Empleo ingrato si los hay. La del sepulturero es una profesión difícil y que
requiere de un adiestramiento mental especial para convivir con la muerte. En los cementerios El
Salvador y La Piedad trabajan casi treinta personas que hacen un promedio de 650 inhumaciones al
mes, eso sin contar reducciones, exhumaciones o traslados de ataúdes deteriorados. En más de una
oportunidad han sido testigos de suicidios en los pisos altos de los solares. El paso del tiempo, y
a veces un toque de humor, morigera la rutina. Antes los ojos ajenos aparece como un oficio "que
alguien tiene que hacer", pero que deja secuelas perdurables.
En el cementerio El Salvador hay 11 sepultureros y en La Piedad 17. Realizan
entierros, inhumaciones, reducciones y traslado de cuerpos, mantenimiento y limpieza de nichos. El
trabajo, dicen, "es pesado", tanto por el sacrificio físico como por la carga emocional. En
promedio no ganan más de dos mil pesos.
El camposanto se transformó en su segunda casa. La ingrata tarea de trasladar
los ataúdes resulta agobiante desde el mismo momento en que lo bajan del vehículo de la empresa
funeraria. "Hay que estar. ¿Vos vendrías a hacer este trabajo, aunque te pagaran un montón?",
interrogan a LaCapital en una galería repleta de nichos donde, entre otros olores, abunda el de
claveles marchitos.
Soportar el dolor. Muchas personas les tironean las ropas, los rasguñan o les
gritan que no bajen a la fosa o introduzcan en los nichos o los panteones a sus seres queridos.
Nadie les dijo cómo sobrellevar esa carga emotiva porque no tienen ninguna contención psicológica
oficial.
Claudio Carlo Magno tiene 39 años. Entró a los 18 a trabajar como sepulturero en
La Piedad, donde su padre ostentaba el mismo oficio. Ahora, como empleado administrativo en El
Salvador, recuerda que "estaba todo el día con la pala haciendo fosas, llueva o truene".
Padre de cuatro hijos, explica que lo más duro "son los angelitos", en
referencia a la inhumación de los bebés que todos se resisten a realizar. No hace falta preguntar
por qué.
"No sé si era yo o realmente me lo hacían sentir. Tal vez uno se automargina.
Somos personas especiales las que trabajamos en el cementerio. La gente llega con dolor y nosotros
no podemos llevar esa angustia a nuestros hogares. Cuesta mucho, lo manejás con los años, pero es
difícil. Sería necesario algún tipo de ayuda psicológica", razona.
Miguel Ordoño es otro sepulturero. Tiene 52 años y casi 25 de servicio. Coincide
con Carlo Magno en que "sepultar criaturas es lo más bravo". Tiene dos hijos de 14 y 17 años y la
traslación parece inevitable, aunque asegura que aprendió a separar "el "trabajo de la vida
hogareña".
Los sueños. "Acá manipulamos cuerpos de personas que tuvieron sida u otras
enfermedades y el temor a contagiarse está", remarca Ordoño mientras muestra los brazos con marcas
de rasguños de señoras desesperadas ante la muerte de un familiar. "A veces soñás a los muertos o
no podés dormir. Yo juego mucho con mis hijos y cuido las plantas de casa para alejarme de esto",
sostiene.
Cuando realizan reducciones (cuerpos que ya cumplieron su ciclo y están en un
estado que permite desalojar el nicho) se presenta una tarea indeseable. "Hay veces en que levantás
un cajón que está roto y chorrea líquido", asegura uno de ellos.
Hace un tiempo les suministraron barbijos y guantes. Pero nadie pensó un sistema
para dejar de usar la soga como único elemento para levantar ataúdes que a veces pesan hasta 300
kilos, u otra maquinaria que reemplace a la pala como antiguo objeto para cavar una fosa. Igual,
alguien tiene que hacer ese trabajo. Ingrato si los hay.