El atentado terrorista en Nueva York que se cobró la vida de cinco rosarinos destrozó varios ámbitos. El receptor inmediato del dolor por la pérdida de Diego Angelini, Hernán Mendoza, Alejandro Pagnucco, Ariel Erlij y Hernán Ferruchi fue el Instituto Politécnico Superior, institución donde cursaron la secundaria y principal motivo del viaje (festejaban el 30º aniversario de su graduación). Pero, también, en la zona norte de la ciudad hay un club donde la tragedia caló tan hondo como en el Poli: el Rosario Rowing Club.
Buenos jugadores de vóley, muchachos siempre predispuestos, fieles compañeros del tradicional cruce del río Paraná que realiza el club. Varios son los calificativos que eligieron distintos amigos y otros allegados para reflejar a Alejandro, Diego, Ariel y Hernán Ferruchi.
Entre el nado y la vida familiar del Rowing. Así es como describe Mauro Bertollano, profesor, de 43 años, su amistad con Alejandro "Picho" Pagnucco y con Diego "Cope" Angelini. Socio desde los 5 años, compartió los cruces al río Paraná que organizaba el club costero, hace algunos años.
Mauro era uno de los más jóvenes del grupo, pero eso no impidió que forjara amistad con los muchachos, algunos años más grandes que él. "Ellos hacían vóley y yo era nadador; además, tenían 4 o 5 años más que yo. Pero éramos una gran familia", define, reflexivo, a lo que agrega: "Los dos eran pibes muy predispuestos, excelentes. Todo esto me pegó muy fuerte, y a mi familia también".
Durante la adolescencia, los fines de semana en Rowing eran moneda corriente y todos iban de una disciplina a otra para alentar a sus amigos: "Cada vez que jugaban ellos, nos parábamos a mirarlos. Yo hacía fútbol de salón o nadaba, y cuando Rowing jugaba un partido de vóley, donde estaban Picho y Cope, todos nos sentábamos a ver el partido. Y era Rowing a muerte".
"Jugaban muy bien los dos. Picho era armador y Cope, por la altura que tenía, remataba muy bien", rememora el profesor.
Si bien se distanció un poco del club en sus años de facultad, Mauro volvió con su esposa y sus hijos al lugar donde había pasado la infancia y la adolescencia. Allí, se reencontró con Alejandro y con Diego. "Todo estaba como si hubiesen congelado el tiempo", dice.
Lo que más recuerda Bertollano es la amistad y la compañía de Pagnucco en los eventos de cierre de temporada de pileta que ofrecía el Rowing, con el cruce a nado desde la isla hasta el club: "Cada nadador tiene un remero, que va arriba de un bote y le sirve de guía a quien está en el agua. Mi remero era Picho Pagnucco. Lo elegía todos los años".
"Picho era excelente"
La competencia, en la que Mauro participó "entre los 10 y los 16 años, aproximadamente", requería de nadadores que eligieran a remeros con experiencia (para calcular la velocidad del nadador, y la velocidad y el sentido de la correntada) y afinidad. "Picho era excelente. Era sólo pedirle, y él siempre estaba dispuesto", asegura.
El desarrollo del cruce, en la narración de Mauro, muestra a las claras el espíritu de Pagnucco: "Yo no buscaba ser el primero en las competencias, pero sí superarme. Y Picho siempre me incentivaba, me motivaba. Si me veía que tenía resto físico, le daba un poquito más de remo. Y yo nunca le dije que aflojara. Sin decirme nada, ya me conocía".
"Picho tenía una característica del buen guía, del buen remero: me gritaba desde arriba del bote, continuamente, para motivarme. '¡Dale, Maurito!, ¡dale, Maurito', me decía durante todo el trayecto que, en ese entonces, era de 20 minutos. Todo ese tiempo motivándome. El era mi guía", concluye Mauro.
Por su parte, quien puede hablar de los inicios de Alejandro Pagnucco y de Ariel Erlij en el deporte del Rowing, es Carlos Cardona. Fue el primer entrenador de vóley de ambos, luego de que se entusiasmaran con la disciplina que ya practicaban las mujeres en el club costero.
"Los chicos no tenían una actividad organizada. Jugaban un poco al fútbol y un poco estaban en el río. Y el grupo de Alejandro y Ariel estaba conformado por hermanos de chicos más grandes que empezaron a jugar al vóley. Ahí, se fueron agregando las camadas", cuenta Carlos.
Sobre sus ex dirigidos, Cardona sólo brinda elogios: "Esa generación era de chicos sanos, que vivían en el club todo el fin de semana. Y Rowing es un club muy familiar".
"No tenían dificultad para cumplir con los entrenamientos y para atender y ordenar la actividad en la escuela. Y bien conocida es la exigencia del Politécnico", valora Carlos, resaltando "el esfuerzo y la dedicación" de ambos.
A pesar de que la vida lo llevó, desde 1989, a dirigir en otros países (Italia y Puerto Rico), Cardona los recuerda por el especial apego que tenían por el club: "Crearon lazos muy fuertes con Rowing, era mucho para ellos. Inclusive, creo que Picho Pagnucco estaba a punto de convertirse en socio vitalicio".
En consonancia con el relato de Cardona, el cardiólogo y profesor de Educación Física, Daniel Yañes, narró sus cuatro años (entre 1986 y 1990) como entrenador de Alejandro, Diego, Hernán y Ariel. Destacó la personalidad de cada uno, haciendo hincapié en la unión que tenían.
"Entrené a los cinco (el quinto es Martín Marro, quien resultó herido en el atentado). Y todos tenían lo suyo", contó "El Turco", como también se lo conoce en el club de la ribera rosarina. Entre risas, comentó que a Hernán Ferruchi le decían "Pitu" o "Narigón", mientras que a Ariel Erlij lo reconocían como a "La Momia": "Hacía todo perfecto. Pero, cuando llegaba el momento de defender, le costaba mucho doblar las rodillas".
Respecto a Cope y a Picho, Yañes afirma: "Le gustaban las bromas a los dos. Estaban dispuestos a pasarla bien, a que el grupo esuviera bien".
"Los más grandes les mostraron el camino. Cuando yo jugué con el hermano de Pagnucco, estudiaba en Rosario y, en época de vacas flacas, jugaba con las zapatillas que tenía. Antes de un partido, me agarraron entre toda mi división y me tiraron esas zapatillas al río. Enseguida, vino el profe Cardona y me dio unas zapatillas que, en ese momento, eran las que usaban los jugadores de vóley. Ese es el espíritu que mamaron los chicos", narra el cardiólogo, que reside en Entre Ríos.
Sobre las personalidades de los muchachos, recuerda con envidiable memoria que Ferruchi era "el responsable y serio, pero le gustaban las bromas". Sobre Angelini y Pagnucco dice que ambos tenían "el chiste fácil"; y de Erlij que tenía "fuerza para hacer".
Y cierra: "Los chicos se complementaban muy bien. Formaron un equipo y, técnicamente, querían progresar, querían mejorar. Siempre priorizaron los vínculos por sobre el resultado. Yo los quería mucho porque aprendí con ellos".