La operación, a cargo del servicio de Oftalmología del hospital de la provincia, se logró gracias al empuje que pusieron sus compañeras del barrio, las “chicas” de la vecinal Puente Gallego, que iniciaron hace dos meses una cruzada para que la mujer tuviese esta oportunidad.
Fueron años de oscuridad, de llevarse por delante las cosas, de no poder soltar el bastón para salir a la calle o moverse dentro de su hogar en una de las zonas más humildes de Rosario. “Fueron meses y meses de mucha angustia. Levantarme, tomar mate y pensar: ¿qué voy a hacer con mi vida?”.
Con 57 años, y a raíz de la dificultad visual, Rosa Ferreyra había empezado a perder las esperanzas. “Hace más de un año comencé a consultar en la salud pública, en distintos lugares. Todo parecía imposible: o no conseguía turno ni para que me evaluaran o cuando me atendían me decían que lo mío era irreversible. En las clínicas me pasaban cifras enormes para operarme”, recuerda.
Fue entonces que sus vecinas, amargadas por notar que el estado anímico de Rosa empeoraba, decidieron levantar la voz con un objetivo claro: que la operen en el Hospital Centenario “donde sabíamos que tienen el mejor equipo médico para tratar problemas como el de ella”, dice Carina Ríos, la presidenta de la vecinal, la que se puso el tema al hombro y no aflojó hasta que la intervinieron.
“Lo que hizo Carina por mí no tiene precio, no hay manera de describirlo. Ella dejó días enteros a su familia para acompañarme. Íbamos de un lado a otro, yo siempre de su brazo para no caerme. Lo único que escuchábamos eran cosas negativas o imposibles, como pagar miles y miles de pesos en la parte privada, algo inalcanzable para gente como nosotros”, dice Rosa mientras abraza a su amiga y vecina en la puerta del hospital, en esa puerta que recién ahora puede ver.
“¡Es un mundo nuevo el que tengo enfrente!”, dice la mujer, entusiasmada. “Cuando vine las primeras veces estaba prácticamente ciega ¡no sabía que habían cambiado tanto el Centenario. Está re lindo!”.
La historia
La decisión y el empuje de las vecinas de Puente Gallegos fue crucial para conseguir la intervención. Después de un año de transitar distintos consultorios sin éxito las vecinas de Rosa decidieron hacer público el reclamo.
Una nota publicada en La Capital el 6 de mayo (en la versión online) permitió que las autoridades del Hospital Centenario conocieran a fondo el caso, e incluso cuando Rosa no era paciente de ese centro médico, accedieron de inmediato a darle un turno para una primera evaluación. Fabio Ghezzi, vicedirector, se comprometió a realizar el procedimiento en el hospital.
Pocas semanas después Rosa ingresaba al quirófano, llena de miedos y también de ilusión.
“Me había enfrentado a tantas negativas que tenía pánico de que me suspendieran la operación, o de que algo saliera mal. El doctor Augusto me decía que iba a estar todo bien pero yo tenía muchas dudas por todo lo que me había pasado”, reconoce la vecina.
El doctor Augusto es Augusto Eezckui, el jefe de residentes de la Sala de Oftalmología del Centenario, el encargado de llevar adelante la operación de esa catarata “muy importante” que Rosa tenía en su ojo derecho.
El jueves, después de evaluarla detenidamente, de comprobar que hoy tiene en ese ojo una visión prácticamente normal, el médico habló con La Capital en la puerta de uno de los consultorios de la sala 20, servicio que conduce el oftalmólogo Pablo Barbieri.
“Ella llegó hace dos meses con un cuadro de catarata en el ojo derecho. Había perdido la visión por una complicación de una cirugía que le hicieron en una clínica hace 20 años. Veía muy poquito. Lo que hicimos fue colocarle una lente intraocular. Pudimos hacerlo con una sedación para que estuviese tranquila. Todo salió muy bien, no tuvo complicaciones. Hoy está viendo hasta las letras más chiquitas de cartel con una mínima corrección de un anteojo que le vamos a sumar. La verdad, es un gran día”, dice el médico, que no oculta su satisfacción, mientras Rosa no le suelta la mano.
“Acá hay un gran equipo. No sólo participó la sala 20 sino otras áreas del hospital. La dirección nos apoyó. Se pone mucho esfuerzo y compromiso para atender a la mayor cantidad de gente”, señala el especialista.
En ese servicio se realizan unas 60 cirugías por mes y 40 son de cataratas. Esas intervenciones, en muchos casos, permiten a personas que están con muy baja o nula visión, volver a ver.
Los integrantes de la sala 20 aguardan con expectativas que lleguen algunos equipos que están esperando para poder ampliar la atención y facilitar el trabajo de los médicos, que hacen una tarea diaria enorme.
Una mujer “imparable”
La otra gran protagonista de esta historia con final feliz es Carina Ríos. Cuarta generación de una familia de Puente Gallegos que siempre vivió del trabajo arduo en el horno de ladrillos. Ella dice con orgullo que gracias al ejemplo de sus abuelos y padres pudo cambiar su vida y la de muchos en su barrio.
Por eso desde la vecinal pelean por los derechos de los vecinos con las mismas garras que ponen en el horno.
Carina observaba cada día como Rosa se iba apagando. Cómo se caía en la calle cuando salía con su bastón, lo que provocó que participara cada vez menos a las actividades de la vecinal, manejada por mujeres.
“Rosa estaba muy mal, muy mal. Lo que pusimos en marcha por ella es lo que intentamos hacer por todos en este barrio: que no resignen, que sepan que pueden trabajar dignamente o acceder a la salud pública porque tienen derecho y una responsabilidad también, porque no es cuestión de protesta contra el Estado y no moverse. El Estado somos todos”, enfatiza.
“La historia de los Ríos, de mi familia, empezó a cambiar cuando pude acceder a una escuela como el Normal 1, con enorme esfuerzo me levantaba cada día antes de las 6 para llegar a horario y terminé la secundaria. El salir de la ignorancia me dio herramientas y hoy las utilizo para ayudar a otros. Quiero transmitirles a todos acá que el chico del horno de ladrillos puede superarse, puede terminar la escuela y encontrar un futuro. Ojalá mi ejemplo sirva...”.
Mientras Rosa la abraza y la mira con devoción, Carina asegura: “Hay muchas y muchos como ella que siguen esperando. La salud pública que tenemos es buena pero hace falta más apoyo aún para los médicos que hacen un trabajo gigante”, afirma.
Las dos agradecen también al equipo del Cemar donde le hicieron a la paciente todos los estudios prequirúrgicos. “Nos facilitaron mucho las cosas, no lo vamos a olvidar”, aseguran.
El sol aparece con fuerza durante la mañana. Las mujeres se quedan charlando en la puerta del Centenario, recordando los momentos más duros de la vida de Rosa y repasando la intervención que cambió su presente y su futuro. “Apenas abrí los ojos, el mismo día que me operaron, vi mi patio. Pude ver mi casa. Le dije a mi vecina: ¡Te veo! Ahora sé, más que nunca, que no hay que bajar los brazos, jamás”.