bajó un montón la demanda. En otro momento tenías la agenda llena por tres meses o más, eso ya no existe más. La temporada ahora la marca el billete, el tatuaje se hace cuando se puede. Uno trata de ser independiente, trata de tener un negocio e ir tomando estrategias económicas a medida que va pasando la inflación. No hay certeza de nada”.
“Los insumos de los tatuadores son dolarizados, por eso uno también trata de poner una tarifa en dólares. Hay trabajos que llevan tres meses en un único laburo, se va devaluando mucho el precio de la sesión y los aumentos son dolarizados. Algunos cobran cualquier cosa, otros aumentan al doble, al triple”, se lamentó la tatuadora, y continuó: “Tratamos de seguir comprando siempre lo de mejor calidad pero cuando se puede, como todos en general. Pero es un bajón, porque hace que los tatuadores que están trabajando con pieles estén usando elementos mucho más rústicos, que antes uno los podía llegar a pagar”.
Hacerse conocido para trabajar bien
La tatuadora de Chum Li destacó la enorme cantidad de "muy buenos artistas que hay en el ambiente y los tenemos en Rosario. Eso es un orgullo".
Luego de la pandemia muchos estudios privados se cerraron, a la vez que el oficio se reprodujo a fuerza de autodidactas que buscaron en el sector un ingreso más allá de su costado artístico: "Uno fue perdiendo conocer y compartir con estos chicos nuevos, que no van a las convenciones ni a los encuentros y tienen otra mirada más comercial y no tan artística, que también está bien".
La mayoría de estos nuevos tatuadores se hacen conocidos a través de redes sociales que ponderan la cuestión más visual como Tik Tok o Instagram, donde muestran sus diferentes especialidades y tatuajes realizados.
Pablo Verdelli, del estudio Los Calavera, tatúa desde hace 10 años y fue uno de los organizadores de la convención Arte Eterno, que lleva nueve ediciones en la ciudad. Según él, para tener un movimiento de agenda que permita un ingreso constante, es muy necesario para los tatuadores mostrar sus trabajos: “Hoy gracias a las redes, a mostrar el trabajo de cierta manera, podés tener más llegada a clientes de siempre o clientes nuevos, pero siempre utilizando todas las herramientas posibles”.
Durante sus primeros siete años de carrera, Verdelli tatuó en el estudio Arte Eterno, para después independizarse y levantar un estudio propio con su novia hace tres años, llamado Los Calavera. “Los tatuadores nos conocemos entre casi todos", afirmó el artista. Según él, los trabajadores de la vieja guardia son casi medio centenar, mientras que hubo una proliferación de colegas muy importante en los últimos años: "Hay muchos hoy en día, mucha gente que por ahí arranca a tatuar y están en su casa o en un estudio privado". Pablo se animó a arriesgar un número: "Podemos estar hablando de que hay 200 tatuadores en la ciudad. Pero es muy incierto".
“En este momento no hay un registro de cuántos tatuadores hay en Rosario. Los que tatuamos en esta profesión desde hace años somos los mismos y somos dueños de nuestros propios estudios. Y después hay un montón de gente con las nuevas tendencias de internet y YouTube y como oficio rápido de salida laboral hay miles que están tatuando en sus casas, algunos profesionalmente”, contó González y agregó: "La mayoría lo agarró como una salida laboral como lo fue en su momento la fotografía, pero de manera profesional hoy en día no hay un número fijo de tatuadores".
Yovaldi compartió la mirada y sostuvo que desde la década de los noventa a estos años, la población de tatuadores “pasó de contarse con los dedos de una mano, ahora son incontables” y arriesgó un cálculo de más de 150 tatuadores trabajando en la ciudad de Rosario. “Tenés tatuadores de renombre o que han tenido la posibilidad de tener un local mucho tiempo con gente laburando. Levantás una baldosa y hay un tatuador”.